6 EL DESPERTAR DE LA BESTIA

ISABELLA

Damián me arrastró hasta la cama y nos dejamos caer, el colchón se hundió bajo nuestro peso y no dejo de besarme, sus manos acunaron mi rostro con desesperación y sus labios chocaron con los míos, ásperos, con sabor a whisky y lágrimas.

—Elena... —gimió contra mi boca.

El nombre fue una bofetada, pero su cuerpo sobre el mío era fuego y por un segundo, la locura me ganó, abrí los labios y dejé que me besara, fue intenso, hambriento, prohibido. Sentí su necesidad vibrar en mi piel, quemando mi sentido común, pero justo cuando pensé que iría más lejos, su fuerza se apagó.

El alcohol lo venció.

Se derrumbó sobre mí, atrapándome entre sus brazos y enterró la cara en mi cuello, respirando agitado.

—No me dejes... —murmuró, ya medio dormido—. Quédate.

Mi corazón latía a mil por hora, estaba en la cama de su esposa muerta, abrazada por un hombre que me odiaba pero que me buscaba como su salvación, era retorcido, pero su calor era lo único real en esta casa.

Me quedé quieta, atrapada por su peso y por una lástima estúpida, poco a poco, su respiración se volvió profunda, se durmió y yo, agotada, cerré los ojos un momento me dije, pero caí con él.

El amanecer fue un golpe de realidad.

Abrí los ojos, un brazo pesado me rodeaba la cintura, me giré despacio.

Damián dormía a mi lado, se veía tranquilo, joven, sin la máscara de amargura. Por un segundo idiota, recordé el beso y pensé: "Quizás esto pueda funcionar".

Entonces, él despertó, abrió los ojos y me vio.

Hubo un segundo de silencio mortal.

—¡NO!

El grito fue animal, Damián me empujó con tal violencia que caí de la cama al suelo de madera, golpeándome fuerte la cadera.

—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ?! —rugió, saltando del colchón como si quemara, limpiándose la boca con asco.

Me levanté temblando, sujetándome la camisola.

—Tú... tú me trajiste, anoche... me besaste...

—¡Mientes! —Se agarró la cabeza, desesperado, rojo de ira—. ¡Yo jamás te traería a la cama de mi esposa! ¡Jamás tocaría a una copia barata como tú!

—¡Estabas borracho! —grité, harta, con las lágrimas saltando—. ¡Me llamaste Elena! ¡Me pediste que no te dejara solo!

Damián se congeló, su rostro pasó del rojo al blanco y me miró con un odio tan puro que me dieron ganas de llorar.

—¿Te toqué? —susurró con horror.

—Me besaste.

—¡Eres una basura! —Se abalanzó sobre mí. Me agarró del brazo y me arrastró hacia la puerta como un saco de basura—. ¡Te aprovechaste! ¡Viste que estaba mal y te metiste en mi cama! ¡Lárgate!

—¡Suéltame, me lastimas!

Me sacó al pasillo a empujones y me lanzó contra la pared opuesta.

—¡Si vuelves a entrar aquí, te mato! —bramó, con los ojos inyectados en sangre—. ¡No toques sus cosas! ¡No respires su aire! ¡Eres una plaga, Isabella!

El portazo hizo temblar el suelo y el cerrojo sonó como un disparo.

Me quedé ahí, tirada, humillada.

—Te odio —sollocé—. Te odio.

Corrí a mi cuarto en el Ala Este y cerré con llave, necesitaba salir, necesitaba a mi papá. Él era duro, pero no permitiría esto.

Marqué su número con manos temblorosas.

—¿Qué quieres? —contestó al segundo tono.

—Papá... —Mi voz se rompió—. Tienes que venir por mí, Damián está loco, me agrede, me odia, sácame de aquí, por favor.

Silencio al otro lado.

—Isabella, deja el drama —dijo—. Ya cobré el cheque.

El mundo se me cayó encima.

—¿Qué?

—El dinero está en la cuenta, la deuda está pagada y no hay devoluciones.

—¡Papá, me lastimó! —grité—. ¡Me trata como a un animal!

—Pues compórtate, eres su esposa, compórtate como tal y no lo hagas enojar, no puedes regresar, ahora eres una mujer casada y debes complacer a tu marido, aquí no hay nada para ti, aprovecha que tienes todo con él, cumple tus caprichos y con eso compensas su carácter y no lo provoques.

—¿Me estás abandonando?

—Te estoy haciendo un favor, eres rica ahora, deja de llorar y haz tu trabajo.

Colgó.

Bajé el celular lentamente y me miré en el espejo: despeinada, con marcas rojas en el brazo, no tenía a nadie, mi padre me había vendido y mi esposo me odiaba por un parecido que no pedí.

Me sequé las lágrimas con rabia.

—Bien —dije al silencio—. Si estoy sola en el infierno, aprenderé a quemar.

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