02: La Jaula Dorada

Abrí los ojos y lo primero que vi fue seda negra.

Parpadeé. Mi cabeza latía como si alguien me hubiera golpeado con un misal en la nuca. Intenté moverme y las sábanas se deslizaron sobre mi piel como agua fría.

Seda. Eran de seda.

Me incorporé despacio. La cama era enorme, con un dosel de madera oscura tallada con figuras que parecían ángeles caídos. Las cortinas negras colgaban a los lados como alas de cuervo.

Y entonces me miré.

Un camisón blanco. De seda. Con tirantes finos que apenas me cubrían los hombros.

Alguien me lo había puesto.

Alguien me había quitado el hábito mientras estaba inconsciente. Alguien me había tocado, me había desnudado, me había vestido como a una muñeca de porcelana.

El pánico me subió por la garganta. Me llevé la mano al cuello.

Nada.

Mi crucifijo. Mi cruz de madera. La que mi abuela me puso al cuello cuando tenía seis años en el orfanato de San Petersburgo. La única cosa que me quedaba de alguien que me había querido.

No estaba.

—No, no, no...

Salté de la cama. Las piernas me fallaron y me golpeé la rodilla contra el suelo de mármol. El dolor me arrancó una maldición en ruso.

Me levanté como pude y corrí hacia la puerta.

Cerrada.

Probé el pomo de bronce. Forcé. Golpeé con el puño.

—¡Ábreme!

Nada. Silencio al otro lado.

Me di la vuelta y miré la habitación por primera vez de verdad.

Era enorme. Más grande que todo el comedor del convento. Las paredes estaban cubiertas de un papel pintado color burdeos con dibujos dorados que parecían hojas de parra. Una chimenea de mármol blanco ocupaba una pared entera, con leños apilados que nadie se había molestado en encender. Había un espejo alto con marco dorado, una cómoda antigua, un armario empotrado.

Y las ventanas.

Altas, de suelo a techo, con cortinas de terciopelo negro. Pero tenían barrotes. De hierro forjado, con formas de flores y enredaderas. Bonitos. Artísticos. Pero barrotes al fin y al cabo.

—Una jaula dorada —murmuré.

Me abracé a mí misma. El camisón era tan fino que el frío del mármol se me metía en los huesos. O quizás no era el mármol. Quizás era el miedo.

Me miré en el espejo.

La chica que me devolvió la mirada no parecía yo. El pelo castaño, siempre recogido bajo el velo, ahora me caía sobre los hombros en ondas revueltas. Tenía un moretón en el brazo donde él me había agarrado en la capilla. Los labios secos. Los ojos hinchados de haber llorado dormida.

Pero seguía siendo yo. Viktoria Markova. Veintitrés años. Novicia. Rusa. Huérfana.

Y prisionera.

La puerta se abrió.

Sin llamar. Sin avisar.

Allí estaba él. Ciro Cavalli. El diablo en persona.

Traía una bandeja de plata en las manos. Llevaba la camisa blanca arremangada hasta los codos y el cuello desabrochado. El pelo oscuro todavía húmedo, peinado hacia atrás. Olía a jabón y a algo más profundo. Cuero. Madera. Hombre.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo. Despacio. Desde los pies descalzos hasta mi rostro. Se detuvo un segundo en mi clavícula desnuda, donde debería estar el crucifijo.

—El camisón te sienta mejor que el hábito —dijo.

—¿Dónde está mi cruz?

Él entró sin prisa y dejó la bandeja sobre la mesita junto a la cama. Pan, queso, uvas, y una copa de vino tinto.

—Come.

—No tengo hambre.

—Me da igual. Come.

—¿Dónde está mi cruz?

Él suspiró. Se giró hacia mí con las manos en los bolsillos del pantalón. Su postura era relajada, pero sus ojos no. Sus ojos estaban clavados en los míos como alfileres.

—Está en un cajón.

—Devuélvemela.

—No.

Una palabra. Seca. Definitiva.

—Aquí dentro no necesitas a Dios —continuó, dando un paso hacia mí—. Aquí dentro solo me tienes a mí.

—Devuélvemela —repetí, sin retroceder.

Él ladeó la cabeza. Una sonrisa fina, peligrosa, curvó sus labios.

—Pídemelo de rodillas.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Yo de pie, descalza, con el camisón blanco pegado al cuerpo por el sudor frío. Él mirándome como si yo fuera un animal raro en un zoológico.

No me arrodillé.

—No.

La palabra salió de mi boca pequeña pero firme.

Él parpadeó. Solo una vez. Pero lo vi. No se lo esperaba.

—Habrá reglas —dijo, cambiando de tema como quien pasa una página—. Regla número uno: no intentas escapar. Si lo haces, el tipo que mató a Matteo te encontrará antes que yo. Y créeme, no tendrá mi paciencia.

—¿Paciencia? —solté una risa amarga—. Me has metido en un maletero.

—Regla número dos —continuó él, ignorándome—: no voy a tocarte.

Me quedé callada. Él continuó:

—No voy a violarte. No voy a hacerte daño. No soy ese tipo de monstruo.

—¿Y qué tipo de monstruo eres entonces?

—Uno que cumple sus promesas.

—¿Eso se lo prometiste a Matteo también?

El golpe fue invisible, pero lo vi llegar. Su mandíbula se tensó. Sus nudillos se volvieron blancos.

—Matteo está muerto por confiar en la gente equivocada —dijo, con la voz más baja, más afilada—. Tú eres mi cebo, no mi protegida. No lo olvides.

—No lo olvidaré.

—Bien.

Se giró para marcharse. Su mano ya estaba en el pomo de la puerta.

Y yo no sé qué me pasó. Quizás fue el miedo. Quizás la rabia. Quizás el hecho de que me había llamado "cebo" como si yo fuera un trozo de carne colgado de un anzuelo.

Cogí la copa de vino de la bandeja.

Y la estrellé contra la chimenea de mármol.

El cristal explotó. Los fragmentos saltaron por el suelo como pequeñas estrellas rojas. El vino se deslizó por la piedra blanca dejando un reguero oscuro como sangre.

Ciro se giró lentamente.

—En mi fe —dije, con la voz temblándome pero la cabeza alta—, el vino es la sangre de Cristo. Y yo no pienso beber el vino de un demonio.

Él no se movió.

Luego, muy despacio, sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa que prometía guerra.

—Eso ha sido un error, sorella.

Lo dijo como quien clava un puñal.

—Acabas de declararme la guerra.

—Pues que así sea —respondí.

Él salió. La puerta se cerró. El cerrojo corrió con un eco metálico.

Y yo me quedé allí, descalza sobre el mármol frío, rodeada de cristales rotos y vino derramado, con el corazón golpeándome tan fuerte que dolía.

Había ganado la primera batalla.

Pero la guerra sería más difícil.

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