7 PROPIEDAD PRIVADA

ISABELLA

Después de la llamada con mi papá, me sequé las lágrimas y tomé una decisión: si iba a vivir en el infierno, al menos buscaría un rincón donde no me quemara. Salí al jardín trasero huyendo de la casa, caminé hasta encontrar un invernadero abandonado, sucio y lleno de maleza, era perfecto, un desastre igual que mi vida.

Me puse a limpiar los cristales con furia, tratando de borrar la imagen de Damián echándome de su habitación.

—Vaya, vaya —dijo una voz masculina a mis espaldas—. Damián me dijo que eras callada, no que eras la cenicienta del jardín.

Me giré de golpe, a la defensiva.

Un hombre rubio y atractivo estaba recargado en el marco de la puerta, sonriéndome con una calidez que no había visto en días.

—Soy Liam —dijo, entrando y extendiéndome la mano—. El mejor amigo del ogro y tú debes ser la valiente Isabella.

—No soy valiente —respondí, estrechando su mano, su apretón fue firme y amable—. Solo intento sobrevivir.

Liam soltó una risa suave.

—Te entiendo, Damián en estos días es... difícil, pero oye, has hecho un buen trabajo aquí, tienes talento.

—Gracias —murmuré, sintiendo un alivio inmenso al hablar con alguien normal.

—No dejes que te apague —dijo él, mirándome a los ojos—. Tienes una luz bonita y a esta casa le hace falta mucha luz.

Por primera vez desde la boda sonreí, fue una sonrisa pequeña, tímida, pero real.

—Gracias, Liam.

De repente, el aire se volvió pesado.

—¿Interrumpo la fiesta?

La voz de Damián fue un disparo a quemarropa.

Me giré, estaba en la entrada del invernadero, impecable en su traje, pero con los ojos convertidos en dos tormentas negras, no me miraba a mí, miraba a Liam como si quisiera arrancarle la cabeza.

DAMIÁN

La vi reír.

Estaba en mi despacho cuando escuché el sonido, una risa cristalina, viva. Un sonido que no se escuchaba en "El Silencio" desde que Elena murió.

Me acerqué a la ventana y los vi.

Liam estaba con mi esposa y ella le sonreía, no con la mueca de miedo que me daba a mí, sino con una sonrisa abierta que iluminaba su cara y hacía que el parecido con Elena fuera una tortura insoportable.

Sentí un fuego negro en el estómago, no eran celos, no podía tener celos de una mujer que no me importaba, era rabia por el insulto, ella llevaba mi apellido, vive en mi casa, ¿y se atrevía a reírse con otro hombre bajo mis narices?

Bajé las escaleras cegado por la furia, entré al invernadero y me paré justo en medio de los dos.

—Damián —dijo Liam, borrando su sonrisa—. Solo me estaba presentando.

—No te pago para socializar —le espeté, sin dejar de mirar cómo Isabella bajaba la cabeza, asustada, eso me enfureció más. ¿Por qué a él le sonreía y a mí me temía?

—Traje los papeles —Liam levantó una carpeta, tenso.

Se la arranqué de las manos y la firmé sobre la mesa sucia sin leerla, con trazos violentos que rasgaron el papel, se la devolví golpeándole el pecho.

—Lárgate —ordené—. Ahora.

Liam me miró con decepción.

—No seas imbécil, ella solo necesita un amigo.

—Ella no necesita amigos, necesita recordar quién es su marido. ¡Fuera!

Liam se fue, lanzándole una última mirada de disculpa a Isabella.

En cuanto estuvimos solos, me giré hacia ella, me acerqué despacio, como un depredador acorralando a su presa.

—¿Te diviertes? —pregunté suavemente.

—Solo estábamos hablando —dijo ella, retrocediendo hasta chocar con la mesa de trabajo—. Liam fue amable, algo que tú no sabes ser.

—¿Amable? —Solté una risa oscura—. Vi cómo lo mirabas, vi cómo te reías. ¿Te gusta coquetear con mis socios, Isabella? ¿Buscas en otros lo que no tienes en tu cama?

—¡Estás loco! —gritó—. ¡Me estaba riendo! ¡Reír no es un crimen!

—¡Es un crimen cuando eres mi esposa! —exploté, agarrándola por la cintura y jalándola contra mi cuerpo con violencia.

El choque fue eléctrico, sentí sus pechos contra mi camisa, su respiración agitada, estaba sucia de tierra y sudor y olía a vainilla. La inmovilicé contra la mesa, inclinándome sobre ella hasta que nuestras narices se rozaron.

—Escúchame bien —susurré, y mi voz vibraba con una posesividad tóxica que me asustó hasta a mí mismo—. No me importa si no te quiero, no me importa si esto es un contrato, mientras lleves ese anillo en el dedo, eres mía.

—Damián, me lastimas...

—Que te duela —gruñí, bajando la mirada a sus labios, luchando contra el impulso salvaje de morderla—. Que te duela para que no se te olvide, no quiero que le sonrías a nadie más. No quiero que nadie más te mire, eres mi propiedad, yo pague por ti y yo no comparto lo que es mío.

—Eres un perro del hortelano —susurró ella, temblando, con lágrimas en los ojos—. No me comes, pero no dejas comer.

—Exacto —admití, rozando mis labios con los suyos, sin besarla, solo torturándola con la promesa de lo que podría hacerle—. Soy tu dueño y si vuelvo a verte sonriéndole a otro hombre... te juro que lo destruyo a él y luego te encierro a ti hasta que solo sepas decir mi nombre, me separé de golpe, dejándola temblando sobre la mesa, con la respiración rota.

Me di la vuelta y salí con el corazón latiéndome como un martillo, sabiendo que acababa de cruzar una línea de la que no había retorno, no la amaba, la odiaba, pero mataría a cualquiera que intentara tocarla.

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