DAMIAN
El comedor de la casa era tan grande que tenía su propio eco, al menos pensar tonterías me divertía ya que no podía hablar con nadie aquí.
Estaba sentada en un extremo de la mesa de caoba, intentando untar mantequilla en una tostada sin que el cuchillo hiciera ruido contra el plato y al otro extremo, a kilómetros de distancia emocional y física, estaba Damián.
Después de lo que pasó ayer —su ataque de pánico por la pintura roja y la forma en que me obligó a limpiarla—, esperaba... no sé,