Un hombre de Ley.
El aire en la habitación se volvió gélido, una corriente invisible que me caló hasta los huesos. Mis padres no habían sido víctimas del azar, ni un simple error del destino; habían sido el daño colateral de un monstruo que, hace diez años, apenas estaba aprendiendo a matar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, tragándose la poca estabilidad que me quedaba.
—Basta, Martínez —intervino Sandro en seco. Su voz ya no era la del amante que me arrullaba anoche; era la del oficial al mando, c