Mentiras necesarias.
MILA
La rabia que me quemaba por dentro se evaporó en un suspiro, reemplazada por una angustia punzante que me oprimió el pecho al ver el rastro carmesí.
—¡Sandro! Estás sangrando de nuevo —exclamé, olvidando por completo nuestra agria discusión de hacía apenas una hora.
Me acerqué a él a toda prisa y lo tomé del brazo con firmeza para ayudarlo a entrar. Mi molestia seguía ahí, vibrando bajo mi piel, pero no podía verlo así y no hacer nada. El amor que le tenía era una cadena de hierro