El bastón del abuelo Turner contra el suelo de mármol de la mansión marcó el inicio de una ejecución. No hubo preámbulos. El viejo avanzó hacia el centro del salón minimalista, seguido por tres hombres vestidos con batas blancas y maletines metálicos de cierre hermético. El aire de la estancia, que antes olía al perfume cítrico de Christian, se llenó de un hedor antiséptico que me revolvió el estómago.
Christian se puso de pie junto a la cuna de madera oscura. Sus hombros se tensaron bajo la