Christian me miró. Un brillo que parecía humano desapareció poco a poco de sus pupilas, volviéndose opacas, como dos piedras grises bajo la lluvia. Aclaró su garganta con un sonido áspero y se acomodó la corbata con un gesto serio, recuperando ese aura de autoridad que solía silenciar el piso de la oficina.
—Romper un contrato de este nivel es ilegal, Paula —respondió él, con una frialdad profesional que me erizó los vellos de la nuca—. Además de una indemnización de más de cien mil millones