ISABELLADamián me arrastró hasta la cama y nos dejamos caer, el colchón se hundió bajo nuestro peso y no dejo de besarme, sus manos acunaron mi rostro con desesperación y sus labios chocaron con los míos, ásperos, con sabor a whisky y lágrimas.—Elena... —gimió contra mi boca.El nombre fue una bofetada, pero su cuerpo sobre el mío era fuego y por un segundo, la locura me ganó, abrí los labios y dejé que me besara, fue intenso, hambriento, prohibido. Sentí su necesidad vibrar en mi piel, quemando mi sentido común, pero justo cuando pensé que iría más lejos, su fuerza se apagó.El alcohol lo venció.Se derrumbó sobre mí, atrapándome entre sus brazos y enterró la cara en mi cuello, respirando agitado.—No me dejes... —murmuró, ya medio dormido—. Quédate.Mi corazón latía a mil por hora, estaba en la cama de su esposa muerta, abrazada por un hombre que me odiaba pero que me buscaba como su salvación, era retorcido, pero su calor era lo único real en esta casa.Me quedé quieta, atrapada p
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