2 VOTOS DE SANGRE

ISABELLA

Me estaba lastimando.

En cuanto mi padre me soltó como si fuera un paquete entregado, Damián atrapó mi mano, no fue un agarre romántico; fue un grillete. Sus dedos se cerraron sobre los míos con tanta fuerza que sentí el anillo de compromiso clavarse en mi carne a través del guante.

Levanté la vista, esperando encontrar frialdad, pero lo que vi fue peor, Damián estaba pálido, con una capa de sudor frío en la frente, mirándome con una mezcla de horror y furia que me hizo querer salir corriendo; sus ojos grises recorrían mi cara frenéticamente, como si buscara una falla, una grieta en mi piel.

—¿Qué pasa? —susurré, tratando de soltarme sutilmente.

—No te muevas —siseó él sin mover los labios, apretando más mi mano—. Ni un centímetro.

El sacerdote carraspeó y comenzó la ceremonia. Para mí, fue un borrón de palabras vacías, mi atención estaba fija en el hombre a mi lado, que parecía estar a punto de explotar o de vomitar.

Llegó el momento de los votos.

—Yo, Damián... —su voz salió ronca—. Te acepto a ti... Isabella...

Pronunció mi nombre como si fuera un insulto o un error.

—...como mi esposa, prometo serte fiel... hasta que la muerte nos separe.

La palabra "muerte" sonó como una amenaza, no como una promesa.

Me tocó a mí, mi voz tembló, pero me obligué a mantener la barbilla alta, no iba a dejar que me viera débil.

—Yo, Isabella... te acepto a ti...

Levanté la vista y nuestros ojos chocaron y por breve segundo vi un dolor tan profundo en su mirada que casi me robó el aliento, pero luego cuando dije: "Prometo amarte", Damián hizo una mueca de asco tan visible que sentí como si me hubiera abofeteado frente a trescientas personas.

Terminamos y el anillo entró en mi dedo, pesado y frío.

—Puede besar a la novia.

El silencio cayó sobre la iglesia y la gente esperaba el espectáculo.

Me giré hacia él, sabía que no me quería, pero esperaba un roce, un protocolo para salvar las apariencias. Damián se inclinó, lo sentí cerca, pero en el último segundo ya muy cerca de mis labios se detuvo y abrió los ojos, me miro como si quisiera matarme, como si fuera su enemiga.

—Jamás —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo.

Se me heló la sangre.

—Jamás esperes que esto sea real —continuó, sus labios rozando la comisura de mi boca en una parodia cruel—. No eres ella y nunca lo serás, solo eres una copia barata.

Antes de que pudiera procesar la humillación o responderle que se fuera al diablo, se enderezó bruscamente, me agarró de la mano y tiró de mí, dándole la espalda al altar y a Dios.

No me besó y en cambio me arrastró.

Caminamos por el pasillo central bajo el murmullo escandalizado de los invitados, él caminaba con furia, huyendo del lugar o huyendo de algo que no alcanzaba a comprender.

—¡Sonríe! —me siseé al oído—. Te pago para sonreír, haz tu maldito trabajo.

Apreté los dientes y forcé una sonrisa que mostraba demasiados colmillos.

—Suéltame o te muerdo —susurré de vuelta.

Damián me ignoró y me sacó a la luz del día.

La recepción en el hotel no fue mejor, el hombre parecía torturado y a la vez parecía querer matar a alguien, entramos y Damián me depositó en una mesa apartada, me puso una copa de champán en la mano y desapareció hacia la barra como si necesitara desinfectarse.

Me quedé sola, siendo el blanco de todas las miradas.

—Necesito aire —murmuré.

Me levanté y fui hacia el baño de damas, buscando cinco minutos de paz. Me apoyé en el lavabo de mármol, respirando hondo.

La puerta se abrió.

Por el espejo vi entrar a Camila, mi hermanastra, llevaba su vestido de dama de honor color champán y esa sonrisa de víbora que yo conocía tan bien, cerró la puerta con pestillo.

—Vaya, vaya —dijo—. La "Señora Black", aunque a juzgar por cómo te dejó plantada sin beso, diría que el novio ya se dio cuenta de la e****a.

Me giré para enfrentarla, cruzándome de brazos.

—¿Qué quieres, Camila? ¿Viniste a pedirme dinero prestado? Porque ahora soy rica, ¿recuerdas?

Su sonrisa vaciló, pero se recuperó rápido y se acercó a mí con paso depredador.

—No seas ridícula, eres mercancía no olvides que papá te vendió por cinco millones, eres la puta más cara de la ciudad y por la cara de asco de Damián, parece que pagó demasiado.

La rabia me subió por la garganta.

