Mundo ficciónIniciar sesiónISABELLA
Damián se fue del invernadero dejándome con el corazón en la boca y las muñecas adoloridas.
—Maldito loco —mascullé, frotándome la piel donde sus dedos habían dejado marcas rojas.
No iba a llorar, me negaba a darle ese gusto, si él quería ser un animal territorial, yo no iba a ser la presa asustada. Me giré hacia el lienzo en blanco que había montado, necesitaba sacar esta rabia o iba a explotar, así que agarré los tubos de pintura que había traido a escondidas en mi maleta y los abrí con desesperación.
No pinté flores, tenia que hacer algo fuerte, algo que demostrara caos.
Usé el rojo, mucho rojo carmín, sangre, fuego y lanzaba las pinceladas contra la tela como si estuviera golpeando a Damián en la cara, pasé horas ahí, perdiendo la noción del tiempo, manchándome la ropa y las manos con ese color.
Cuando el sol empezó a caer, el frío del invernadero me caló los huesos y mi estómago rugió.
—Hora de volver a la cárcel —suspiré.
Recogí mis cosas sin mucho cuidado, al bajar del taburete pisé un tubo de pintura abierto que había caído al suelo y el acrílico rojo explotó bajo mi suela de goma. Maldije por lo bajo, froté el zapato contra el pasto un par de veces y caminé hacia la casa, estaba tan agotada y furiosa que no me fijé en que la suela seguía cargada de pintura fresca.
Entré por la puerta trasera que daba directo al vestíbulo principal, el mármol blanco brillaba bajo la luz de la araña de cristal así que caminé rápido hacia la escalera, queriendo refugiarme en mi cuarto antes de que él llegara.
Pero la suerte nunca estaba de mi lado en esta casa, porque la puerta principal se abrió de golpe justo cuando yo ponía un pie en el primer escalón.
Damián entró.
Traía el saco al hombro, la corbata deshecha y esa cara de pocos amigos que ya era su marca registrada, levantó la vista y me vio, sus ojos grises me escanearon con desprecio, deteniéndose en mi ropa sucia e iba a decir algo, seguramente un insulto sobre mi aspecto, pero entonces bajó la mirada al suelo.
Se quedó de piedra.
El maletín de cuero que traía en la mano cayó al piso con un golpe seco.
—¡NO!
El grito fue tan desgarrador que di un salto y casi me caigo de la escalera. Damián miraba el piso con los ojos desorbitados, pálido y empezó a respirar mal, como si se estuviera ahogando.
Miré hacia abajo.
Detrás de mí sobre el mármol blanco, había un camino de huellas rojas, brillantes y viscosas, lo peor era que bajo la luz amarillenta de las lámparas no parecía pintura sino sangre.
—¡Sangre! —balbuceó Damián, retrocediendo hasta chocar con la puerta, temblando—. ¡Hay sangre! ¡Hagan algo!
Me quedé helada, no me estaba regañando, estaba teniendo un ataque de pánico.
—Damián, es pintura... —empecé a decir, bajando un escalón.
Pero él no me escuchó, se lanzó hacia mí, me agarró de los hombros y me sacudió con una fuerza bruta que me hizo chocar los dientes.
—¡¿Qué hiciste?! —rugió, con las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros—. ¡¿A quién mataste?! ¡Límpialo! ¡Saca esa sangre de mi casa!
—¡Suéltame! —grité, aterrorizada—. ¡Me lastimas! ¡Es pintura roja! ¡Solo es pintura!
Él parpadeó y por un segundo, la locura en su mirada dio paso a la comprensión, pero eso no lo calmó, al contrario, la vergüenza de su reacción lo hizo enfurecer aún más.
Me empujó lejos de él con asco.
—¡Eres una estúpida! —bramó, pasándose la mano por el pelo sudado—. ¡Mira lo que hiciste! ¡Has manchado todo! ¡Aquí todo tiene que estar limpio! ¡Si no está limpio la gente muere!
La frase no tenía sentido, pero me heló la sangre. "Si no está limpio, la gente muere".
—Lo siento, no me di cuenta...
—¡Cállate! —Me señaló el suelo con un dedo tembloroso—. ¡Límpialo! ¡Ahora mismo!
Mi dignidad se rebeló.
—No voy a...
—¡He dicho que lo limpies! —Dio un paso amenazante hacia mí—. ¡No quiero ver ni una mancha roja en este piso o te juro que te saco a la calle a patadas!
Lo miré a los ojos y vi que no estaba bromeando, estaba al borde del colapso. Me quité la camisa de franela que traía encima, la hice bolita y la tiré al suelo, me arrodillé y empecé a frotar el mármol con rabia, escupiendo en la tela para mojar la pintura seca.
—¿Ves? —dije entre dientes, frotando hasta que me ardieron los nudillos—. Se quita, no es sangre, es solo color.
Damián se quedó ahí parado, mirándome desde arriba, respirando agitado.
—Desaparece —dijo con voz ronca—. No es permanente.
Limpié la última huella, me puse de pie y lo enfrenté, con las manos manchadas de rojo y el corazón a mil.
—Ya está —le dije, mostrándole mis manos sucias —. El suelo está limpio Damián, pero tu cabeza... esa sí que está podrida.
Él no contestó, se dio la media vuelta y corrió hacia su despacho como si el diablo le pisara los talones, el portazo hizo vibrar los cristales y yo me quedé sola en el vestíbulo, temblando, con las manos rojas.
MATILDE
Vi todo desde la puerta de la cocina, vi al señor Damián perder la razón y confundir pintura con la hemorragia que mató a la señora Elena y la pobre muchacha tuvo que arrodillarse a limpiar las manchas que estaban aterrorizando al señor.
Esto no podía seguir así.
El señor no era malo, pero estaba enfermo de dolor y esa niña... esa niña no iba a aguantar mucho más o se rompía ella, o lo mataba a él.
Necesitábamos un árbitro, alguien a quien el señor Damián no pudiera intimidar.
Saqué mi celular del delantal con manos temblorosas y busqué el número que tenía guardado para emergencias extremas.
Marqué.
—¿Bueno? —contestó una voz joven y despreocupada al tercer tono.
—Señorita Valeria —susurré, vigilando que Damián no saliera—. Soy Matilde, le llamo porque estoy muy preocupada por su hermano, tiene que venir.
—¿Matilde? ¿Pasó algo?
—Se casó señorita y la situación en la casa es... crítica. Él está perdiendo el control, necesitamos ayuda.
Hubo un silencio al otro lado, luego, escuché una risa seca.
—Voy para allá —dijo Valeria Black—. Prepárame la habitación de invitados y veme explicando ¿cómo es que se casó y no le aviso a la familia, mi abuela esta enterada? Llego mañana.
Damian está cegado por su dolor y ya no mide sus acciones, la atraccion que siente por Isabella es evidente y no es por el parecido con la muerta, es pos ella, pero el tonto no ve que Isabella puede cansarse e irse. Chicas bellas las que ya estan leyendome, comentenme que les esta pareciendo la historia, eso me dara un aguia para ir mejorando







