Aparté su mano de mi barbilla de golpe.
El roce de sus dedos seguía quemándome la piel.
—No soy suya —dije, retrocediendo un paso—. Solo pertenezco a Dios.
Ciro sonrió. Una sonrisa lenta, torcida, que no llegaba a sus ojos pero que tampoco era burla.
Pero no respondió.
Y eso me molestó más de lo que debería.
Me di la vuelta y salí de su habitación con la sábana todavía sobre los hombros.
El frío me había calado hasta los huesos. Sentía el cuerpo entumecido después de la lluvia y el miedo. Cuand