DAMIANLa música del órgano retumbó en las paredes de piedra, vibrando en el suelo bajo mis pies. La marcha nupcial, ese sonido que para cualquier otro hombre sería el inicio de una vida nueva, para mí sonaba como el martillazo final sobre un ataúd.Me negué a girarme, me quedé mirando la cruz dorada del altar, con las manos cruzadas al frente y la mandíbula tan apretada que sentía que los dientes se me iban a romper, detrás de mí trescientos invitados contenían la respiración. Socios, prensa, buitres, todos esperando ver si el "Viudo de Oro" finalmente se había roto o si por el bien de Alpha Enterprise, era capaz de fingir que tenía corazón.Damián por favor —suplicó Liam (mi mejor amigo) a mi lado, su voz un siseo urgente—. Tienes que recibirla, no hagas una escena ahora, recuerda por qué estamos aquí.Lo recordaba maldita sea, claro que lo recordaba. Estaba aquí porque la estabilidad de Alpha Enterprise se tambaleaba tras mis cinco años de reclusión y luto, no podía dejar morir el
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