Una deuda de sangre.
LUCIO
El olor a antiséptico y el zumbido constante de las máquinas del quirófano seguían adheridos a mi piel. Mis manos, que habían pasado las últimas horas reconstruyendo la esperanza en el cuerpo de una niña, temblaban ligeramente por el agotamiento. Operar en la fundación siempre me drenaba de una forma que los negocios de la Sociedad nunca lograban; era una lucha directa contra la muerte, una que hoy había ganado.
Cumplí con mi deber como médico, pero mi mente nunca salió de la mansión. Est