MILA.
—Y bien... ¿a qué debo esta repentina visita? —espetó Abraham, su voz arrastrada por la desidia.
—Sabes perfectamente a qué he venido —replicó Lucio. Su mirada, cargada de esa soberbia que precede a la tragedia.
—No, no lo sé. ¿Tengo cara de saberlo todo? —El oficial exhaló una densa nube de humo, observando a Lucio con un desafío imprudente.
—No, pero tendrás cara de cadáver si no me entregas las grabaciones originales del casino.
A una señal de Lucio, Tony puso sobre el escritorio el m