El amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión con una luz grisácea que no lograba entibiar el ambiente.
El aire olía a café recién hecho y a esa tensión estática que precede a las tormentas. Caminé hacia la cocina con los pies pesados y el bolso apretado contra el costado. Christian estaba allí, sentado frente a la isla de mármol. No vestía el saco de la oficina; solo llevaba la camisa blanca con los puños remangados y el primer botón desabrochado.
Al escuchar mis pasos, levantó la