La Esposa que Apostaste: El Reclamo del Nuevo CEO

La Esposa que Apostaste: El Reclamo del Nuevo CEOES

Romance
Última actualización: 2026-07-15
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Resumen
Índice

Todo se rompe en una mesa de ruleta del Hotel Monterrey. Ebrio y desesperado por una deuda que no puede pagar, Benjamín comete la máxima traición: pone a su esposa como apuesta frente al hombre más poderoso de la ciudad, Christian Turner . Benjamín pierde. Paula no derrama una sola lágrima. En lugar de eso, arroja su anillo de bodas sobre el tapete verde y firma su libertad. Lo que Benjamín no sabe es que Paula no es un trofeo indefenso; es la nueva mano derecha del CEO y la mujer que ahora tiene el poder de hundirlo.

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Capítulo 1

01

El repiqueteo de unos tacones contra el piso de la oficina fue mi señal. Salí de mi cubículo y me escabullí por la puerta trasera hacia la sala de descanso; no iba a tolerar los problemas de nadie un lunes por la mañana, y menos los de Débora.

La sala estaba en silencio. Clara descansaba en un sofá con su taza de café y me dedicó una sonrisa. Le devolví el gesto y serví mi propia taza de la máquina.

—¿Huyes de Benjamín o de Débora? —preguntó Clara sin dejar de sonreír.

—De los dos, si es posible.

—No entiendo cómo los soportas.

—Es mi esposo, Clara —el café amargo me raspó la garganta—. Aunque hace mucho dejé de ser su prioridad.

Llevábamos tres años de matrimonio. Conocí a Benjamín cuando postuló a Recursos Humanos para la empresa del señor Turner. Los primeros dos años fueron buenos, pero todo cambió cuando llegó Débora, su secretaria.

—No te servirá de mucho esconderte. Tu pesadilla viene hacia aquí —Clara me apretó el hombro y salió de la sala.

Bajé la mirada hacia el suelo. Unos tacones rojos de charol se detuvieron frente a mí. El golpeteo rítmico de la punta del zapato contra la baldosa buscaba mi atención. Me mantuve inmóvil. Nunca le puse límites a Débora; siempre esperé que Benjamín lo hiciera por respeto a nuestro matrimonio.

—No sé qué haces fuera de tu oficina —soltó Débora—. Eres incompetente, Paula. No sé cómo conservas este empleo siendo tan mediocre y estúpida.

Mantuve el rostro rígido. No iba a darle el gusto de ver una sola mueca de dolor. Aunque ella era la secretaria de Benjamín, se dedicaba a apilar su papeleo en mi escritorio para fastidiarme.

—¿Necesitas algo? —mi voz salió plana, sin rastro de emoción.

—Que dejes de ser una holgazana. El caso del señor Donald es extenso y dejé todo en tu escritorio. Organízalo, busca las leyes que nos sirvan y dile a Benjamín qué pasos seguir. Hazlo ahora.

Nuevamente me arrojaba el trabajo de mi esposo. Durante tres años, yo fui el motor invisible de Benjamín. Resolví sus desastres y asumí sus errores ante el jefe para evitar que lo despidieran. Él se llevaba los méritos y yo las amonestaciones. Benjamín nunca me dio las gracias.

—¿Eso no es tu trabajo? —pregunté, sosteniéndole la mirada.

Débora se acercó. Sus ojos brillaron antes de inclinar la taza de café que llevaba en la mano. El líquido hirviente empapó mi blusa blanca de inmediato. El calor me atravesó la piel del pecho y solté un jadeo ahogado, pero no retrocedí. El dolor era un latigazo físico, pero mi furia era más fría.

—Creo que aún no te queda claro —siseó ella, acortando la distancia—. Debes hacer lo que yo digo. ¿O tu cerebro es tan pequeño que no puedes procesar información tan simple?

Iba a responder, pero el sonido de la puerta abriéndose me detuvo. Benjamín entró a la sala con el ceño fruncido. En un movimiento coreografiado, Débora derramó el resto del café sobre su propia blusa y estalló en sollozos falsos.

—¿Qué ocurre? —Benjamín corrió hacia ella, ignorándome por completo.

—Solo... nos tropezamos —balbuceó Débora, cubriéndose el pecho con las manos—. Paula no vio por dónde caminaba y me lanzó su café caliente.

—¿Lo dices en serio? —la incredulidad me tensó los músculos del cuello.

Benjamín se giró hacia mí. Sus ojos, que alguna vez me miraron con ternura, ahora solo mostraban desprecio.

—Por Dios, Paula. ¿Por qué siempre que estás a solas con Débora pasa algo así? Empiezo a creer que lo haces a propósito para lastimarla.

—¿Disculpa? —mi voz tembló, no por tristeza, sino por la humillación de ser juzgada sin defensa.

—Lo único que logras es que me aleje de ti —sentenció él, dándome la espalda—. Vamos, Débora, debes limpiarte esa quemadura.

Él la guio hacia la salida, rodeándola con su brazo. Antes de cruzar el umbral, Débora giró la cabeza y me dedicó una sonrisa victoriosa. Me quedé sola en la sala, con la blusa pegada a la piel quemada y el sabor amargo de la traición en la boca. No iba a llorar; las lágrimas eran un lujo que no le daría a ninguno de los dos.

Regresé a mi oficina con paso firme. La montaña de papeles sobre mi escritorio parecía burlarse de mí. Eran documentos de Benjamín, tareas que debió terminar el fin de semana pero que seguramente postergó para salir con Débora.

Tomé el primer informe y el aire se me escapó de los pulmones. Era un documento crítico que debía entregarse la semana pasada. No tenía ni un solo avance. Si esto llegaba a manos del CEO, Benjamín estaría acabado. Por un segundo, la tentación de dejarlo caer me cruzó la mente, pero mi instinto de protección, ese hábito maldito de tres años, me obligó a tomar el bolígrafo.

—Te traje un pequeño regalo.

Débora entró de golpe, ya con una blusa limpia, y se apoyó en mi escritorio con suficiencia.

—Sé que ese documento te encantará. Él aún no lo sabe, pero ambas sabemos que no eres lo suficientemente buena para él. Deberías hacernos un favor a todos: eres un estorbo. Todos saben que mantienes el puesto porque Benjamín le ruega al jefe que no te despida.

Apreté el bolígrafo hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Cada palabra era un dardo diseñado para perforar mi resistencia.

—Ya abusaste demasiado de su paciencia, así que firma el divorc...

Un golpe seco en la puerta cortó su discurso. Débora cambió su expresión de inmediato, bajando la vista al suelo con una sumisión fingida.

—Señorita Kiraman, la necesito en mi oficina. Ahora.

El señor Turner, el CEO, estaba en la entrada. Su presencia llenaba el espacio, con una seriedad que hacía que el aire de la oficina se sintiera pesado. No me miró a los ojos mientras daba la orden.

Miré a Débora de reojo. Su rostro reflejaba una satisfacción que no pudo ocultar. Fuera lo que fuera que había planeado, esta vez el golpe venía desde lo más alto. Me puse de pie, ignorando el ardor de la quemadura en mi pecho, y caminé hacia la oficina del hombre que decidía mi futuro.

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