El silencio en el salón privado del casino era tan denso que podía escuchar mi propia respiración acelerada. Los rostros de los CEOs y abogados se congelaron en una mueca de asombro. Benjamín permaneció inmóvil, con la boca entreabierta y los ojos inyectados en sangre por el alcohol. Christian, por el contrario, no se movió; mantuvo su mirada fija en mí, esperando la explosión que sabía que vendría. —¿Qué... qué dijiste? —balbuceó Benjamín. Sus manos temblaron sobre el tapete verde, haciendo que algunas fichas cayeran al suelo con un tintineo seco. —Dije que quiero a tu esposa —repitió Christian. Su voz no mostró duda. Se reclinó en la silla de terciopelo y cruzó los brazos sobre su pecho—. Apostaste lo que no podías pagar, Benjamín. Un trato es un trato, y en esta mesa no se aceptan retractaciones. Benjamín giró la cabeza hacia mí. Vi el miedo en sus pupilas, pero también una chispa de cálculo egoísta. Estaba buscando una salida, y en su mente retorcida, yo era su moneda de cambi
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