El aire frío de la tarde envolvía el exterior del juzgado, donde los rayos del sol parecían ocultarse por la interposición de las nubes. Adara bajaba la escalinata con paso firme, aunque su mente estaba lejos de la tranquilidad que su cuerpo aparentaba. Mientras cruzaba el umbral de la última puerta, la presión en su pecho no desaparecía. Las palabras de Christian aún resonaban en su mente, y su cuerpo, aunque se movía por inercia, estaba en alerta.
—Adara. —La voz de Vladislav la detuvo en sec