Encubierto.
MILA.
El vacío de mi mano al soltarse fue, para Lucio, una declaración de guerra silenciosa. No hubo quejas ni reproches; solo una tensión violenta en su mandíbula antes de que su brazo rodeara mi cintura con una fuerza bruta, obligándome a chocar contra su costado. Sus dedos se hundieron en mi cadera, reclamando el territorio que yo acababa de intentar negar. Mientras me arrastraba con él, sus ojos patrullaban el salón con una discreción letal, buscando el motivo de mi distracción.
Al busc