No me moví.
Enzo seguía allí, de pie junto a mi cama, con las manos en los bolsillos y una expresión que no era amenazante pero tampoco amable. Era algo intermedio. Algo que no supe leer.
—¿Qué haces aquí, Enzo?
—Curiosidad.
—No. Estás aquí por algo más.
Enzo suspiró. Su sonrisa de zorro se desvaneció por completo. Y por primera vez desde que lo conocía, lo vi serio. De verdad.
—Tienes razón —dijo—. No estoy aquí solo por curiosidad.
—Entonces habla.
—Ciro se está obsesionando contigo.
Lo dij