Ferocidad ciega.
MILA
Sandro dudó un segundo; sus dedos rozaron el plástico de la cinta de video con una reticencia que me hizo apretar los dientes. Podía sentir su indecisión, como si estuviera sopesando si mi cordura soportaría lo que estaba a punto de ver. Finalmente, ante mi mirada implacable y el silencio sepulcral de la comandancia, la insertó en el reproductor. El zumbido del aparato llenó el aire, un sonido monótono que precedió a la tormenta, mientras la pantalla parpadeaba en un gris estático antes de