Mila.
«Maldición, Mila, contrólate».
Me regañé a mí misma, cerrando la puerta de golpe. El pecho me subía y bajaba, agitado por esa terrible sensación que me obligaba a pensar en Sandro, y me sentía pésimamente, mal, culpable. Pero, al mismo tiempo, era incapaz de evitar esa atracción cada vez que él estaba cerca.
Minutos más tarde, un suave golpeteo resonó en la madera.
—Señora, la señora Sasha y el señor Lucio la esperan para cenar —anunció Giselle con su voz neutra a través de la puerta.
—Voy enseguida —respondí, poniéndome a toda prisa un suéter para cubrir mis hombros.
Al bajar al comedor, la tensión se palpaba en el ambiente, densa como la niebla. Sasha, imponente y serena, le exigía a Lucio que asistiera al casino de vez en cuando, tal como lo hacían su difunto padre y Fabricio.
—Te recuerdo que yo no soy Flavio y mucho menos Fabricio —refutó Lucio con brusquedad, llevando un trozo de carne a su boca con más fuerza de la necesaria.
—Ya lo sé, y me gustaría que