La luz de los candelabros de cristal se fragmentaba en mil destellos contra las paredes de la entrada del Hotel Monterrey. Fuera, los motores de los autos de lujo rugían antes de quedar en silencio bajo la marquesina. El aire estaba cargado con el aroma de los cócteles y el sonido de las risas que se filtraban desde el salón. Mis tacones negros golpearon el suelo de mármol con un ritmo seco mientras ajustaba la tela dorada de mi vestido, que se ceñía a mi cuerpo. Las palmas de mis manos humedec