05

Me desperté con una punzada rítmica en las sienes. Al encender el móvil, la pantalla se inundó: veinte llamadas perdidas de Benjamín, además de una hilera de mensajes y correos electrónicos. Bloqueé el dispositivo. El afecto que alguna vez le tuve ya no pesaba tanto como la necesidad física de mantenerme lejos de él.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio. Clara entró con una taza de café humeante y la dejó sobre mi escritorio tras lanzarme una mirada rápida.

—No voy a preguntar —dijo ella—. Tu cara lo dice todo.

—Fue una de las peores noches de mi vida —respondí, rodeando la taza con mis manos frías.

—Bueno, prepárate, porque el día no va a ser mejor. El señor Turner te espera en su oficina ahora mismo —Clara forzó una sonrisa para animarme.

—Lo que me faltaba. Seguro Benjamín ya fue con algún invento sobre los informes retrasados.

Me puse de pie, tomé un sorbo de café amargo y dejé la taza en su sitio. Me ajusté la falda y solté un suspiro largo. Caminé hacia el despacho principal. Aunque ahora era su mano derecha, el peso del apellido Turner todavía me tensaba los hombros.

Golpeé la madera dos veces. Tras el "pase", abrí la puerta con lentitud. Mi cuerpo se quedó rígido al ver a Benjamín de pie frente al escritorio, gesticulando con desesperación mientras hablaba con el jefe. Arrugué la nariz; el olor a su perfume mezclado con su sudor de ansiedad me resultó irritante.

—Ah, Paula, qué bien que llegas —dijo Turner—. Quería hablar contigo.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? —pregunté, forzando una expresión neutra.

—Mi nieto llegó hace unos días a la ciudad. Como sabes, mi jubilación está cerca y él tomará el mando de la empresa. De ahora en adelante, serás su mano derecha.

—¿Piensa irse ya? —Di un paso hacia adelante, apretando los puños a los costados.

—Así es. No tengo tiempo para tratar con personas como esta —sentenció Turner, señalando a Benjamín con un gesto de desprecio—. Debía traerme un informe de los últimos casos y no entregó nada.

—Disculpe, señor —intervino Benjamín, evitando mi mirada—. Como le comenté, surgió un problema familiar grave y me fue imposible terminarlo.

—Un asunto familiar —repitió Turner con sarcasmo. Se giró hacia mí—. Paula, dime, ¿es verdad eso?

Antes de que pudiera abrir la boca, la puerta trasera de la oficina se abrió. Un hombre entró con paso firme y se detuvo a observar la situación. Mi respiración se cortó al reconocer la estructura de sus hombros y su altura.

—Por cierto, él es Christian, el nuevo jefe —anunció Turner—. Mi querido nieto llegó de Estados Unidos para hacerse cargo de la empresa.

—Buenos días —dijo Christian. Su voz gruesa me obligó a enderezar la espalda. Era la misma voz que había escuchado en la oscuridad del puente.

—Buenos días —respondimos Benjamín y yo al unísono.

Christian se acercó al escritorio y mantuvo la vista fija en Benjamín.

—Los asuntos familiares ocurren, es obvio —dijo Christian—. Pero los asuntos reales tienen justificaciones. Si no pudiste entregar el informe, es porque no tenías nada hecho, ¿verdad?

En sus últimas palabras, Christian desvió la mirada hacia mí, evaluando mi reacción. Me mantuve inmóvil. Benjamín bajó la cabeza, humillado.

—Sí, señor... quiero decir, lo lamento. No volverá a pasar —susurró mi esposo.

—Bien. Es lunes e iniciamos la semana —intervino Turner, repartiendo dos sobres elegantes—. Están oficialmente invitados a la bienvenida de Christian en el casino del Hotel Monterrey. A las ocho en punto.

—Muchas gracias, señor Turner —dije, tomando la invitación.

—Deben ir como pareja, es un evento con acompañantes —añadió el viejo Turner—. Espero verlos allí. Pueden volver a sus puestos.

—Gracias, señor. Un gusto, señor Christian.

—Por favor... solo Christian —respondió él con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Al salir de la habitación, no recuperé el aliento hasta que la puerta se cerró tras de nosotros. Sentía el peso de la mirada de Christian en mi espalda.

