La Esposa de Reemplazo para el CEO frio
La Esposa de Reemplazo para el CEO frio
Por: Luna Véliz
1 LA BODA MALDITA

DAMIAN

La música del órgano retumbó en las paredes de piedra, vibrando en el suelo bajo mis pies. La marcha nupcial, ese sonido que para cualquier otro hombre sería el inicio de una vida nueva, para mí sonaba como el martillazo final sobre un ataúd.

Me negué a girarme, me quedé mirando la cruz dorada del altar, con las manos cruzadas al frente y la mandíbula tan apretada que sentía que los dientes se me iban a romper, detrás de mí trescientos invitados contenían la respiración. Socios, prensa, buitres, todos esperando ver si el "Viudo de Oro" finalmente se había roto o si por el bien de Alpha Enterprise, era capaz de fingir que tenía corazón.

Damián por favor —suplicó Liam (mi mejor amigo) a mi lado, su voz un siseo urgente—. Tienes que recibirla, no hagas una escena ahora, recuerda por qué estamos aquí.

Lo recordaba maldita sea, claro que lo recordaba. Estaba aquí porque la estabilidad de Alpha Enterprise se tambaleaba tras mis cinco años de reclusión y luto, no podía dejar morir el legado por el que mi abuelo y mi padre lucharon tanto solo porque yo estaba roto. Y Roberto Ross... ese miserable me estaba vendiendo a su hija por cinco millones de dólares para salvarse de la quiebra, yo compraba estabilidad; él vendía carne.

Solté un suspiro que fue casi un gruñido, un sonido animal atrapado en mi garganta.

Me giré despacio con la pesadez de quien carga una condena eterna, me preparé para ver a una extraña a una niña mimada cubierta de joyas, sonriendo triunfal por haber cazado al hombre más rico de la ciudad.

Me giré por completo y el mundo se detuvo.

Se detuvo en seco, derrapando y lanzándome contra la realidad con una violencia brutal que me robó el aire de los pulmones.

La mujer que caminaba hacia mí por el pasillo central no sonreía y no había triunfo en su rostro, venía con la cabeza baja, aferrada al brazo de su padre como si él fuera su verdugo y ella se dirigiera al cadalso, pero entonces a mitad de camino, levantó la vista y nuestros ojos chocaron.

Sentí como si me hubieran disparado en el pecho a quemarropa, el impacto fue físico, visceral, retrocedí un paso tambaleándome y tuve que agarrarme del borde frío del altar para no caer de rodillas.

.. —la palabra se escapó de mis labios, estrangulada, un susurro de pura incredulidad.

La mujer frente a mí tenía los mismos ojos color miel que se habían cerrado para siempre hace cinco años. Tenía la misma curva suave en la barbilla, incluso la forma en que sus labios temblaban por el miedo era una réplica exacta de los gestos de Elena cuando tenía pesadillas.

No podía ser, era imposible, Elena estaba muerta.

El terror me inundó, un terror frío, viscoso, que me heló la sangre. ¿Me estaba volviendo loco? ¿Era esto una alucinación final antes de perder la cordura por completo?

Parpadeé, luchando por enfocar la vista, pero la imagen frente a mí no se desvaneció como un fantasma, seguía allí, respiraba, su pecho subía y bajaba con rapidez bajo el encaje del vestido y tenía miedo, Elena nunca me había mirado con miedo, Elena me miraba con adoración.

Esta mujer... esta extraña... me miraba como si yo fuera un monstruo.

El parecido era tan doloroso que sentí ganas de vomitar y de llorar al mismo tiempo, el destino se estaba burlando de mí, enviándome una copia de mi ángel perdido para recordarme todo lo que ya no tenía.

Roberto Ross llegó al pie del altar, la soltó y me ofreció su mano con una sonrisa victoriosa que me dieron ganas de borrarle a puñetazos.

Cuídala —dijo.

Yo me quedé inmóvil, mirando la mano enguantada de ella como si fuera una serpiente venenosa. Si la tocaba... si sentía que era real, me rompería en mil pedazos.

Damián... la mano —siseó Liam.

Levanté mi mano y tomé la suya que estaba helada.

Una corriente eléctrica, dolorosa y abrasadora, me recorrió el brazo al contacto, la atraje hacia mí con demasiada fuerza, desesperado, buscando una falla en la matriz.

Olía a vainilla y no a gardenias, gracias a Dios no eran gardenias porque si hubiera olido a gardenias, habría perdido la razón ahí mismo.

La miré desde arriba y ella me miraba con terror y en ese momento supe que estaba perdido porque odiaba con toda mi alma cuánto deseaba que ella fuera Elena.

Bienvenida a mi infierno —pensé, apretando su mano con posesión—. Porque a partir de hoy, tú eres mi castigo.

ISABELLA

Me estaba lastimando.

Sus dedos eran de acero alrededor de mi mano y nunca nadie me había mirado con tanto odio.

No era la indiferencia fría que había temido, era una furia viva, caliente y pulsante, Damián Black me miraba como si yo fuera un error de la naturaleza, una ofensa personal contra su existencia.

¿Qué hice? —pensé, sintiendo las lágrimas picar en mis ojos—. ¿Tengo algo mal? ¿Por qué me mira así?

El sacerdote comenzó la ceremonia, pero Damián no miraba al frente, me miraba a mí, sus ojos grises recorrían mi cara con una obsesión enfermiza, deteniéndose en mi boca, en mi nariz como si estuviera viendo a un fantasma.

Llegó el momento de los votos.

Yo, Damián... —su voz salió grave, ronca, sin emoción—. Te acepto a ti, Isabella, como mi esposa, prometo serte fiel... hasta que la muerte nos separe.

Yo recité los míos con un hilo de voz, temblando bajo su escrutinio, intercambiamos los anillos y el metal frío en mi dedo se sintió como un grillete.

Por el poder que me confiere la Iglesia... los declaro marido y mujer —anunció el cura, cerrando el libro—. Puede besar a la novia.

El silencio se hizo espeso.

Me giré hacia él levantando la cara, esperando lo inevitable, sabía que no me amaba, pero esperaba un roce, un protocolo para salvar las apariencias frente a las trescientas personas que nos miraban.

Damián se inclinó, lo sentí cerca y su respiración golpeó mis labios pero se detuvo.

Abrió los ojos.

Jamás —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo.

Se me heló la sangre.

Jamás esperes que esto sea real —continuó, sus labios rozando la comisura de mi boca en una parodia cruel—. No eres ella y nunca lo serás.

Antes de que pudiera procesar el golpe, se enderezó bruscamente, me agarró de la mano y tiró de mí dándole la espalda al altar y a Dios.

Me arrastró y caminamos por el pasillo central bajo el murmullo escandalizado de los invitados, él caminaba con furia, huyendo del lugar.

¡Sonríe! —me siseé al oído, clavando sus dedos en mi palma—. Te pago para sonreír, haz tu maldito trabajo.

Y en ese preciso momento supe que mi vida había cambiado para siempre, ahora era una esposa comprada por un hombre frio que me odiaba sin yo saber la razón  lo peor de todo era que no tenía a donde huir.

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