Ciro entró en mi habitación y cerró la puerta detrás de él.
No dijo nada al principio. Solo se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirándome. Su expresión seguía siendo ilegible. Esa calma vacía que tanto me inquietaba.
—¿Qué te ha dicho Enzo?
—Advertencias.
—¿Sobre mí?
—Sobre todo.
Ciro asintió lentamente, como si eso no le sorprendiera. Luego hizo algo que no esperaba: no insistió más.
—Ven conmigo —dijo.
—¿A dónde?
—A mi despacho. Quiero enseñarte algo.
—Acabo de regresar de allí.