Mundo de ficçãoIniciar sessãoSINOPSIS Elise Vanderbilt ha pasado tres años en un matrimonio arreglado donde jamás recibió amor, solo indiferencia. Era bien sabido por todos que el corazón de su esposo pertenecía a otra. Cuando finalmente pide el divorcio, se libera de las cadenas que la mantenían oculta y revela la mujer brillante, fuerte y desconcertante que siempre fue: una cirujana prodigio, una mente privilegiada y una presencia imposible de ignorar. Kristian Lebedev cree tener su vida resuelta junto a Joanne Osborne, su primer amor, una mujer dulce en apariencia, pero calculadora hasta la médula. Pero todo cambia cuando Elise decide marcharse. Cada vez que la ve, Kristian descubre una faceta distinta, un misterio nuevo… y un deseo que nunca pensó que sentiría por ella. Su mundo, antes ordenado, se llena de grietas que solo se abren más cada vez que su exesposa aparece. Entre celos, orgullo y verdades no dichas, ambos se enfrentan en un tira y afloja intenso, donde la tensión crece y los límites se desdibujan. Cuando el pasado de Elise comienza a salir a la luz —y Kristian comprende lo poco que la conoció—, descubrirá que la mujer que dejó ir puede ser su mayor pérdida… o la única capaz de salvarlo del caos que lo rodea.
Ler mais1 Abriendo los ojos
Elise apreciaba esos momentos en los que el mundo parecía desaparecer y solo quedaba ella junto a Kris. Su esposo siempre había sido un hombre fogoso en la intimidad, pero aquella noche venía con más vigor que nunca. Cada caricia era intensa, cada beso profundo, y en medio de la pasión ella se sentía deseada, querida, como si fuera la única mujer capaz de arrancarle ese fuego que ardía en sus ojos verdes. Sus manos vagaban por el cuerpo sudoroso de ella, firme y posesivo, como si quisiera marcarla a cada segundo. Elise rebotaba sobre su regazo, jadeando entrecortado mientras lo miraba desde arriba, sintiendo cómo el aire le faltaba, cómo las sensaciones la envolvían con más fuerza de lo que podía resistir. —Kris… —su voz se quiebra, entre placer y urgencia, justo antes de que su cuerpo tiemble a punto de alcanzar el clímax. Él, excitado aún más por aquel jadeo, no se contiene. La gira con rapidez, atrapándola bajo su cuerpo, hundiéndola contra las sábanas. Sus embestidas se vuelven más rápidas, más erráticas, hasta que el fuego lo consume también y ambos se deshacen en un nirvana compartido, respirando agitados, con los corazones latiendo a un mismo ritmo. Durante unos minutos queda en silencio, sintiendo todavía el calor de su piel, pero pronto Kristian se levanta sin decir nada y camina al baño. Elise, todavía con el pulso acelerado, se queda mirando el techo, con el cuerpo un poco más magullado que de costumbre, esta noche su esposo fue especialmente rudo. Se muerde el labio, soporta la punzada en sus músculos y se levanta, envolviéndose en una bata de seda antes de bajar las escaleras. En la cocina prepara una cena sencilla, pero hecha con cuidado. Siempre había tenido esa costumbre: ocuparse de él, aunque él pocas veces lo pidiera. El olor de la comida llena la estancia y, cuando Kristian baja, ya no lleva su ropa de dormir. Viste un traje gris plomo, perfectamente planchado, como si la noche apenas empezara para él. —¿Vas a salir? —pregunta Elise, al verlo tan elegantemente vestido a pesar de que ya eran más de las nueve. —Sí, tengo una reunión urgente —responde él con ese tono serio y distante que siempre lo caracteriza— no esperes despierta. Ella lo observa en silencio. Lo único que rompía aquella frialdad entre ellos era la pasión que compartían en la intimidad. Ahí, en medio de una mesa, en el sofá o en la cama, era el único lugar donde no había distancias. —Come algo antes de irte —murmura, suave y casi sumisa. Solo por su esposo era así. Él asiente y se sienta frente a ella. Ambos comen en calma, sin hablar demasiado. Cuando terminan, Kristian recoge los platos y los friega en el fregadero. Lo hace con naturalidad, como si fuera parte de la rutina. Y así era: aunque distante, tenía esos gestos considerados que confundían a Elise, como si detrás de ese muro de hielo hubiera un hombre que sí quería ese matrimonio, aunque nunca lo dijera. Unas horas después, cuando Elise ya está sola en el salón viendo un resumen de una operación a un babuino, su teléfono vibra. Un mensaje de un número desconocido, un enlace. Ella aprieta el enlace con cierta desconfianza y lo que aparece en la pantalla hace que su estómago se hunda. Es un portal de revistas del entretenimiento, una foto, algo borrosa, pero inconfundible: Kristian, su esposo, entrando a un hotel con una mujer despampanante del brazo. Los dos entrelazados como una pareja que no teme