Mundo ficciónIniciar sesiónDAMIAN
El whisky quemó mi garganta al bajar, una línea de fuego líquido que buscaba anestesiar lo que sentía, pero no fue suficiente para quemar la imagen de sus ojos llenos de lágrimas.
Estaba encerrado en mi despacho con la única compañía de una botella de cristal medio vacía y las sombras alargadas que danzaban en las paredes de caoba, me había quitado la corbata, desabotonado la camisa hasta la mitad y arrojado los zapatos a algún rincón oscuro de la habitación.
Me sentía sucio, me sentía un cobarde.
La trataste como a un perro —murmuré a la habitación vacía, sirviéndome otro trago con manos que temblaban ligeramente.
Recordé su cara en el vestíbulo, el miedo puro cuando le grité, la humillación cuando Matilde tiró la bandeja, cualquier otro hombre habría sentido compasión, cualquier otro hombre habría intentado consolar a una chica de veintidós años que acaba de ser arrastrada a una casa extraña por un marido que la detesta, pero yo no podía permitirme la compasión, la compasión era una grieta en el muro y si el muro se rompía, el dolor acumulado durante cinco años me ahogaría como un tsunami.
No es ella —dije en voz alta, repitiéndolo como un mantra desesperado—. Es una copia.
Pero mi mente traicionera alimentada por el alcohol y el agotamiento no dejaba de reproducir el momento en que la luz de la lámpara iluminó su perfil, era idéntica... incluso la manera en que se abrazaba a sí misma cuando tenía frío. Era una tortura diseñada a medida, tenerla bajo mi techo respirando mi aire, caminando por mis pasillos... iba a volverme loco antes del amanecer.
Dejé el vaso sobre el escritorio con un golpe seco que hizo tintinear el cristal y me puse de pie, el alcohol me nublaba la vista, suavizando los bordes de la realidad, pero mis pies conocían el camino de memoria.
Salí del despacho.
La casa estaba en silencio, miré hacia el pasillo del Ala Este, donde la había mandado. Todo estaba oscuro, probablemente estaba llorando o planeando su huida y francamente me haría un favor si huía.
«Que se vaya», pensé con amargura. «Sería lo mejor para los dos, que tome el dinero y corra lejos de aquí».
Pero sabía que no se iría, Roberto Ross la tenía amenazada y yo... yo la tenía encadenada con un contrato blindado, mis pasos me llevaron en la dirección opuesta hacia la izquierda.
El Ala Oeste.
Me detuve frente a las grandes puertas dobles, mi mano dudó sobre el pomo frío de bronce. Cada vez que entraba aquí, moría un poco más, pero era una muerte dulce, adictiva, era el único lugar donde me permitía sentir sin máscaras.
Giré el pomo y entré.
El aire aquí estaba estancado, olía a polvo y a...ella, aún después de tanto tiempo, mi cerebro insistía en detectar su rastro fantasma de gardenias, aunque sabía que era imposible.
Caminé por el pasillo en penumbra, mis calcetines amortiguando mis pasos sobre la alfombra persa, pasé la habitación de invitados, el baño, el vestidor. Llegué a la habitación principal, nuestra habitación.
No encendí la luz la luna llena entraba por los ventanales sin cortinas, la cama con dosel estaba hecha, las sábanas estiradas con precisión militar, intactas desde la mañana en que nos fuimos al hospital con la esperanza de volver siendo tres. Me acerqué al tocador, sus cepillos seguían ahí, acumulando polvo, sus frascos de perfume, ahora evaporados y un arete de perla que se quitó con prisa la noche anterior porque le molestaba para dormir.
Toqué el arete con la punta del dedo.
Hoy me casé, Elena —susurré, y mi voz se rompió en la oscuridad, sonando patética—. Le di tu apellido a otra.
El silencio me respondió, burlón.
Pero te juro... —Caí de rodillas frente al tocador, el peso de la culpa aplastándome hasta el suelo—. Te juro que no la miré con amor, no la toqué con deseo, me dio asco, me dio asco tocar una mano que no era la tuya.
Mentira.
Una voz insidiosa en mi cabeza susurró la verdad: No te dio asco, te dio miedo y te dio miedo porque su piel era suave, te dio miedo porque olía a vainilla y por un segundo en la iglesia, quisiste acercarte más.
¡No! —grité, golpeando el suelo con el puño.
Me levanté tambaleándome, mareado por el whisky y la verdad y caminé hacia la puerta contigua, la puerta que siempre dudaba en abrir.
La habitación de la bebé.
Entré, la cuna blanca brillaba bajo la luz de la luna como un hueso pulido, el móvil de mariposas de papel colgaba inmóvil sobre el colchón vacío, esperando una brisa que nunca llegaría.
Me acerqué a la cuna y me aferré a los barrotes como un náufrago a una tabla en medio del océano, aquí es donde el dolor era más puro, donde no había ira, solo un vacío infinito que me consumía.
Sofía... —murmuré el nombre que nunca llegué a usar en voz alta—. Mi pequeña.
Cerré los ojos y apoyé la frente en la madera fría, imaginé por milésima vez cómo sería mi vida si el monitor no hubiera dejado de sonar, estaría aquí ahora mismo arropándola, Elena estaría en la puerta sonriendo, diciéndome que la dejara dormir, habría ruido en esta casa, habría juguetes en el suelo y vida, pero solo había un hombre borracho hablándole a una cuna vacía en una casa llena de fantasmas.
Y ahora había una intrusa, Isabella.
Pensé en ella sola en la habitación del Ala Este, pensé en sus ojos de miedo, en cómo me miró.
¿Por qué debías tener sus ojos? —le pregunté al aire, con rabia—. Si fueras fea, si fueras diferente... podría ignorarte, podría tolerarte, pero eres un espejo y odio lo que veo en él.
Sentí una lágrima caliente rodar por mi nariz, me la sequé con furia.
No voy a caer —le prometí a la habitación vacía—. No voy a dejar que ella entre aquí, no voy a dejar que ella llene este espacio, este dolor es mío y es lo único que me queda de ustedes y no voy a dejar que nadie me lo quite.
Me dejé caer en la mecedora que habíamos comprado para Elena, la madera crujió bajo mi peso y me abracé a mí mismo, sintiendo el frío de la noche calarme hasta los huesos y empecé a mecerme.
Adelante, atrás, adelante, atrás.
Y en la soledad absoluta de mi santuario profanado, empecé a tararear la misma nana que le cantaba al vientre de Elena cada noche, una canción rota para una hija que nunca nació, cantada por un padre que murió con ella.
Duerme, mi niña... duerme mi sol...
Mi voz era ronca, desafinada por el alcohol y el llanto, pero no paré, canté hasta que mi garganta ardió, canté para no pensar en la mujer de ojos miel que dormía al otro lado de la casa y cuyo corazón latiendo era el sonido más aterrador que había escuchado en años.







