Traidora vil.
MILA.
Acerqué la brocha a su rostro, conteniendo la respiración en un intento desesperado por estabilizar mi pulso. Él no parpadeaba; sus ojos ámbar seguían cada uno de mis movimientos con una precisión analítica que me descolocaba, como si estuviera diseccionando mis pensamientos.
—¿Qué pasó anoche? —pregunté, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más trémula de lo que pretendía mientras aplicaba el corrector sobre la mancha morada de su pómulo.
—No querrás saberlo —respondió, y en su tono