mostrarse. El corazón de Elise se rompe en mil pedazos. Una lágrima silenciosa recorre su mejilla, pero no hay gritos, no hay escándalo. Solo un murmullo escapando de sus labios. —Oh… ya veo… Supongo que llegó el momento después de todo —sentía como su corazón estaba siendo destrozado, sin embargo, no hizo ningún escándalo. Por dentro se siente destruida, pero la calma la invade. Pensaba que, si algún día eso pasaba, al menos él sería lo bastante hombre para decírselo de frente. Pero no. Hace tres años se habían casado por los abuelos. Ella lo aceptó en un momento de vulnerabilidad: su propio abuelo, en su lecho de muerte, le pidió que se uniera a la familia Lebedev, y Elise, aturdida y sin fuerzas para discutir, aceptó aquel destino. Kristian y ella, al quedarse solos, firmaron un acuerdo. Entre sus cláusulas, una decía claramente que, si alguno quería el divorcio, el otro debía aceptar sin objeciones. Y quizá esa era la única salida ahora. Con manos firmes marca un número en su móvil. —Candy. ¿Puedes prepararme un documento de divorcio? —pregunta en voz baja, pero decidida. Su asistente duda un segundo, pero acepta sin dudar. Elise no pensaba quedarse junto a alguien infiel, no iba a esperar a que un día él apareciera con esa mujer y la echara de la casa. Era mejor cortar de raíz, aunque doliera. Toma las llaves de su coche y conduce hasta la mansión del viejo Sergei Lebedev, el abuelo de Kristian. El mayordomo la recibe con respeto y la conduce hasta el cuarto del anciano. —Mi nieta querida… ¡qué hermosa estás! Ven, entra —dice Sergei, con alegría sincera en sus ojos cansados. —Abuelo… ¿cómo te has sentido? —pregunta ella con una sonrisa suave, acercándose a su cama y ya checando sus signos vitales con una revisión rápida. —Bien, bien, con mis achaques de viejo que es lo normal —ríe él en voz baja—, pero no hablemos de eso. Mejor dime, ¿qué hay de ti? Elise respira hondo y se sienta a su lado. —Vine porque quería hablarte de un asunto importante —dice con seriedad. El anciano entrecierra los ojos. —¿Por qué tanta seriedad, mi niña? ¿Alguien te hizo algo? Dime quién, que yo mismo me encargo de ponerlo en su lugar —responde, con esa voz protectora que siempre la enternece— si es ese nieto mío ya me va a conocer. —Nadie, abuelo… —Elise baja la mirada—. Es solo que… quiero divorciarme —la voz sale en un susurro muy bajo. El silencio se vuelve denso. Sergei parpadea varias veces antes de soltar un carraspeo incrédulo. —¡¿Qué?! La voz no viene solo de él. Detrás de Elise se escucha un eco que la hace girar. Allí está Larisa Lebedeva, la abuela, con una bandeja de té entre las manos. La deja sobre la mesa con cuidado, pero la mirada que le lanza a su nieta política es aguda y dura. Elise siente un nudo en la garganta. Sus ojos se humedecen, pero no deja que las lágrimas caigan. Sabe que les debe mucho, pero no estará con un hombre infiel. —Abuela… es lo mejor. Después de todos estos años, él no me tiene en su corazón y no hay hijos —es su excusa. Larisa frunce el ceño, clavando su mirada en ella. —¿Él te lo dijo? —pregunta Larisa, sabiendo que su nieto tenía que ver con esto— fue Kristian ¿verdad? Sergei golpea la cama con fuerza, con la rabia temblándole en las manos arrugadas. —¡Ese mocoso desagradecido! —gruñe, respirando agitado. Elise guarda silencio. En su pecho todavía duele la traición de Kristian, pero ya no hay marcha atrás.53Kiara en vez de sentarse frente a los invitados se sentó al lado de Kristian y la germofobia de Kristian se levantó como un muro. Y se aleja de ella tan rápido que hace que todos se queden atónitos. Todos menos Elise.—La comida está servida —anuncia la empleada oportunamente, rompiendo el silencio espeso que se ha instalado en la sala.El aviso funciona como una válvula de escape. Thomas y Teresa se levantan casi de inmediato, como si el simple acto de caminar hacia el comedor pudiera devolverles el control de la situación. Kiara los sigue con una sonrisa ensayada. Elise y Kristian, en cambio, se toman unos segundos más. No por cortesía, sino por cálculo.Kristian se pone de pie primero y le ofrece la mano a Elise. Ella la acepta sin mirarlo, con la mandíbula tensa. Caminan juntos, sincronizados, como si hubieran ensayado ese desplazamiento toda la vida.En el comedor, la mesa está dispuesta con una perfección casi ofensiva. Platos caros, cubiertos alineados al milímetro, cop
