04

—¿Estás aquí, Débora? —La voz de Benjamín resonó en el baño antes de que la puerta se abriera de golpe.

Me tensé. En ese momento creí que era mi fin, sin saber que aquel desastre era el inicio de mi libertad. Si hubiera sospechado que lo mejor de mi vida estaba por venir, habría soportado ese minuto con la cabeza más alta.

—Benjamín... yo... no sé cómo decirte esto —susurró Débora. Su voz tembló con una tristeza ensayada mientras se llevaba una mano al pecho.

—¿Qué ocurre? —Él frunció el ceño y me lanzó una mirada cargada de sospecha—. ¿Paula te hizo algo?

—No es eso... es algo peor. Mira —Débora extendió el móvil.

Benjamín tomó el teléfono y se quedó inmóvil, analizando la imagen. Su mandíbula se tensó tanto que los músculos de su cuello se marcaron como cuerdas. No hacía falta adivinar su pensamiento; la furia le encendió las pupilas.

—¡Maldita sea! ¿Cómo puedes ser tan descarada? —gritó. El sonido rebotó contra los azulejos del baño.

—No es lo que parece —respondí. Mi voz salió seca, despojada de cualquier intención de rogar.

—Paula, ¿qué tan bajo caíste? Esto es desagradable. ¡No quiero volverte a ver nunca más!

—Yo no hice nada —dije, clavando mis ojos en los suyos—. Débora manipula todo y tú, como siempre, eliges creerle.

—¿Por qué la metes a ella en esto? —Benjamín dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio—. Siempre fuiste una celosa. No entiendo cómo pude casarme contigo.

Esas palabras fueron el golpe definitivo. Me puse de pie, ignorando el ardor de la comida pegada a mi piel, y salí del baño sin mirar atrás. No quería ver la sonrisa de victoria de Débora ni la mirada de desprecio de mi esposo.

Llegué a casa con el pulso acelerado. Saqué la maleta del armario y comencé a llenarla con movimientos mecánicos. Metí la ropa sin doblarla, vaciando los cajones con una urgencia que no me permitía pensar. No podía compartir el mismo techo que Benjamín ni un segundo más. Necesitaba aire y distancia.

A las diez de la noche, cuando estaba a punto de cruzar el umbral con mi bolso al hombro, la puerta principal se abrió. Benjamín estaba allí, bloqueando la salida con un ramo de rosas rojas y una sonrisa que pretendía ser cálida.

—Paula... lamento mi comportamiento —susurró. Dio un paso hacia el interior—. Estaba estresado por el trabajo y me desquité contigo. Perdóname, amor.

Miré las flores y luego su rostro. Por un instante, el hábito de tres años de matrimonio me hizo dudar, pero mi instinto me gritó que no bajara la guardia.

—Juro que nunca más iré tras Débora —continuó él, bajando el tono de voz—. Me confundí. Te creo a ti.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —preguntó con los dedos apretados sobre el asa de mi bolso.

—Nada... solo me di cuenta de la maravillosa mujer que tengo a mi lado. Vamos a cenar al italiano que te gusta. Celebremos tu ascenso. Podemos salir este fin de semana, solo nosotros dos.

En ese momento, la venda se me cayó de los ojos. Benjamín no me buscaba por amor; lo hacía por conveniencia. Yo era quien hacía su trabajo, quien mantenía la casa y financiaba sus lujos. Él no quería a su esposa; quería su estabilidad económica.

—¿Cómo sabes que me ascendieron? —lo miré con una mezcla de rabia e incredulidad.

—Se comentó en la oficina. El señor Turner te eligió como su nueva mano derecha. Es un puesto que no cualquiera logra —se acercó para rodearme con un abrazo.

Retrocedí tres pasos, marcando una distancia física clara.

—Solo vienes a buscarme porque sabes que ganaré más dinero, no porque me ames —le dije, y cada palabra sonó como una sentencia—. Hace más de dos años que no me llamabas "amor". Ahora lo dices porque sabes que mi nuevo sueldo mantendrá tu auto y tus caprichos.

Él abrió la boca para protestar, pero lo interrumpí señalando el ramo.

—Además... ese ramo de flores estaba esta mañana sobre el escritorio de Débora. Y te limpiaste mal el lápiz labial del cuello.

Benjamín palideció. En un acto reflejo, intentó frotarse el cuello con la mano libre, perdiendo el agarre de las flores. El ramo golpeó el suelo y los pétalos rojos se desparramaron sobre el piso frío.

Caminé sin más, esquivando las rosas pisoteadas. Salí por la puerta sin mirar una última vez atrás para recordarme que nunca más volvería a aquel lugar.

—Te lo juro, Benjamín, que te arrepentirás toda tu vida por lo que me hiciste.

Aceleré el coche lo más rápido que pude. Necesitaba despejar mi mente de su voz y del olor de ese perfume que no era el mío. Conduje durante media hora, dejando atrás las luces de la ciudad. Estaba llegando al puente de salida cuando vi un vehículo estacionado en el arcén. Reduje la velocidad, pensando en un accidente, y detuve mi coche al notar que no había nadie dentro.

Alcé la mirada. A lo lejos, un hombre caminaba con una calma antinatural hacia la barandilla del puente. Mi corazón golpeó mis costillas cuando vi que se ponía de pie sobre el metal, frente al vacío. Bajé del coche y corrí. La adrenalina me hizo ignorar el dolor de mis rodillas raspadas.

El hombre saltó. Me lancé hacia adelante y mis brazos rodearon los suyos en un enganche violento que me sacudió los hombros. Sus pies quedaron colgando sobre la oscuridad.

—¡Mierda! ¿Estás loco? —grité.

Mis hormonas y el cansancio acumulado me ganaron la partida. Las lágrimas volvieron a brotar, calientes y espesas, cayendo directamente sobre el rostro del desconocido mientras tiraba de él con todas las fuerzas que me quedaban. Con un último tirón, lo levanté y lo dejé caer sobre el cemento duro.

Nos quedamos allí, jadeando. Él me miró con ojos vacíos.

—¿Por qué me salvaste? —Su voz era ronca y me obligó a tensar la espalda.

—Escucha, no sé qué tan m****a sea tu vida —dije mientras me secaba la cara con la manga—, pero te aseguro que alguien está peor que tú en estos momentos.

—¿Así como tú? —preguntó él, observando mi ropa manchada y mi maquillaje corrido.

El silencio se hizo denso. Solté una risa falsa y golpeé la punta de mi tacón contra el suelo, un sonido seco que cortó el aire de la noche.

—Dios, parece que a los hombres les pagasen por ser unos idiotas —solté un suspiro cargado de frustración—. Escucha, no seas cobarde y ponte bien los pantalones.

Me alejé de él sin darle la oportunidad de responder. La oscuridad complicaba ver su rostro con claridad, pero no me importaba. Miré mi reloj: la una de la mañana. Me quedé apoyada en mi coche unos minutos, dejando que el frío de la noche me calmara los nervios.

Mañana era lunes. Mañana debía volver al trabajo, no ya como la esposa humillada de un empleado mediocre, sino como la mano derecha del CEO. No podía huir así sin más. Tenía una deuda pendiente y una venganza que ejecutar. Cerré la puerta del coche y arranqué el motor. Era hora de ponerse manos a la obra

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