3 LA TRISTE VERDAD

DAMIAN

—¿Qué es lo que dicen de mí? —repitió ella, su voz temblorosa rebotando en las paredes de la limusina.

No respondí de inmediato, no podía, la furia me estaba estrangulando y el chófer estaba a menos de un metro, con los oídos atentos. Presioné el botón de la mampara de privacidad con un golpe violento, el cristal negro subió aislándonos del conductor y del resto del mundo, encerrándonos en una caja de cuero y tensión irrespirable.

Solo entonces, cuando el silencio fue absoluto, me permití soltar el aire que contenía.

Me aflojé la corbata con brusquedad, sintiendo que me asfixiaba, me arrastré hasta el mueble bar, me serví un whisky con manos que temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la adrenalina de querer destruir algo y bebí de un trago todo el trago, buscando quemar la rabia que me subía por la garganta.

—¿Es verdad? —insistió Isabella, estaba arrinconada en el otro extremo del asiento de cuero, abrazándose a sí misma como si tuviera frío, pero sus ojos... esos malditos ojos color miel no me soltaban—. Damián, contéstame. ¿Es verdad lo que gritó ese hombre? ¿Soy un reemplazo?

La pregunta quedó flotando entre nosotros, exigiendo una verdad que yo sabía que la destruiría, pero la mentira ya no servía de nada, la farsa se había roto antes de empezar.

Dejé el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco que hizo vibrar el cristal y me giré hacia ella, dejando que la penumbra de la cabina ocultara mi dolor, pero no mi crueldad.

—Mírate en un espejo Isabella —dije con frialdad, señalando su reflejo en la ventanilla oscura—. Tienes sus ojos, tienes su boca, tienes la misma maldita forma de mirar cuando tienes miedo.

—No entiendo, ¿Quién es ella? —dijo

—Mi difunta esposa, eres una replica de Elena, el amor de mi vida.

Escuché cómo se le cortaba la respiración y se llevó una mano a la boca, horrorizada.

—Pero no soy ella —susurró, y su voz se rompió—. Soy yo, soy Isabella, no soy un fantasma y no estoy aquí para reemplazar a nadie.

—Para mí, no eres nadie —corte, inclinándome hacia adelante, invadiendo su espacio personal para que entendiera la magnitud de su desgracia—. Eres un negocio, un contrato de cinco millones de dólares que firmé para salvar mi empresa, te pareces a ella, sí, y eso no es una bendición, es tu maldición.

—¿Por qué? —preguntó, con las lágrimas rodando finalmente por sus mejillas, manchando el maquillaje perfecto.

—Porque cada vez que te miro, no veo a una esposa nueva, veo lo que perdí, al amor de mi vida y a la hija que nunca nació. —Las palabras salieron de mi boca como ácido, diseñadas para herir, para alejarla, para que me odiara tanto que nunca intentara acercarse—. Tu cara es un martirio para mí, es un recordatorio constante de que ella está bajo tierra y tú estás aquí, respirando el aire que debería ser suyo.

Isabella se encogió contra la puerta, haciéndose pequeña.

—Eso es cruel...

—La vida es cruel —repliqué, recostándome de nuevo y cerrando los ojos, agotado de mi propia maldad—. Yo no pedí esto, no pedí que tu padre te vendiera y mucho menos que tuvieras su cara, pero aquí estamos atrapados en este maldito matrimonio que odio mas que a nada en este mundo.

ISABELLA

Sentí como si me hubiera arrancado el corazón y lo hubiera pisoteado en el suelo de la limusina. No era solo indiferencia, era odio, me odiaba por estar viva y por tener una cara que yo no había elegido.

Me limpié las lágrimas con rabia, no iba a dejar que me viera destrozada, si él quería ser un monstruo, yo no le permitiría que me arrastrara con el.

—Entonces, ¿qué va a pasar? —pregunté, forzando a mi voz a sonar estable—. ¿Vamos a vivir así? ¿Odiándonos?

Damián abrió los ojos y me miró con una frialdad que me caló los huesos.

—Escúchame bien, te daré una casa, seguridad, te daré mi apellido y cumpliré mi parte del contrato financiero, pero grábate esto a fuego en tu cabeza: Podrás ser la señora Black en los papeles, pero nunca serás la señora de mi vida, ese lugar murió con ella.

—Entiendo —dije, aunque por dentro estaba gritando—. Soy una prisionera.

—Todos lo somos —murmuró él, mirando por la ventana.

El coche comenzó a desacelerar, miré hacia afuera. Habíamos dejado la ciudad atrás y estábamos entrando en un camino oscuro, flanqueado por árboles altos y retorcidos que parecían garras esqueléticas y la niebla se arrastraba por el suelo. Al fondo emergiendo de la bruma como una bestia de piedra gris, se alzaba una mansión imponente y lúgubre, no había luces cálidas en las ventanas, solo oscuridad.

—Bienvenida a "El Silencio" —dijo Damián, y su tono sonó a sentencia—. Bienvenida a tu jaula, Isabella.

El coche se detuvo frente a la entrada principal y Damián bajó sin esperarme, subiendo las escaleras de piedra como si huyera del mismo infierno, dejándome sola en la oscuridad para enfrentar mi nueva realidad.

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