—Ya dije que perdón, Paula. Tampoco es para que me grites y me trates así delante de todos —se levantó de golpe, recuperando su papel de víctima mientras algunos empleados se acercaban para ver mejor la humillación pública,.
Vi a Benjamín aparecer al final del pasillo y correr hacia nosotras. Mi corazón comenzó a palpitar con una esperanza desesperada. "Finalmente", pensé. "Finalmente vendrá a ayudarme". Lo único que necesitaba en ese momento era que mi esposo me ofreciera su brazo, que me sacara de esa carnicería social.
—Te pedí perdón, te juro que no fue mi intención —repitió Débora, retrocediendo un par de pasos y fingiendo tropezar de nuevo sobre mí, derramando lo poco que quedaba en su plato.
Benjamín llegó a nuestro lado y estiró la mano. Esbocé una sonrisa amarga y avergonzada, estirando mi propia mano para tomar la suya. Solo quería salir de allí, llegar a casa y llorar hasta que no me quedara aliento. Estaba lista para que él me levantara del suelo.
Pero mi sorpresa fue un latigazo de realidad. Benjamín ignoró mi mano extendida. Sus dedos rodearon la mano de Débora y la ayudó a levantarse a ella con una solicitud que nunca me mostraba a mí. Se quedaron allí, frente a mí, mientras mis compañeros de trabajo me observaban con una lástima que me hacía sentir más pequeña que los restos de comida en el suelo. Nuevamente, mi esposo había escogido a la otra mujer.
Clara llegó corriendo un segundo después. Me tomó de los hombros, me ayudó a incorporarme y me arrastró hacia los baños sin decir una palabra, pero sus ojos echaban chispas de furia.
—¿Estás bien? —preguntó Clara una vez que estuvimos frente a los lavabos, mientras pasaba una toalla mojada por mi rostro.
—¿Parece que estoy bien? —respondí, viendo mi reflejo deshecho en el espejo.
—La verdad no, Paula. Pero no sé qué más decirte —admitió Clara con tristeza.
Me limpié las lágrimas con fuerza, sintiendo la frustración quemándome el pecho. No podía seguir así. El silencio en el baño se volvió pesado, roto solo por mis sollozos contenidos.
—Escucha, creo que tengo algo de ropa en mi auto. Iré por ella y te la traeré para que te cambies. No tardo —dijo Clara, dándome un último apretón en el brazo antes de salir.
Me quedé sola. Me dejé caer al suelo del baño, apoyando la espalda contra la pared fría para intentar analizar lo que acababa de pasar. Mi ascenso, la agresión de Débora, la traición de Benjamín... todo era demasiado.
La puerta se abrió suavemente. Rogué internamente para que no fuera nadie de la oficina buscando reírse de mí. Al levantar la vista, vi a Eduardo. Su rostro mostraba una preocupación genuina.
—Dios, niña, qué te pasó —preguntó, acercándose con cuidado.
—Nada, Eduardo. Solo me tropecé en el comedor —mentí, tratando de ocultar mi vergüenza.
—Al menos ponte esto —Eduardo se puso de cuclillas y me entregó su abrigo de trabajo. Luego, con uno de los paños limpios de su carro, comenzó a limpiar mi rostro con una delicadeza que me conmovió.
No había conversado mucho con él antes, pero siempre me lo cruzaba limpiando los baños a esa hora. Era un hombre caballeroso, mucho más de lo que Benjamín había sido en toda nuestra vida matrimonial.
—Gracias, de verdad —dije, envolviéndome en la prenda.
—No es nada. Si me necesitas, solo dímelo. Iré a limpiar el piso de arriba.
Quedé sola otra vez, esperando el regreso de Clara. El sonido de la puerta abriéndose de nuevo me trajo una pizca de paz.
—Ya te estabas tardando mucho, Clara. ¿Conseguiste la ropa? —pregunté sin mirar hacia arriba.
No escuché respuesta. Al levantar la vista, me encontré con la última persona que quería ver. Débora estaba allí, con los brazos cruzados y una sonrisa que me erizó los vellos de la nuca.
—¿No te da vergüenza? —soltó ella.
—¿Ahora qué quieres, Débora? —suspiré, agotada.
—Estás casada y coqueteas con otro hombre en el baño —dijo, estirando su mano para mostrarme la pantalla de su móvil.
Era una fotografía de Eduardo y de mí. Estaba tomada desde un ángulo que hacía que el gesto de él limpiando mi cara pareciera un beso o una caricia íntima. La imagen era una distorsión perfecta de la realidad.
—¿Qué ocurriría si le muestro esto a toda la oficina? —preguntó Débora con una satisfacción gélida.
Me quedé helada. Justo cuando creía que el ascenso me daría poder, Débora me ponía contra las cuerdas con una mentira que podía destruirlo todo antes de empezar.