Mundo ficciónIniciar sesiónTodo se rompe en una mesa de ruleta del Hotel Monterrey. Ebrio y desesperado por una deuda que no puede pagar, Benjamín comete la máxima traición: pone a su esposa como apuesta frente al hombre más poderoso de la ciudad, Christian Turner . Benjamín pierde. Paula no derrama una sola lágrima. En lugar de eso, arroja su anillo de bodas sobre el tapete verde y firma su libertad. Lo que Benjamín no sabe es que Paula no es un trofeo indefenso; es la nueva mano derecha del CEO y la mujer que ahora tiene el poder de hundirlo.
Leer másEl aire acondicionado del automóvil negro deportivo de Christian zumbaba en el habitáculo, pero yo mantenía las manos firmes sobre el volante de cuero. Estaba aparcada frente a la entrada principal del hospital, un edificio de cristal y acero que brillaba bajo el sol de la tarde. En el asiento del copiloto, una tableta mostraba tres barras de frecuencia de audio. El dispositivo estaba conectado al micrófono oculto que Benjamín llevaba bajo la solapa de su chaqueta barata. Había pagado la fianza parcial de Benjamín hacía apenas dos horas. No lo hice por un vestigio de afecto, ya que el sentimiento que alguna vez le tuve no pesaba tanto como la necesidad de justicia. Lo hice porque Benjamín, desesperado por el abandono del abuelo Turner y el desprecio de la junta directiva, era el único peón que me quedaba para infiltrar el santuario del patriarca. La condición fue única y no aceptaba retractaciones: debía entrar en la habitación del abuelo y obtener la verdad sobre el puente. —Estoy
El aire frente a la entrada de la prisión estatal estaba saturado con el olor a ozono de los flashes y el ruido rítmico de los gritos de la prensa. Los reporteros se agolpaban contra las vallas metálicas, estirando micrófonos como lanzas. Las preguntas eran un bombardeo constante sobre la caída de los Turner y el fraude de los Kiraman. Mantuve la espalda recta y la barbilla en alto, tal como lo había hecho el día que caminé hacia la oficina del CEO. Mis tacones golpearon el cemento con un sonido seco y constante que cortaba el murmullo de la multitud. No bajé la mirada ante las cámaras; ignoré los destellos que quemaban mis retinas y seguí avanzando hacia la puerta de hierro. Al cruzar el umbral, el ruido de la ciudad se extinguió, sustituido por el estruendo de las cerraduras electrónicas y el olor a desinfectante industrial. El guardia de la entrada registró mi bolso con movimientos mecánicos. Dejé mis pertenencias en el casillero, pero guardé un objeto pequeño en la palma de mi
El silencio de la mansión fue interrumpido por el sonido de un motor diésel deteniéndose frente a la entrada principal. Un hombre de mediana edad, vestido con un traje gris carbón y portando una carpeta de cuero negro, bajó del vehículo. No era un médico ni un socio de la junta. Era el notario personal del abuelo Turner. Christian y yo lo recibimos en el salón minimalista, donde el eco de sus pasos sobre el mármol marcaba una urgencia que no figuraba en nuestra agenda de reconstrucción. El abogado dejó la carpeta sobre la mesa de cristal. Sus manos estaban secas y sus movimientos eran mecánicos. —He venido por instrucciones testamentarias de su abuelo, señor Christian —dijo el hombre. Su voz era plana—. Ante su estado de salud crítico, se ha activado la cláusula de rescisión del contrato de sucesión y el fideicomiso de custodia. Christian se tensó. Sus nudillos perdieron el color al apretar el respaldo de una silla de cuero. —¿De qué estás hablando? —preguntó Christian
El silencio de la mansión se quebró a las tres de la mañana. El sistema de seguridad, un entramado de sensores y cámaras que Christian me había enseñado a manejar en las noches de insomnio, emitió un pitido seco y constante. Me incorporé en la cama de un salto. La pantalla táctil junto a la cabecera mostraba tres figuras vestidas de oscuro saltando el muro perimetral norte. No eran ladrones comunes; se movían con la formación táctica de los hombres que el abuelo Turner mencionaba en sus informes de "limpieza". Christian entró en mi habitación sin llamar. Llevaba puesto un pantalón negro y una camiseta del mismo color que marcaba la tensión de sus hombros. No hubo preguntas. Sus ojos grises buscaron los míos con una fijeza que eliminó cualquier rastro de sueño. —Es Benjamín —dijo Christian. Su voz era plana, despojada de duda. —Se alió con los antiguos socios de mi abuelo. Quieren a Leo. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero el espíritu de resistencia se impuso al miedo. Me pu
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