El silencio en la oficina se volvió una presencia física. Las conversaciones se detuvieron y el único sonido era el golpe rítmico de mis zapatos sobre el suelo. Caminé tras el señor Turner sintiendo las miradas de mis compañeros clavadas en mi nuca. Algunos susurraban tras sus manos; otros simplemente se detenían a observar mi paso, esperando el momento de mi caída definitiva. Mantuve la espalda recta y la barbilla en alto, aferrándome a la poca dignidad que me quedaba después de una mañana de insultos. Era el momento de seguir adelante, sin importar el peso de la humillación que arrastraba.
La oficina del señor Turner ocupaba una esquina privilegiada del edificio. A diferencia de los cubículos de cristal que exponían la vida de todos los empleados, sus paredes eran sólidas y opacas, una barrera contra el resto del mundo. El aire allí dentro era más frío y olía a papel nuevo y café de grano. Turner entró y se situó tras su escritorio de caoba.
—Siéntate, Paula —ordenó con un gesto breve.
Me senté en el borde de la silla de cuero. Mis manos, entrelazadas sobre mis rodillas, no dejaban de temblar. Tragué saliva con dificultad; el nudo en mi garganta era una piedra seca que no me dejaba respirar bien. Estaba convencida de que este era el final. Seguramente me despediría por los informes que Benjamín había ignorado durante el fin de semana y por el trabajo acumulado que Débora se encargaba de ocultar bajo mi nombre. Me preparé para el discurso del despido, para el "ya no encajas en este equipo".
—Escucha, Paula —empezó Turner, fijando sus ojos grises en los míos—. Sé que llevas muchos años en esta empresa. Has demostrado ser una profesional impecable, silenciosa y eficiente. Pero tenemos un problema que requiere una solución inmediata.
Mordí el interior de mi mejilla para no interrumpir. "El problema soy yo", pensé. "El problema es que mi esposo me odia y su secretaria me hace la vida imposible". Esperé el golpe, pero la respuesta de Turner me dejó sin aliento.
—Mi secretaria personal renunció hace unos meses —continuó, recostándose en su silla—. Buscar un reemplazo externo se ha vuelto un proceso tedioso y lleno de decepciones. He observado tu trabajo de cerca; sé cómo te manejas bajo presión y conozco tu orden. Además, te tengo una confianza que no le daría a nadie más en esta planta. Por eso, quiero que tú seas mi secretaria personal. Y no solo eso; quiero que seas mi mano derecha en la toma de decisiones administrativas.
—¿Lo... lo dice en serio? —la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera procesarla. Mi mente se quedó en un blanco absoluto. No hubo gritos por los informes retrasados, ni menciones a mi incompetencia.
—Hablo totalmente en serio —asintió Turner—. Te mudarás a la oficina contigua mañana mismo. Podrás reorganizar el departamento a tu manera. Obviamente, tu sueldo aumentará de forma considerable, aunque el volumen de trabajo también será mayor. ¿Aceptas?
—Muchas gracias, señor Turner. Claro que lo haré. No se arrepentirá —respondí. Sentí una ráfaga de calor subiendo por mi pecho, una sensación de satisfacción que no recordaba haber experimentado en años.
Turner simplemente asintió y volvió su vista a los documentos sobre su mesa. Salí de su oficina con una sonrisa que apenas podía contener. Mi pulso, antes desbocado por el miedo, ahora latía con una fuerza nueva. Pero la alegría se evaporó en un segundo al ver quién me esperaba justo al cruzar el umbral.
—Lamento que te despidiera —susurró Débora, acercándose tanto que su perfume me mareó—. Aunque, siendo sincera, a nadie le importa.
Me detuve y la miré directamente a los ojos. No bajé la cabeza esta vez.
—Para tu información, Débora, fui ascendida. Soy la nueva secretaria personal del señor Turner.
Ver cómo la sonrisa de suficiencia desaparecía del rostro de Débora valía más que cualquier ascenso. Sus ojos se abrieron y su boca se tensó en una línea rígida de incredulidad. Por primera vez en tres años, estaba ganando. La dejé allí, procesando la noticia, y seguí caminando hacia el comedor. Era la hora del almuerzo y sabía que toda la oficina estaría atenta a mi regreso.
El comedor estaba lleno. El murmullo de las conversaciones y el choque de los cubiertos creaban un ruido constante que se amortiguó cuando entré. Todos estaban preparando sus bandejas; algunos me miraban de reojo y otros susurraban al oído de su vecino. La teoría general era que me verían salir con una caja de cartón, pero al verme allí, de pie y con la cabeza alta, su narrativa empezaba a desmoronarse.
Clara, sentada en una mesa al fondo, me hizo una señal enérgica. Caminé hacia ella con mi bandeja entre las manos, sujetándola con firmeza. Iba a contarle la noticia, a celebrar mi pequeña victoria en medio de tanta miseria. Aumenté el paso, ansiosa por llegar a su lado, cuando un golpe violento en mi hombro me hizo perder el equilibrio.
Mis pies resbalaron sobre el linóleo y caí de rodillas. El estruendo de mi bandeja metálica golpeando el suelo resonó en todo el comedor, silenciando cualquier otra conversación. Sentí el impacto seco contra mis huesos y, de inmediato, el calor del guiso y el jugo empapando mi falda.
Débora venía caminando en dirección opuesta. Había chocado conmigo de forma deliberada, pero en cuanto me vio en el suelo, cambió su expresión a una de falsa alarma.
—¡Dios, lo siento tanto, Paula! —exclamó con una voz que pretendía ser de disculpa, pero que goteaba veneno—. Perdóname, no era mi intención.
Se inclinó sobre mí, fingiendo que quería ayudarme a limpiar mi ropa, pero su propia bandeja aún estaba llena. Con un movimiento rápido y calculado de su muñeca, dejó caer su comida directamente sobre mi rostro. El puré espeso y la salsa me nublaron la vista, pegándose a mi cabello y escurriendo por mi cuello.
—¡Oh, no! ¡Qué torpe soy! —siguió diciendo, mientras tomaba una servilleta y la restregaba contra mi cara con una fuerza innecesaria, restregando la comida en mi piel en lugar de quitarla.
—¿Qué te ocurre? —pregunté, tratando de apartar su mano—. ¿Tanto me envidias? ¿Tanto es tu odio hacia mí? —susurré, y esta vez no pude evitar que las lágrimas se mezclaran con la salsa en mis mejillas.