4 LA MANSION DE LAS SOMBRAS

ISABELLA

El coche frenó en seco frente a la entrada sacudiéndome en el asiento, no hubo caballerosidad, ni siquiera una mirada. Damián bajó de un portazo y subió las escaleras de la mansión sin esperarme, huyendo de mi presencia como si yo fuera una maleta olvidada en el maletero que preferiría no recoger.

Bajé sola, tiritando por el frío y la rabia contenida.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —ladró desde la puerta abierta, su silueta recortada contra la luz lúgubre del interior—. Entra, no tengo tiempo para tus dramas.

Subí corriendo, con los tacones resbalando en la piedra húmeda, tropezando con el bajo de mi propio vestido de novia, al cruzar el umbral, el aire dentro se sentía muerto, no olía a hogar, olía a encierro.

—Bienvenida a tu realidad —soltó Damián con sarcasmo, cerrando la puerta con un golpe que retumbó en mis oídos como un disparo.

Se quitó el saco y lo tiró al suelo con desprecio, sin importarle que fuera de diseñador. Se giró hacia mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó con la pared fría del vestíbulo, sus ojos eran dos cuchillos grises.

—Escúchame bien, esto no es un matrimonio, es una cohabitación forzosa y hay reglas.

—¿Reglas? —pregunté, alzando la barbilla a pesar del miedo—. ¿Soy tu empleada ahora?

—Eres mi inquilina —corrigió él con voz gélida, acorralándome—. Regla uno: No me hables a menos que sea vital. Regla dos: Mi despacho está prohibido. Si la puerta está cerrada, no toques, no respires cerca. Y regla tres...

Me señaló un pasillo oscuro a la izquierda que parecía una boca de lobo, su dedo temblaba ligeramente, no de miedo, sino de una furia contenida que apenas podía controlar.

—El Ala Oeste, ni se te ocurra acercarte está clausurada, si pones un pie ahí, te juro que te echaré a la calle con lo puesto y sin un centavo. ¿Entendido?

Abrí la boca para protestar, para decirle que no podía tratarme como a una intrusa en mi propia casa, pero unos pasos rápidos sobre el mármol nos interrumpieron. Una mujer mayor con uniforme de ama de llaves apareció casi corriendo desde el pasillo lateral, trayendo una bandeja con una jarra de agua y vasos.

—Señor Damián, escuché el auto, pensé que...

La mujer se detuvo en seco a dos metros de nosotros, levantó la vista y me vio.

Sus ojos se salieron de sus órbitas y su rostro perdió todo el color en un segundo, la bandeja se le escapó de las manos.

El ruido del metal golpeando el mármol y el vidrio rompiéndose en mil pedazos fue ensordecedor en el silencio de la casa. La mujer se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de terror puro, mirándome fijamente.

—¿Señora...? —balbuceó, temblando como una hoja—. ¡Dios santo! Su rostro es…

Sentí una patada en el estómago, otra vez.

Damián explotó.

—¡Cállate! —rugió, agarrando a la mujer por los hombros y sacudiéndola con violencia—. ¡Mírala bien! ¡No es ella!

—Pero señor... sus ojos... su cara...

—¡Son falsos! —gritó Damián, su voz rompiéndose por la desesperación—. ¡Ella es solo una copia! ¡Una maldita imitación barata que compré para salvar la empresa! ¡No te atrevas a confundirla con mi mujer! Las lágrimas me pincharon los ojos, calientes y humillantes, pero me las tragué, no le daría el gusto de verme llorar.

—Soy Isabella —dije con voz temblorosa pero firme, dando un paso al frente entre los cristales rotos—. Y no soy la copia de nadie, solo tengo un parecido con alguien que ya no está entre nosotros.

Damián me ignoró por completo, soltó a la empleada y la empujó levemente hacia la cocina.

—Limpia esto Matilde y llévala a su cuarto ahora.

—¿A la habitación principal, señor? —preguntó ella, todavía en shock, mirando de mí a él.

Damián soltó una risa seca, cruel, que me erizó la piel. Se acercó a mí de nuevo, hasta que su aliento a whisky me golpeó la cara, atrapando mi mirada con la suya llena de odio.

—Llévala al Ala Este, la habitación más lejana. —Me clavó el índice en el pecho, justo sobre el corazón—. Grábate esto: Puedes llevar mi apellido y gastar mis millones, pero nunca, en ninguna circunstancia, dormirás en mi cama, nadie ocupa el lugar de Elena.

Dio media vuelta y se marchó hacia su despacho, azotando la puerta con tal fuerza que un cuadro de la pared se movió y quedó torcido.

—Mejor para mí, seria un martirio dormir junto a tremendo troglodita —dije, aunque ya no me escucho.

Me quedé allí, parada entre los vidrios rotos y el agua derramada, con el corazón latiendo a mil por hora. Matilde se agachó a mis pies, recogiendo los cristales, levantó la vista hacia mí y en sus ojos no había bienvenida, había pánico.

—Vámonos, niña —susurró con urgencia, tomándome del brazo y tirando de mí hacia las escaleras—. Vámonos arriba rápido, antes de que vuelva a salir, no quiere estar cerca de él esta noche... créame.

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