05: El Precio de la Paz

No dormí esa noche.

Las palabras de Ciro giraban en mi cabeza como un carrusel roto. "Quieren tu cabeza a cambio de la paz. Y he dicho que me lo pensaré."

“Me lo pensaré.”

No había dicho que no. No había dicho que sí. Me tenía colgando de un hilo, y él sostenía las tijeras.

Miré por la ventana con barrotes. El jardín se extendía más allá, oscuro, lleno de setos recortados y estatuas de mármol que parecían fantasmas bajo la luna. Al fondo, una verja de hierro. Alta. Antigua.

Si los Volkov venían a por mí, me usarían. Mi cadáver sería el mensaje. "Esto le pasa a quien se mete con la familia." Y Ciro... Ciro iría a la guerra por venganza, no por mí, sino por orgullo.

No iba a dejar que eso pasara.

Me levanté de la cama. El camisón blanco se me pegaba a los muslos por el sudor frío. Cogí el frasco de perfume de la cómoda. Pesaba. Cristal grueso.

Lo estrellé contra el borde de la chimenea.

Los fragmentos saltaron. Cogí el más largo, afilado como una navaja, y lo envolví en un retal de sábana para no cortarme.

El guardia de la puerta no estaba. Cambio de turno. Lo había cronometrado durante tres noches. Tenía exactamente cuatro minutos.

Salí al pasillo descalza. El mármol helado me quemaba las plantas. Giré a la izquierda, hacia el ala de servicio que había visto cuando regresaba del comedor. La cerradura era antigua, de las que se abren con llave de hierro. Introduje el cristal entre el marco y el pestillo. Forcé.

Una vez. Dos.

La madera cedió con un crujido.

La puerta se abrió a la noche.

El jardín trasero olía a tierra mojada y a jazmín. La lluvia fina me empapó el camisón en segundos, pegándomelo al cuerpo como una segunda piel. No me importó. Corrí.

Corrí entre los setos, arañándome los brazos con las ramas. Corrí pasando junto a las estatuas de ángeles con rostros torcidos por el musgo. Y ocultándome de los guardias que custodiaban a unos metros.

La verja estaba cerca. La veía. Alta, negra, con barrotes rematados en puntas de lanza.

Si saltaba, me clavaría. Pero había un hueco junto al muro, donde la hiedra había vencido al hierro.

Lo alcancé. Me agaché. Pasé un hombro. Luego el otro.

—¡VIKTORIA!

El grito me heló la sangre.

Me giré.

Ciro caminaba hacia mí bajo la lluvia. Sin chaqueta. Solo la camisa blanca empapada y pegada a su torso. El pelo oscuro le caía sobre los ojos. Parecía un demonio salido de una pintura antigua.

Detrás de él venían sus guardias armados.

No me detuve.

Forcé el cuerpo contra el hueco. El hierro me desgarró el camisón. Sentí el frío del metal en las costillas.

Su mano se cerró sobre mi tobillo.

Tiró.

Caí al barro de espaldas. El aire salió de mis pulmones. Él cayó sobre mí, inmovilizándome con el peso de su cuerpo. Su rostro estaba a centímetros del mío. Jadeaba. Yo también.

La lluvia nos golpeaba a los dos.

—¡Suéltame! —grité, golpeándole el pecho con los puños—. ¡Prefiero morir en la calle de frío a dejar que me intercambies como un objeto!

—¡No voy a entregarte a esos tipos! —Su voz retumbó sobre el estruendo del agua. Sus manos me sujetaban las muñecas contra el barro—. ¡Jamás les daré lo que quieren!

Me quedé quieta.

El pecho me subía y bajaba. El suyo también. Estábamos tan cerca que sentía su aliento caliente en mis labios fríos.

El camisón, empapado, transparente, se me pegaba a cada curva. Sus ojos bajaron. Recorrieron mi cuello, mis hombros, la tela mojada que no escondía nada.

Tragó saliva.

—Mírame —dijo, con la voz ronca.

Le miré.

La lluvia resbalaba por su frente, por su nariz, por sus labios. Estaba tan cerca que podía contar sus pestañas. Olía a perfume, a sudor, a algo oscuro que no tenía nombre.

Sus dedos soltaron mis muñecas. Despacio. Como si desconfiara de que huiría al hacerlo.

Su mano subió. Me rozó la mejilla. El pulgar apartó un mechón de pelo mojado de mi cara.

El mundo se redujo a ese contacto. A ese centímetro entre su boca y la mía.

Inclinó la cabeza.

Mi respiración se quebró.

Y entonces el infierno estalló.

La verja principal saltó por los aires. Un estallido naranja iluminó la noche. Balas. Hierro retorcido. Cristales.

Ciro se levantó de un salto. Me puso detrás de él con un movimiento brusco, cubriéndome con su cuerpo.

Luces de camionetas. Faros cegadores. Hombres encapuchados saltando entre los escombros. Disparos.

—¡Agáchate! —gritó Ciro.

Me empujó contra el suelo. Su cuerpo me cubrió por completo. Sentí su mano buscar algo en la espalda. El metal negro de una pistola.

Las balas silbaban sobre nuestras cabezas. Impactaban contra las estatuas. Los ángeles de mármol perdían alas, rostros, manos.

Ciro empuñó el arma. Mi pecho contra su espalda. Su cuerpo siendo mi escudo.

—Reza, Viktoria.

Su voz era extrañamente calmada en medio del caos.

—Porque esta noche, Dios y yo vamos a necesitarnos el uno al otro.

Levantó la pistola.

El sonido de los disparos lo tragó todo.

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