5 LA MELODIA PROHIBIDA

ISABELLA

Matilde me guio en silencio por los pasillos hasta una habitación de huéspedes en el Ala Este, Cuando entramos la mujer se detuvo y se giró hacia mí, retorciéndose las manos sobre el delantal.

—Disculpe mi reacción de hace un momento, señora —dijo con voz temblorosa—. No quería asustarla ni ofenderla, es solo que... la impresión fue muy fuerte.

—No se preocupe, Matilde —respondí, sentándome en el borde de la cama, sintiendo el cansancio aplastarme los huesos.

—Y por favor —continuó ella, dando un paso adelante con una mirada suplicante—, no se tome a pecho la conducta del señor Damián, no es maldad lo que tiene dentro, es dolor.

Me quedé en silencio, esperando. Matilde suspiró como si el peso de la historia de esta casa recayera sobre sus hombros.

—Es un hombre que perdió a su familia de la forma más cruel, la señora Elena estaba embarazada de ocho meses cuando sucedió. La niña... la niña murió dentro de ella antes de que pudieran hacer nada y luego, el síndrome de HELLP se llevó a la señora Elena también. Él se quedó sin nada en cuestión de horas. Sin esposa y sin hija.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación, sabía que era viudo, pero no conocía los detalles, ocho meses, una vida entera a punto de comenzar, arrebatada de golpe.

—Trate de descansar —dijo Matilde, sacándome de mis pensamientos—. Mañana será otro día.

La ama de llaves salió y cerró la puerta suavemente, dejándome sola con esa información dando vueltas en mi cabeza.

Me quité el vestido de novia y me puse una camisola de seda blanca que encontré en mi maleta, me metí en la cama, pero el sueño era imposible, cada vez que cerraba los ojos imaginaba el dolor de ese hombre.

Me levanté y saqué un libro de mi equipaje, buscando refugio en las palabras de otros para escapar de mi propia realidad.

Miré el reloj de mesa antiguo sobre la mesita de noche, las dos de la mañana, la casa estaba sumida en un silencio absoluto, pasé una página del libro sin ponerle realmente atención, pero entonces justo cuando estaba a punto de rendirme, lo escuché.

Un sonido, lejano, débil, como el gemido del viento colándose por una grieta en la piedra.

Me tensé, agudizando el oído, pero no era el viento, tenía ritmo y tono, era una melodía.

Era... ¿una voz?

La curiosidad, esa maldita curiosidad que mi padre siempre decía que me mataría algún día, me empujó a dejar el libro. Mis pies descalzos tocaron el suelo y camine hacia la puerta y la abrí con cuidado, temiendo que las bisagras oxidadas chirriaran y alertaran al monstruo que dormía en esta casa.

El pasillo del Ala Este estaba sumido en la penumbra y el sonido era más claro ahora, una voz masculina, profunda, grave y rota.

Sabía que debía cerrar la puerta, echar el cerrojo y meterme debajo de las sábanas hasta que saliera el sol. Sabía que Damián había sido claro con sus reglas: "El Ala Oeste está prohibida.

Pero la voz no sonaba amenazante, sonaba... devastada, tan llena de dolor que mis pies se movieron solos, desobedeciendo a mi instinto de supervivencia.

Caminé de puntillas, cruzando el largo corredor que separaba mi "zona segura" del territorio prohibido y la puerta doble al final de ese pasillo estaba entreabierta y de ahí venía el canto, me acerqué, pegada a la pared y entonces estando lo suficientemente cerca, distinguí la letra.

Duerme, mi niña... duerme mi sol...

Me quedé helada, me cubrí la boca con ambas manos para ahogar un jadeo de pura sorpresa, no era una canción de amor para su esposa muerta, era una nana.

Damián Black, el tiburón financiero, el hombre que me había mirado con ojos de hielo en el altar y me había prohibido acercarme a él, estaba cantándole una canción de cuna a la nada en mitad de la noche.

Me arrastré unos pasos más, impulsada por una fuerza magnética que no podía controlar, hasta que pude ver a través de la rendija de la puerta entreabierta.

Lo que vi me golpeó en el pecho, Damián estaba sentado en una mecedora de madera, en medio de una habitación que parecía sacada de un cuento de hadas congelado en el tiempo. Había una cuna blanca, móviles de mariposas de papel que giraban lentamente con la corriente de aire y peluches en estanterías.

Él se mecía adelante y atrás, con un ritmo hipnótico y desesperado, tenía los ojos cerrados y una botella de whisky... Dios mío, su rostro estaba bañado en lágrimas que brillaban a la luz de la luna.

Que los ángeles... cuiden tu voz... —cantó, y su voz se quebró en un sollozo desgarrador que me hizo sentir un poco su dolor.

Sentí una lágrima propia rodar por mi mejilla, la imagen del "monstruo" cruel se desmoronó ante mis ojos, revelando al hombre destrozado que habitaba debajo de la armadura.

Di un paso involuntario hacia adelante, olvidando dónde estaba, olvidando quién era él y el suelo de madera crujió bajo mi pie, Damián dejó de mecerse al instante y la canción murió en su garganta.

Abrió los ojos lentamente.

Me quedé paralizada, esperando el grito, esperando la furia que había visto en el vestíbulo y que me tomara y me echara a patadas.

Damián se levantó de la mecedora, tambaleándose ligeramente por el alcohol y se giró hacia mí, sus ojos grises, vidriosos y desenfocados, se clavaron en los míos. No había odio en ellos esta vez, había una necesidad agónica, una devoción ciega y confusa.

—¿Elena? —susurró, su voz rota y llena de una esperanza que me partió el alma.

Dio un paso hacia mí, extendiendo una mano temblorosa como si quisiera tocar un espejismo.

—Volviste... —dijo, sonriendo entre lágrimas—. Sabía que no me dejarías, sabía que volverías a casa.

Debí correr y decirle que yo no era ella, gritarle que despertara de su borrachera, pero mis pies estaban clavados al suelo, y mi corazón, traicionero, sangraba por él.

—Damián... —intenté decir, pero mi voz salió como un susurro débil.

Él no me escuchó.

Acortó la distancia en dos zancadas largas y desesperadas y antes de que pudiera reaccionar, sus brazos me rodearon, atrapándome contra su cuerpo, me abrazó con tal fuerza que me sacó el aire, enterrando su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera su única fuente de oxígeno.

—Te extrañé tanto... —sollozó contra mi piel, sus lágrimas mojando mi hombro—. Dios, te extrañé tanto que duele respirar.

Sentí su cuerpo temblar contra el mío.

—No soy ella... —murmuré, tratando de empujarlo suavemente.

Pero él no me soltó al contrario, levantó la cabeza y me miró, sus pupilas estaban dilatadas, oscuras de deseo y confusión.

—No te vayas —suplicó, y su mano subió para enredarse en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta—. No te vayas otra vez, déjame sentirte, déjame saber que eres real.

Sin previo aviso, estampó su boca contra la mía.

No fue un beso suave, fue un beso desesperado, hambriento, con sabor a alcohol y lágrimas, sus labios devoraron los míos, su lengua invadió mi boca, me quedé rígida por un segundo, pero luego... luego sentí su dolor vertiéndose en mí a través de ese beso, sentí su soledad y muy en el fondo, una chispa de atracción prohibida se encendió en mi vientre.

—Elena... —gimió contra mi boca, y empezó a arrastrarme hacia atrás.

Hacia la cama grande que se vislumbraba en la habitación contigua, me estaba confundiendo, me estaba besando a mí, pero amándola a ella y yo patética y conmovida por su sufrimiento, no tenía la fuerza para detenerlo.

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