—Al menos yo valgo algo en cambio tú sigues viviendo de la mesada de papá porque nadie te soporta gratis.

La cara de Camila se deformó de ira y me agarró del brazo con fuerza, clavándome sus uñas postizas en la piel.

—Escúchame bien estúpida, siempre fuiste la sombra de tu madre muerta y ahora eres la sombra de la esposa muerta de él, eres un reemplazo, un triste y patético reemplazo que nadie quiere.

—Suéltame —siseé, tratando de liberarme, pero ella apretó más, decidida a dejar marca.

—¿O qué? ¿Vas a llorar? Llora, es lo único que sabes hac...

La puerta del baño se abrió de un golpe violento, rebotando contra la pared con un estruendo que nos hizo saltar a las dos.

Damián estaba allí.

Llenaba el marco de la puerta con su altura y su aura oscura, se había quitado la corbata y tenía la camisa desabrochada. Sus ojos grises inyectados en sangre por el alcohol y la furia, no me miraban a mí, estaban clavados en la mano de Camila sobre mi brazo.

—Suéltala —ordenó.

Su voz fue baja, gutural, cargada de una amenaza letal que hizo vibrar el aire acondicionado.

Camila palideció y me soltó al instante, retrocediendo.

—Señor Black... yo solo... estábamos charlando de hermanas...

—Te he dicho que la sueltes —repitió Damián, entrando al baño, inundando de su presencia el espacio reducido.

Se acercó a nosotras con la elegancia de una pantera, se paró a mi lado y sin mirarme, pasó su brazo por mis hombros, atrayéndome contra su pecho duro con una posesividad brutal, su calor me envolvió, mareándome.

—¿Quién te dio permiso para tocar a mi esposa? —preguntó Damián, inclinándose hacia Camila.

—Es mi hermana... solo bromeábamos...

—No me importa quién seas —cortó él, y sus ojos brillaron con una oscuridad aterradora—. Ella lleva mi apellido ahora, lleva mi anillo, es mía y nadie absolutamente nadie, toca lo que es mío y sale ileso.

Camila temblaba visiblemente, acorralada contra los lavabos.

—Lárgate —rugió Damián—. Y dile a tu padre que si vuelvo a ver que alguien de su familia la toca o la mira mal, cancelo el cheque y los hundo a todos en la miseria antes de que salga el sol. ¿Entendido?

—Sí... sí, señor.

Camila salió corriendo del baño, tropezando con sus propios pies, huyendo del monstruo. Me quedé sola con él, mi corazón latía a mil por hora contra su costado, me había defendido y me había reclamado frente a mi hermanastra.

Levanté la vista hacia él, sintiendo una punzada estúpida de gratitud, pero Damián me soltó bruscamente, empujándome levemente para apartarme, como si mi contacto le quemara la piel, se limpió la mano en el pantalón, un gesto que me hirió más que cualquier palabra de Camila.

—No te confundas —dijo con frialdad, mirándome con ese dolor antiguo y terrible en los ojos—. No lo hice por ti, lo hice porque detesto que la gente toque mis cosas y tú, ahora eres una de mis cosas.

—No soy una cosa —le espeté, aunque me temblaba la voz—. Soy una persona y gracias por la ayuda, pero no necesito tu lástima.

—No es lástima —Damián se giró para irse, deteniéndose en la puerta—. Es propiedad. Vámonos, el espectáculo terminó.

Salió del baño sin esperarme, me miré en el espejo, alisándome el vestido con manos temblorosas. Había ganado una batalla contra mi hermana, pero acababa de confirmar que la guerra con mi marido iba a ser mucho más sangrienta.

Salí al pasillo, donde Damián me esperaba con impaciencia, me tomó del codo y me guio hacia la salida trasera del hotel, evitando el salón principal.

—Nos vamos —dijo secamente.

—¿Ya? Pero ni siquiera hemos cortado el pastel —dije, confundida por su prisa.

—No hay pastel que cortar cuando el edificio está a punto de arder —respondió, empujando la puerta de salida.

El chófer nos esperaba con la puerta abierta, Damián me hizo entrar y se subió detrás de mí, pero antes de cerrar la puerta un hombre de traje se acercó corriendo al coche, golpeando la ventanilla.

—¡Señor Black! —gritó, su voz amortiguada por el cristal—. ¡¿Es cierto lo que dicen?! ¡¿Es cierto que ella es solo un reemplazo?!

Damián palideció y le gritó al chófer: "¡Arranca!".

El coche salió disparado, dejándome con el corazón en la boca y una pregunta que no podía callar, me giré hacia mi esposo, que miraba al frente con la mandíbula apretada.

—¿Qué quiso decir? —susurré, sintiendo un frío mortal en el estómago—. Damián, ¿qué es lo que dicen de mí?

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