06: Sangre y Fuego

El mundo estalló a mi alrededor.

El sonido de las balas era ensordecedor. Metal contra piedra. Gritos. Cristales rompiéndose. Todo mezclado en un caos que hacía vibrar el suelo bajo mis rodillas.

—¡Quédate detrás de mí! —gritó él entre los disparos.

Su espalda era una pared. Enorme. Sólida. Me cubrió por completo mientras él devolvía el fuego. Me agarré a su camisa blanca, empapada de lluvia y sudor, como si soltarlo significara que moriría.

Una bala pasó tan cerca de su cabeza que sentí el silbido.

—¡Ciro! —solté un grito de horror. Mis dedos se clavaron en la tela de su camisa.

—¡Tenemos que movernos! —grité, pegándome más a su espalda—. ¡A cubierto!

—¡Entra en la casa! —rugió sin girarse—. ¡Yo te cubro!

—¡No!

Se giró entonces. Sus ojos oscuros me fulminaron con una furia que haría temblar a cualquiera.

—¿Estás loca? Entra ahora.

—¡No voy a dejarte aquí! —le grité—. ¡O entramos los dos o nos matan a los dos!

En ese instante, otra bala le rozó el brazo.

Lo vi. Vi cómo la tela blanca se abría. Vi el hilo de sangre que empezaba a empapar la manga. Ciro soltó un quejido sordo, más de rabia que de dolor.

—¡Dios mío! —Me abalancé sobre su brazo—. ¿Estás bien?

—No es nada.

—¡Estás sangrando!

—He dicho que no es nada.

Llegaron sus hombres. Tres, cuatro, aparecieron entre la niebla de pólvora y lluvia.

—¡Don! ¡Nosotros nos encargamos! ¡Métase dentro!

Ciro asintió. Me agarró de la muñeca y me arrastró hacia la puerta trasera de la mansión mientras sus hombres cubrían nuestra retirada. Las balas seguían silbando, pero yo solo veía la mancha roja que crecía en su brazo.

Dentro, la mansión estaba en penumbra. Las luces de emergencia parpadeaban. Alguien había cortado la electricidad.

Ciro caminaba delante de mí, a zancadas largas, como si no tuviera un agujero en el brazo. Yo iba detrás, descalza, con el camisón hecho jirones y el corazón en la garganta.

—¿A dónde vas? —me preguntó sin detenerse.

—Contigo.

—Vete a tu habitación.

—Voy contigo —repetí—. Voy a ayudarte.

—No necesito ayuda.

—Estás sangrando.

—Ya llamaré al médico cuando esto acabe.

—¡Mientras tanto te estás desangrando!

Él se detuvo frente a una puerta doble. Su habitación. Ciro me miró por encima del hombro. Impasible. Frío.

—No es nada. Es un rasguño.

—Eso no es un rasguño.

Abrí la puerta yo misma y entré. Él resopló pero me siguió. Su brazo goteaba sobre el suelo de mármol, pequeñas manchas rojas que brillaban bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.

Se detuvo en el centro de la habitación y se giró hacia mí. La mancha de sangre ya le cubría todo el brazo y parte del hombro. La camisa blanca se le pegaba a la piel como una venda inútil.

No lo pensé. No pedí permiso. Alargué las manos y empecé a desabrocharle los botones.

—Cuidado, hermana —su voz bajó una octava, peligrosa y suave al mismo tiempo—. No empieces algo que no vas a terminar.

Levanté la mirada. Lo fulminé con toda la seriedad y fiereza que pude reunir.

Terminé de quitarle la camisa.

Mi respiración se cortó un segundo.

Era... imponente. Su torso era una obra tallada. Hombros anchos, pectorales definidos, un abdomen de acero que bajaba hasta perderse en la cintura del pantalón. Había cicatrices. Antiguas. Nuevas. Historias grabadas en la piel.

Mis dedos seguían apoyados en su pecho. No podía moverlos. La piel era cálida, y los músculos bajo ella se sentían como roca.

Era el primer hombre que veía así.

Completamente.

El calor me subió desde el cuello hasta las mejillas. Bajé la mirada tan rápido que casi me da un mareo.

—¿Qué pasa... hermana?

La palabra me escoció.

Levanté la cabeza de golpe.

—Llámame por mi nombre. No soy monja. Soy novicia. Aún no he hecho los votos.

Ciro enarcó una ceja. Algo brilló en sus ojos.

—Es decir... que aún puedes dejarlo.

—Sí. Pero no pienso hacerlo. Es la vocación que quiero seguir.

Él no respondió. Pero su mirada se quedó clavada en mí de una forma que no tenía nada que ver con la fe.

Desvié la atención a la herida. La bala había desgarrado la carne al salir, dejando un corte irregular que seguía sangrando. Necesitaba sutura. Si esperábamos al médico, podía perder demasiada sangre y desmayarse en cualquier momento.

—¿Tienes insumos médicos? ¿Hilo, aguja, alcohol?

—No.

Resoplé. Miré a mi alrededor buscando algo, cualquier cosa. Y entonces bajé la vista hacia mi propio camisón.

Estaba mojado, roto, inservible. La tela ya estaba rasgada a la altura del abdomen por el hierro de la verja, dejando al descubierto casi todo mi pecho. Sin pensarlo más, agarré el borde inferior y rasgué un pedazo largo desde el muslo.

La seda cedió con un sonido seco.

Ahora uno de mis muslos quedaba completamente al aire.

Ciro me miró. Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Lento. Inevitable. Sentí sus ojos como si me tocaran.

—Extiende el brazo —ordené, con más firmeza de la que tenía.

Obedeció.

Enrollé la tela alrededor de la herida y apreté con fuerza. Él ni siquiera parpadeó.

—Lo has hecho bien —dijo, con un tono casi sorprendido—. Tienes habilidad.

—Aprendí hace tiempo.

Llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Ciro.

Entró uno de sus hombres. El mismo guardia joven que me había acompañado al baño la noche de la pesadilla. Traía el arma en la mano y una expresión de alivio tenso.

—Don, hemos neutralizado a los intrusos.

—¿Quiénes eran?

—No sabemos todavía. Pero capturamos a uno herido. Vamos a sacarle información.

Entonces los ojos del guardia se desviaron hacia mí.

Y se quedó mirando. Mi camisón destrozado. Mi muslo desnudo. Mis pechos casi expuestos.

El calor de la vergüenza me subió por el pecho. Me sentí desnuda, expuesta, sucia.

Ciro lo notó.

En un segundo, su mano tiró de mi brazo y me puso detrás de él. Su espalda me tapó por completo.

—Está bien. Vete. Hablamos después —dijo Ciro.

La voz le salió como un latigazo.

El guardia tragó saliva, asintió y desapareció por la puerta.

Ciro se giró hacia mí. No dijo nada. Fue hasta la cama, arrancó una sábana blanca y me la puso sobre los hombros. Sus dedos rozaron mi clavícula al ajustarla.

—Ve a tu habitación. Date un baño caliente o vas a enfermar.

Asentí. Pero no me moví.

Algo me retenía. Algo que me quemaba por dentro.

—¿De verdad no vas a entregarme? —Mi voz sonó más pequeña de lo que hubiera querido—. ¿A ellos? ¿A esa gente cruel?

Ciro se inclinó. Me agarró la barbilla y me levantó el rostro. Suave. Pero firme. Sus ojos negros se clavaron en los míos.

—No voy a entregarte a nadie.

Hizo una pausa. Su pulgar rozó mi mentón.

—Porque eres mía ahora.

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