Mundo ficciónIniciar sesiónISABELLA
La verja de hierro forjado se cerró detrás de la limusina con un chirrido metálico que sentí vibrar en mis propios huesos. Miré por la ventanilla tintada ignorando el nudo en mi garganta, el mundo exterior —la ciudad, las luces, mi libertad— había desaparecido, tragado por la niebla espesa que rodeaba la propiedad, solo quedaba un camino oscuro, flanqueado por árboles esqueléticos que parecían garras tratando de alcanzar el coche y al fondo emergiendo de la bruma como una bestia de piedra, la mansión.
"El Silencio".
No parecía un hogar, parecía una fortaleza construida para guardar secretos, con torres altas que arañaban el cielo plomizo y ventanas estrechas y oscuras que me observaban como ojos vacíos.
El coche se detuvo frente a la escalinata principal, Damián no esperó abrió su puerta y salió al aire helado sin mirarme, subiendo los escalones de la entrada de dos en dos, huía de mi presencia como si yo fuera una enfermedad contagiosa que pudiera infectar su luto.
El chófer, un hombre mayor de mirada triste, me abrió la puerta.
Cuidado al bajar, señora —murmuró y su tono de lástima fue casi peor que el desprecio de Damián.
Bajé a la grava abrazándome a mí misma, el frío era antinatural, no era solo el clima; era el aura del lugar, olía a tierra mojada y a pino.
¿Piensas quedarte ahí toda la noche? —La voz de Damián ladró desde lo alto de la escalera, impaciente, cargada de tensión.
Recogí la falda de mi vestido de novia que ya empezaba a mancharse de barro en el dobladillo y subí temblando, sintiéndome minúscula ante la inmensidad de la puerta de roble, al cruzar el umbral el frío se intensificó, el vestíbulo era enorme, cavernoso, con un suelo de mármol ajedrezado y muebles cubiertos con sábanas blancas, como si fuera una casa abandonada.
Bienvenida a tu nueva realidad —murmuró Damián con sarcasmo, cerrando la puerta principal tras de mí, el golpe retumbó en las paredes vacías como un disparo.
Se quitó el saco y lo tiró sobre una silla con violencia, aflojándose la corbata como si la seda lo estuviera estrangulando, se giró hacia mí y bajo la luz tenue, vi que estaba pálido, con la mandíbula apretada hasta el punto de dolor.
Escúchame bien, Isabella, porque no voy a repetirlo —dijo, su voz rasposa rompiendo el silencio sepulcral—. Esta casa tiene reglas y vas a seguirlas si quieres sobrevivir aquí sin que yo pierda la poca cordura que me queda.
Dio un paso hacia mí con sus ojos grises tormentosos y fríos.
Regla número uno: El servicio se encarga de todo, no entres en la cocina, no hables con ellos más de lo necesario, no quiero socialización ni ruidos innecesarios en mi casa. —Regla número dos: Mi despacho está al final del pasillo derecho, tienes prohibido entrar, es mi espacio y si la puerta está cerrada, no existo para ti. —Y regla número tres...
Señaló hacia una galería oscura en el lado izquierdo de la casa, donde nacía una escalera de caracol.
El Ala Oeste —dijo y su voz se quebró imperceptiblemente antes de bajar a un gruñido peligroso—. Esa zona está prohibida, no pongas un pie en ese pasillo, no mires siquiera hacia allá, está cerrada para siempre. ¿Entendido?
Asentí incapaz de hablar, la forma en que protegía ese pasillo... no era territorialidad, era devoción.
DAMIÁN
La veía temblar en medio de mi vestíbulo, pequeña y perdida en ese vestido blanco que era una burla a mi memoria y sentía que me faltaba el aire, necesitaba que se fuera, que desapareciera de mi vista antes de que mi cerebro dejara de distinguir entre el pasado y el presente.
De repente unos pasos rápidos rompieron la tensión, Matilde mi ama de llaves de toda la vida apareció desde un pasillo lateral trayendo una bandeja de plata con una jarra de agua y vasos.
Señor Damián, escuché el coche, pensé que querrían...
Matilde levantó la vista y la vio.
Se quedó paralizada a medio paso, sus ojos se abrieron desmesuradamente, llenándose de un shock absoluto y su rostro perdió todo el color, volviéndose gris como la ceniza.
La bandeja se le resbaló de las manos.
Clang.
El estruendo del metal golpeando el mármol fue ensordecedor en el silencio de la casa, la jarra se rompió en mil pedazos, el agua se esparció por el suelo y Matilde no se movió para limpiar, se llevó ambas manos a la boca para ahogar un grito, temblando violentamente, mirando a Isabella como si el infierno acabara de escupir a un ángel.
¿Señora...? —susurró Matilde, con la voz rota por una esperanza imposible—. Es… señor es…
¡Basta! —rugí, un sonido gutural que hizo que las dos mujeres dieran un salto.
Me interpuse entre Matilde y Isabella, cortando su línea de visión, protegiéndome yo y protegiendo la memoria de mi esposa de esa confusión blasfema.
¡Deja de mirar a mi esposa así, Matilde! —le grité, respirando agitadamente, sintiendo el pulso martillear en mis sienes—. ¡Recoge eso y lárgate!
Matilde aún en shock intentó hablar, señalando a Isabella con un dedo inestable.
.. señor... es que... es ella...
¡Isabella! Se llama Isabella —Mi voz se rompió, revelando la herida abierta en mi pecho. Agarré a Matilde por los hombros, no para lastimarla, sino para sacudirla de su trance, para sacarnos a todos de esa alucinación colectiva—. ¡Mírame a mí! Ella está muerta, la enterramos y tú estabas ahí, tú le pusiste su vestido favorito para el ataúd.
Me giré levemente y señalé a Isabella con un desprecio que me quemaba la garganta, porque en el fondo sabía que no era culpa suya, pero no tenía a nadie más a quien culpar.
.. —dije, mirándola como si fuera un objeto defectuoso—... esto es solo una copia, una imitación que el destino me ha enviado para castigarme y no busques fantasmas donde no los hay.
Matilde bajó la mirada sollozando en silencio, asintiendo frenéticamente mientras la realidad se asentaba dolorosamente.
Lo siento, señor, lo siento mucho.
¡Cállate! —ordene, cerrando los ojos un segundo como si me hubieran clavado un cuchillo—. Limpia este desastre y llévala a su habitación.
¿A la principal, señor? —preguntó Matilde con un hilo de voz, todavía confundida por la rutina de antaño.
Solté una risa seca, cruel y desesperada.
Ponla en el Ala Este —sentencié—. En la habitación de huéspedes más lejana.
Me acerqué a Isabella, invadiendo su espacio personal hasta que pude oler su miedo y esa maldita vainilla.
Grábate esto —susurré y mi voz era una mezcla de amenaza y súplica—. Puedes llevar mi apellido, puedes gastar mi dinero, pero nunca en ninguna circunstancia dormirás en mi cama, nadie ocupa el lugar de Elena, ese lugar es sagrado.
Di media vuelta y caminé hacia mi despacho sin esperar respuesta, huyendo de la escena, huyendo de los ojos de Isabella, huyendo del recuerdo que su cara había despertado en mi propia casa.
Entré en mi refugio y cerré la puerta con un portazo que hizo vibrar los cuadros de las paredes, me apoyé contra la madera respirando como si hubiera corrido un maratón y me dejé caer al suelo, derrotado por la primera noche de mi condena.







