03: El Castigo del Silencio

A la mañana siguiente, dos hombres entraron en la habitación sin mirarme.

Había una pequeña estantería junto a la chimenea con volúmenes antiguos que yo ni siquiera había tenido tiempo de tocar. Los vaciaron todos.

Todos menos uno.

Una Biblia. Pequeña, de t***s de cuero gastado, con los cantos dorados.

La dejaron sobre la mesilla como una burla.

Y después entró un hombre grande, calvo, con cuello de toro y manos como jamones.

Se plantó en una esquina de la habitación, junto a la puerta. De pie. En silencio. Mirando al frente como una estatua.

—¿Quién eres? —pregunté.

No respondió.

—¿Me has oído?

Nada.

Me levanté de la cama. Me planté frente a él. El camisón blanco se me pegaba a los muslos por el calor, pero ya me daba igual. El pudor me lo había dejado en el maletero del coche de Ciro Cavalli.

—¿Eres mudo? ¿Te han cortado la lengua?

Sus ojos ni siquiera parpadearon.

Y entonces lo entendí.

El castigo que me estaban dando no era la soledad. Era el silencio. La falta de comunión. Para una novicia que había pasado los últimos dos años rodeada de hermanas, de cantos, de oraciones murmuradas en la capilla, el silencio absoluto era una tortura peor que cualquier golpe.

Ciro Cavalli lo sabía.

Me senté en la cama y abrí la Biblia. Intenté leer, pero las palabras bailaban ante mis ojos.

Las horas pasaron lentas, espesas como miel oscura.

Nadie vino.

---

Al tercer día, la puerta se abrió y entró un hombre nuevo.

Pequeño, calvo, con gafas de montura dorada y un maletín de cuero. Olía a tabaco de pipa.

—Señorita Markova —dijo con voz neutra—. Soy el doctor Vitali. El señor Cavalli me ha pedido que la examine.

—No necesito que me examine nadie.

—Son órdenes del señor Cavalli.

—Me da igual. No me tocará.

El doctor Vitali suspiró. Dejó el maletín sobre la cama y lo abrió. Sacó un tensiómetro, un estetoscopio, unos guantes de látex.

—Señorita, llevo veinte años trabajando para esta familia. He visto cosas que usted no puede imaginar. Créame cuando le digo que es mejor cooperar.

—¿O qué? ¿Me obligará?

—No. Pero el señor Cavalli encontrará otra forma de conseguir lo que quiere. Y no será tan agradable como yo.

Me quedé callada. Luego, despacio, me senté en el borde de la cama.

—Está bien. Pero rápido.

El doctor asintió. Me tomó la tensión, me auscultó el corazón, me miró los ojos con una linternita. Y por último me tomó una muestra de sangre.

Luego se detuvo.

—Señorita Markova... ¿cuándo fue su última revisión ginecológica?

—¿Qué?

—Su última revisión. Como mujer.

—Nunca.

El doctor apartó la mirada. Carraspeó.

—Entiendo. ¿Es usted... activa sexualmente?

La pregunta me puso incómoda.

—No.

—¿Sin actividad sexual, entonces?

—Eso no es de su incumbencia.

—Señorita, por favor.

—Sí —solté, con la mandíbula apretada—. Soy virgen. ¿Contento?

El doctor Vitali no respondió. Anotó algo en una libreta pequeña, guardó sus instrumentos y cerró el maletín.

—Gracias por su cooperación. Que tenga un buen día.

Y se fue.

Yo me quedé sentada en la cama, con la Biblia abierta sobre las rodillas, sintiendo que acababan de desnudarme de una forma mucho más profunda que cuando me quitaron el hábito.

---

Horas después, oí los gritos.

Al principio pensé que eran imaginaciones mías. El silencio me estaba jugando malas pasadas. Pero luego volvieron. Ahogados. Rotos.

Me levanté de la cama. El guardia me miró por primera vez en tres días cuando salí de la habitación.

—Tengo que ir al baño —mentí.

—Hay uno en su habitación —dijo.

—No tiene agua. Lo he intentado.

El guardia dudó. Era joven, distinto al del primer día. Este tendría mi edad, quizás menos.

—Está bien. Pero la acompaño.

Salimos al pasillo. Las baldosas estaban frías bajo mis pies descalzos. Las paredes estaban cubiertas de cuadros oscuros, retratos de hombres con ojos duros y mujeres con velos negros. La familia Cavalli, supuse.

Los gritos venían del final del pasillo.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Nada. Siga andando.

Pero yo ya me había parado frente a la puerta. Una puerta doble de madera oscura, entreabierta.

Dentro, Ciro Cavalli se retorcía en una cama enorme. Tenía el torso desnudo y las sábanas enredadas en las piernas. Su rostro, siempre tan controlado, era una máscara de angustia.

—¡Matteo! —gritó, con la voz rota—. ¡No, Matteo, no...!

El guardia me agarró del brazo.

—Señorita, no puede entrar.

Lo miré. No sé qué vio en mis ojos, pero me soltó.

Entré.

La habitación olía a sudor y a algo más. A miedo. El miedo de un hombre que no se permite tenerlo despierto y lo paga dormido.

Me senté en el borde de la cama. Ciro seguía agitándose, murmurando palabras que no entendía pero que sonaban a súplica.

Apoyé una mano en su frente.

Ardía en fiebre.

El contacto lo calmó un poco. Su respiración se volvió menos errática. Sus dedos buscaron mi mano y la apretaron con fuerza, como si yo fuera lo único que lo mantenía atado al mundo.

—Tranquilo —susurré—. Tranquilo, demonio. Solo son pesadillas.

Y empecé a cantar.

Era una nana antigua, de las que cantaban las cuidadoras en el orfanato. Una melodía triste, lenta, que hablaba de un lobo que perdía a su manada y aullaba a la luna buscando consuelo.

Ciro dejó de agitarse.

Su mano seguía agarrando la mía. Sus dedos eran ásperos, llenos de callos. Eran las manos de alguien que habían apretado gatillos, que habían cerrado tratos con sangre.

Me quedé allí, cantando en susurros, hasta que el amanecer empezó a teñir de gris las rendijas de la ventana.

Entonces me levanté.

Antes de irme, revisé los cajones de su mesita de noche. Allí encontré mi crucifijo, lo tomé en manos.

Pero ya no lo necesitaba.

O eso quería creer.

Lo dejé sobre la almohada, junto a su mano. Donde había estado yo.

Y volví a mi celda dorada.

---

(Narrado por Ciro)

Abrí los ojos y lo primero que sentí fue el olor.

Incienso. Dulce, floral, como el de la capilla donde Matteo murió desangrado.

Me incorporé despacio. La cabeza me latía. La boca seca. Los músculos rígidos como si hubiera peleado toda la noche.

Miré a mi alrededor. Mi habitación. Mi cama.

Pero algo había cambiado.

Sentí algo en mi mano.

Un crucifijo de madera. Pequeño, gastado, con las esquinas redondeadas por el uso. Era el de ella.

Lo apreté hasta que la madera se me clavó en la palma.

Había venido. La novicia rusa. Había entrado en mi habitación mientras yo dormía como un maldito inválido. Me había visto débil.

Y en lugar de clavarme un cristal en el cuello o huir por la ventana, me dejó saber que estuvo aquí.

Lo recordaba en fragmentos. Una voz suave. Una mano fría en mi frente.

Y luego esto. Su crucifijo. Pudo recuperarlo pero me lo dejó.

—Maldita mujer —gruñí, con la voz ronca—. ¿Qué pretendes hacer?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP