Mundo ficciónIniciar sesiónISABELLA
El aire frío de la tarde me golpeó la cara, pero fue el destello cegador de los flashes lo que me hizo retroceder instintivamente.
¡Señor Black! ¡Aquí! —¡Isabella! ¡Una sonrisa para la portada! —¡Miren hacia la izquierda!
Había docenas de fotógrafos agolpados tras las vallas de seguridad al pie de la escalinata de la iglesia, parecían lobos hambrientos esperando que les lanzaran un trozo de carne y yo me sentía exactamente así: como carne fresca vendida al mejor postor.
Sentí el brazo de Damián rodear mi cintura, no fue un abrazo protector; me apretó contra su costado con tal fuerza que sus dedos se clavaron en mis costillas a través del corsé del vestido.
No hables —me ordenó al oído, su voz un siseo bajo y peligroso que los micrófonos no podían captar—. No digas ni una sola palabra y limítate a sonreír que para eso te pago.
Traté de obedecer y curvé mis labios en una mueca temblorosa que esperaba que pareciera felicidad y no pánico.
Bajamos los escalones, Damián se movía con una elegancia depredadora, saludando con asentimientos secos, proyectando esa imagen de poder intocable que lo caracterizaba, nadie podía ver que la mano que no me sujetaba estaba cerrada en un puño tan apretado que los nudillos estaban blancos.
¡Damián! —gritó un reportero del Daily News, lanzándose contra la valla—. ¿Es cierto que la eligió por el parecido? ¿Es un matrimonio de reemplazo para llenar el vacío de Elena?
El mundo se congeló y sentí cómo el cuerpo de Damián se convertía en piedra contra el mío, dejó de caminar.
La pregunta flotó en el aire, cruel y venenosa, los murmullos de los invitados que salían detrás de nosotros cesaron, todos esperaban la reacción. Yo aguanté la respiración mirando de reojo a mi esposo, su mandíbula se tensó hasta que un músculo saltó en su mejilla y sus ojos grises que segundos antes eran fríos, ahora ardían con una furia homicida.
Vámonos —dijo. No fue una sugerencia.
Me empujó hacia la limusina que esperaba al final de la alfombra roja, el chófer nos abrió la puerta y Damián prácticamente me lanzó al interior antes de entrar él y cerrar la puerta con un golpe que hizo temblar el vehículo.
Al hotel de la recepción —ladró al conductor—. Y rápido.
El coche arrancó, alejándonos de los gritos, pero el daño estaba hecho, la pregunta seguía ahí, sentada entre nosotros como un pasajero invisible.
DAMIÁN
La recepción en el gran salón del hotel era una extensión de la tortura. Candelabros de cristal, música de cuerdas suave, mesas decoradas con orquídeas blancas y trescientos invitados bebiendo mi champán y especulando sobre mi vida.
Felicidades, Black —dijo Esteban Salvatierra, un competidor que odiaba, acercándose con una copa en la mano y una sonrisa de suficiencia—. Vaya adquisición, se parece un poco a... bueno, ya sabes, tienes un tipo muy específico, ¿eh?
Sentí la sangre hervir en mis venas, Isabella estaba a mi lado rígida como una estatua.
Disfruta la fiesta Esteban—dije con un tono que dejaba claro que quería que se atragantara con el canapé—. Y mantén tus ojos en tu propia empresa, a menos que quieras que Alpha la absorba mañana por la mañana.
Esteban borró la sonrisa y se alejó.
Quiero irme —susurró Isabella, estaba pálida y se veía a punto de desmayarse.
La miré, llevaba una hora de pie con esos tacones imposibles, soportando las miradas, los susurros, las comparaciones y por un segundo, una fracción de segundo, sentí algo parecido a la lástima, no era culpa suya tener esa cara, no era culpa suya que su padre fuera un bastardo.
Pero entonces ella se llevó una mano a la frente y apartó un mechón de cabello. El gesto, ese maldito gesto era exactamente como lo hacía Elena cuando estaba cansada y la lástima se evaporó reemplazada por el dolor agudo del recuerdo, no podía soportarlo, no podía tenerla aquí frente a todos, siendo una parodia de mi mujer.
Tienes razón —dije, terminando mi vaso de whisky de un trago—. El espectáculo ha terminado.
Agarré su codo.
Despídete, nos vamos.
.. ¿y el brindis? ¿El baile? —preguntó su avaricioso padre.
No habrá baile —corté, guiándola hacia la salida trasera con paso firme—. No tengo nada que celebrar y no pienso fingir que bailo un vals contigo.
Salimos por la cocina del hotel evitando a los invitados, evitando las despedidas. Fue una huida cobarde y lo sabía, pero necesitaba salir de ahí.
El chófer nos esperaba en el callejón trasero con el motor en marcha.
A la casa —ordené al subir.
Isabella se sentó en la esquina más lejana mirándome con una mezcla de miedo y reproche, el silencio en la limusina era denso, sofocante, tanto que podía escuchar su respiración entrecortada.
¿Por qué me tratas así? —Su voz rompió el silencio, ganando fuerza a pesar del temblor.
La miré, agotado.
¿Así cómo?
Como a tu enemiga —Isabella se giró completamente hacia mí y vi fuego en sus ojos—. Me tratas con desprecio, me miras como si te diera asco. ¿Crees que yo quería esto? ¿Crees que soñaba con ser vendida por mi padre para salvar una empresa? ¡Yo también fui obligada a estar aquí!
Su reclamo me golpeó, tenía razón, pero su razón no calmaba mi tormento.
No eres mi enemiga, Isabella —dije, sirviéndome otro trago del mueble bar para no tener que mirarla—. Eres un negocio.
¡Mentira! —gritó ella y me sorprendió su audacia—. Si fuera solo un negocio, me ignorarías, pero no me ignoras, me odias y quiero saber por qué. ¿Es por lo que dijo el reportero? ¿Es porque me parezco a ella?
Dejé el vaso con tanta fuerza que el cristal crujió, me giré hacia ella, invadiendo su espacio, acorralándola contra la puerta.
¿Quieres saber por qué? —siseé, dejando que la máscara cayera, dejando que viera al monstruo—. Porque tu cara es un martirio, eso es lo que eres, un instrumento de tortura.
Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas, pero no me detuve, necesitaba que entendiera que no había esperanza.
Te pareces tanto a ella que me duele físicamente mirarte —confesé y cada palabra era un pedazo de mi alma desgarrándose—. Tienes sus ojos, tienes su boca, pero no eres ella y cada vez que te veo respirar, me recuerdas que ella no lo hace.
Damián... —susurró, asustada por mi intensidad.
Así que no me pidas amabilidad —continuó, implacable—. No me pidas que te trate como a una esposa normal porque este matrimonio es un contrato de cinco millones de dólares nada más, te daré una casa, te daré seguridad, te daré mi apellido, pero grábate esto a fuego en tu cabeza: Podrás ser la señora Black en los papeles, pero nunca serás la señora de "El Silencio", ese lugar... ese título... murió con ella.
Me aparté bruscamente, sintiendo que me faltaba el aire.
Isabella se quedó en silencio, con las lágrimas rodando por sus mejillas, pero mantuvo la mirada fija en la mía.
Entonces soy una prisionera —dijo con una voz rota que me partió el pecho.
Todos lo somos —repliqué, mirando por la ventana hacia la oscuridad que nos rodeaba—. Bienvenido a mi mundo, Isabella.