52Elise sale de la habitación ya vestida, con el cabello aún húmedo y el gesto tenso. Apenas cruza el umbral, su atención va directo al celular, cuando Kris la dejo tranquila en el baño le dio la oportunidad de revise las notificaciones. La pantalla se desbloquea y el estómago se le encoge: una llamada perdida de Freyja. No es raro que no conteste de inmediato, pero algo en su pecho se aprieta de una forma incómoda.Marca.Una vez.Dos.Nadie responde.—Vamos… —murmura, caminando de un lado a otro del pasillo mientras vuelve a llamar.Silencio.Elise aprieta los labios. Después del supuesto almuerzo familiar piensa pasar por la casa que Boris le preparó a Freyja, asegurarse de que esté bien, verla con sus propios ojos. No le gusta no saber. Nunca le ha gustado.—¿Estás bien? —pregunta Kristian, alcanzándola y encendiendo el secador de pelo—. Te veo inquieta.—No puedo comunicarme con Freyja —dice, haciendo un pequeño puchero que no logra ocultar la preocupación—. Tenía una l
51Elise despierta cerca del mediodía con la sensación densa de haber dormido demasiado profundo. La luz entra a medias por las cortinas y durante unos segundos no recuerda dónde está ni por qué su cuerpo se siente pesado. El sonido del teléfono rompe esa bruma. Vibra insistente sobre la mesa de noche.Gime, se da la vuelta y estira el brazo sin abrir los ojos. No tiene intención real de responder. Apenas roza el móvil con la punta de los dedos, este se desliza y, al intentar atraparlo antes de que caiga al suelo, la llamada se contesta sola.—¿Se puede saber por qué nunca llamas? —grita su padre del otro lado—. ¡Niña ingrata!Elise se queda inmóvil unos segundos, luego suspira y bosteza sin el menor cuidado.—Hola para ti también, padre.El bostezo solo logra empeorar las cosas.—¿Estás despertando? —ruge él—. Deberías estar atendiendo a tu esposo como es debido y no andar de holgazana.Elise gira los ojos y se acomoda boca arriba, mirando el techo.—¿Para eso llamabas? —dice
50El trayecto en el coche se vuelve una burbuja cerrada sobre sí misma. Elise y Kristian no se hablan; no lo necesitan. El vidrio de división se eleva con un zumbido seco cuando Jack carraspea desde el asiento delantero, dándoles privacidad sin pedir explicaciones. Elise apenas registra el movimiento. Tiene la respiración desordenada, la piel demasiado sensible, el cuerpo entero respondiendo a la cercanía de Kristian como si llevaran semanas conteniéndose.Kristian no mira por la ventana. Toda su atención está en ella. En la forma en que Elise se muerde el labio, en cómo sus dedos se aferran a la tela del asiento. Su mano se desliza con decisión, sin prisas, bajo su vestido provocando una reacción que ella no intenta ocultar. Elise cierra los ojos, apoyando la frente en su hombro, dejando escapar confirmaciones ahogadas que solo él escucha.—Compórtate, Kris —jadea Elise, sin mucha convicción.Cuando el coche se detiene frente a la casa, ambos bajan casi sin coordinarse. La puerta se
49Freyja se detiene en medio de la oscuridad.El jardín ya quedó atrás. No hay luces, no hay música, solo el murmullo lejano de la fiesta y el sonido de su propia respiración. El aire nocturno le eriza la piel, pero no retrocede. Su instinto le dice que ya no sirve seguir huyendo.Suelta la cartera en el suelo. Menos mal es pequeña. El cuero golpea la tierra con un sonido seco. Luego se inclina apenas y toma un tacón en cada mano. El frío del metal y la dureza del zapato la anclan. Sus pies quedan bien plantados sobre el suelo húmedo, desnudos, firmes.—¿Cuándo piensan salir? —pregunta, alzando una ceja.Su voz suena tranquila. Demasiado tranquila para la situación. No hay miedo en ella, solo cansancio y rabia contenida.Las sombras se mueven.—Cariño… —dice una voz masculina desde la oscuridad. Freyja endurece la expresión al instante—. Por fin te encontré.Ella deja escapar una risa breve, áspera.—Oh, miren… —dice con burla—. Es la rata que se me escapó.El hombre avanza
48La fiesta avanza según lo planeado. La música fluye, las copas se llenan, los invitados ríen con esa alegría medida que solo existe cuando hay cámaras, acuerdos tácitos y reputaciones en juego. En el jardín iluminado y el gran salón de Ironcrest todo parece funcionar como un reloj caro. Demasiado perfecto.Joanne no encaja en esa perfección.Ha bebido más de la cuenta y eso se nota desde lejos. Camina con pasos inseguros, el equilibrio apenas sostenido por el rencor y la ansiedad que le arden en el pecho. Sus ojos buscan un punto fijo hasta que lo encuentra: Kristian. Sigue ahí, demasiado cerca de esa estúpida rubia, demasiado cómodo, demasiado ajeno a ella. Joanne aprieta los labios y avanza sin pensarlo más.Interrumpe la conversación sin pedir permiso. Kristian hablaba con una mujer de cabello blanco, despampanante, elegante, casi tan impresionante como Elise. Ambas parecen hechas del mismo molde peligroso: seguridad, belleza y una calma que Joanne ya no posee.—Kris… neces





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