Mila.
«Maldición, Mila, contrólate».
Me regañé a mí misma, cerrando la puerta de golpe. El pecho me subía y bajaba, agitado por esa terrible sensación que me obligaba a pensar en Sandro, y me sentía pésimamente, mal, culpable. Pero, al mismo tiempo, era incapaz de evitar esa atracción cada vez que él estaba cerca.
Minutos más tarde, un suave golpeteo resonó en la madera.
—Señora, la señora Sasha y el señor Lucio la esperan para cenar —anunció Giselle con su voz neutra a través de la p