—Tenemos que hablar, por favor, Paula —susurró Benjamín en cuanto estuvimos en el pasillo.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Vamos —dijo él, sujetando mi mano con fuerza. Tiré de mi brazo para soltarme—. Lo lamento, actué como un niño.

—Escucha, Benjamín —le dije, deteniéndome para mirarlo a los ojos—. Iremos como pareja esta noche por compromiso con la empresa. Pero después de eso, recibirás los papeles del divorcio. No quiero nada contigo.

—Solo dame una oportunidad más. Cambiaré, seré mejor, te lo juro.

Miré a Benjamín unos segundos. Sus promesas ya no tenían peso. Me alejé de él sin responder, sintiendo cómo el dolor de cabeza aumentaba. Estar cerca de él solo me traía problemas. Aunque una parte de mí aún sentía el eco de nuestro pasado, la certeza de su traición era más fuerte.

Me senté en mi escritorio y comencé a organizar los documentos que Turner me había asignado. Entre ellos estaba el currículum de Christian. Lo analicé con detalle; su carrera era impecable, con logros que iban más allá de ser el nieto del dueño. Tomé el teléfono fijo y llamé a Clara; necesitaba confirmar lo que sospechaba.

Clara llegó a mi oficina minutos después con una carpeta bajo el brazo.

—¿El nuevo jefe? —preguntó con curiosidad.

—Así parece.

—Es impresionante —dijo Clara, apoyándose en el borde del escritorio—. Lo vi llegar esta mañana. Su presencia impone respeto en todo el piso.

—¿Lo notaste? —la miré, buscando una señal en su rostro.

—Cualquiera lo haría. Se nota que tiene autoridad.

—Bien, dime qué sabes de él. Concentrémonos.

—Está soltero. Llegó hace una semana al país, habla tres idiomas y maneja dos empresas en el extranjero. Es el nieto menor de Turner.

—¿Algo más? —seguí revisando los papeles.

—Conduce un automóvil negro deportivo y le gustan los juegos de azar y las apuestas.

—¿Solo eso?

—Una cosa más... —Clara sonrió con timidez y dio un paso hacia atrás—. Está detrás de ti.

Me giré lentamente y me quedé inmóvil. Había olvidado que las paredes de mi oficina eran de vidrio. Christian estaba allí, observándome con una calma que me resultaba inquietante. Seguramente había escuchado cada palabra. Intenté mantener la postura profesional y le hice un gesto para que pasara.

—Paula Stone... ¿verdad? —preguntó él, entrando en el despacho.

—Paula Kiraman, en realidad —respondí con firmeza—. El apellido de mi esposo no es mío.

—Lo lamento —dijo él, acortando la distancia—. Espero verte en la velada de esta noche. Así podremos conocernos en persona y no por intermediarios, ¿no crees?

Su voz resonó en el espacio cerrado, vibrando contra los cristales. Sabía cómo usar su oratoria para acaparar la atención.

—Lamento lo ocurrido, no lo tome como algo personal —dije, tratando de recuperar el control de la conversación—. Solo me aseguraba de sus antecedentes profesionales para el puesto. Iré a la velada esta noche, señor Stone.

—Por favor... solo Christian —repitió. Estiró la mano y tomó la taza de café que estaba sobre mi escritorio.

—Disculpe —susurré, sorprendida por el gesto.

—Espero que esté lo bastante capacitada para el puesto —dijo él antes de beber un sorbo de mi taza—. Después de todo, usted es quien decide finalmente si me contrata o no, ¿no es así?

—Se podría decir que sí —respondí. Su presencia me obligaba a mantenerme rígida en mi asiento, sin espacio para retroceder.

—Solo venía a darte las gracias por lo de ayer —añadió él con una sonrisa ladina—. Espero con ansias la noche. Un gusto, Kiraman.

Se dio la vuelta y salió de la oficina con paso tranquilo. Clara, que había observado todo desde el pasillo, entró corriendo en cuanto él se alejó.

—¿Estás bien? Estás pálida —dijo con preocupación.

—Se llevó mi café —susurré, dejándome caer en la silla mientras el pulso me martilleaba en los oídos.

—Ese hombre te tiene en la mira, Paula.

Mi mente se quedó en blanco, procesando sus últimas palabras. "¿Gracias por lo de ayer?". El coche negro, la voz ronca, la figura en la barandilla... No había duda. Christian Turner era el hombre que había intentado saltar del puente la noche anterior.

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