MILA.
Al subir al auto, Lucio me dedicó una ronrisa de lado; una media sonrisa cargada de arrogancia. La acepté sin responder, limitándome a desviar la mirada de su perfecta y exasperante cara.
—Iremos al club —ordenó con una autoridad que no admitía cuestionamientos.
Tony y el Capitán intercambiaron una mirada rápida y cargada de significado antes de que Tony interviniera:
—Ella y Fabricio tenían prohibido asistir a ese club.
El ambiente en el vehículo se tornó más denso.
—No olvides que ahora es mi esposa —declaró Lucio, su voz grave—. Y Fabricio siempre fue muy blando. Yo no.
La lealtad de Tony, sin embargo, trascendía las órdenes del momento de Sasha o del propio Lucio. Su servicio y fidelidad pertenecían a una sola persona: Igor, el padre de Katya.
—Si algo le llega a pasar… —espetó Tony, retándole con la mirada a través del retrovisor. El desafío era claro.
—Si algo le llega a pasar —respondió Lucio, sin una chispa de miedo, sin siquiera inmutarse ni parpadea