El secreto del Alfa ¡Yo no soy tu Luna!

El secreto del Alfa ¡Yo no soy tu Luna!ES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-01-26
LY. Leon  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Elena no es una mujer común; su pasado está marcado por cicatrices que la convirtieron en una guerrera feroz y autosuficiente. Cuando Alexander Blackwood, el imponente y autoritario Alfa de la manada más poderosa, irrumpe en su vida, no lo hace por romanticismo, sino por una necesidad desesperada: Elena es la clave para su bienestar y el equilibrio de su poder, a pesar de que ella no es su Luna destinada. Para Alexander, un hombre acostumbrado al control absoluto y a que su voluntad sea ley, Elena es un enigma irritante y fascinante. Ella no baja la mirada, no cede ante su mando y desafía su autoridad con una rebeldía que él nunca ha conocido. Sin embargo, mientras Alexander intenta utilizarla para asegurar su propia estabilidad, ocurre lo impensable: el Alfa comienza a enamorarse perdidamente de la mujer que el destino jamás le asignó. Atrapada en un mundo de leyes ancestrales y peligros acechantes, Elena deberá luchar contra los enemigos de la manada y contra la abrumadora presencia de un hombre que la reclama con una intensidad prohibida. En esta batalla de voluntades, ella se mantiene firme ante el sujeto poderoso que la necesita, recordándole la verdad más crucial de todas: "¡Yo no soy tu Luna!"

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Capítulo 1

El ático de los secretos

‎Capítulo 1: El ático de los secretos

‎El reloj de la pared marcaba las 11:45 p. m. El rascacielos de Fenris Corp era un esqueleto de acero y cristal que dominaba la ciudad, pero a esa hora, el silencio solo era interrumpido por el zumbido de las pulidoras.

‎Elena apretó el mango de la mopa. Sus manos, ásperas por el jabón industrial, contrastaban con la suavidad de las alfombras persas que decoraban el piso 50. Ser la última en el turno de limpieza era agotador, pero los bonos nocturnos eran lo único que mantenía a su hermana en la clínica.

‎—Solo un piso más, Elena. Solo el ático —se susurró a sí misma, ajustándose el uniforme desgastado.

‎Al llegar a la última planta, las puertas del ascensor se abrieron a un mundo diferente. Aire frío, olor a sándalo y algo más… un aroma metálico, pesado, que erizó el vello de su nuca. El despacho del CEO, Alexander Varick, era una caja de cristal con vistas a las luces de la metrópolis.

‎Elena entró con el carrito de limpieza, pero se detuvo en seco.

‎En el centro de la oficina, un hombre estaba de espaldas. No llevaba la impecable chaqueta de sastre que solía lucir en las revistas de Forbes. Su camisa blanca estaba desgarrada, revelando una espalda surcada por músculos que se retorcían bajo la piel de forma antinatural.

‎—Señor Varick… ¿Se encuentra bien? —preguntó Elena, con la voz temblorosa.

‎El hombre soltó un gruñido que no sonó humano. Era un sonido profundo, vibrante, que hizo que los cristales del ventanal vibraran. Alexander se giró con una lentitud aterradora. Sus ojos no eran los grises fríos que ella veía en las noticias; eran dos orbes de oro fundido que brillaban en la penumbra.

‎—Vete —rugió él. Su voz sonaba como el choque de dos rocas—. ¡Vete ahora!

‎Elena retrocedió, pero sus pies tropezaron con el cubo de agua. El estruendo del plástico golpeando el suelo fue como un pistoletazo de salida. Alexander se lanzó hacia ella con una velocidad imposible. En un parpadeo, la tenía acorralada contra la puerta cerrada.

‎Él apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Elena. Su respiración era errática, caliente, y olía a bosque después de la lluvia. La cercanía era abrumadora. Alexander era una montaña de fuerza bruta contenida por una voluntad que parecía estar a punto de romperse.

‎—Te di una orden —susurró él, ahora con el rostro a milímetros del suyo. Sus caninos parecían más largos, más afilados.

‎—Yo… solo estaba haciendo mi trabajo —logró decir ella, obligándose a sostenerle la mirada. A pesar del miedo, una chispa de rebeldía se encendió en su pecho—. Si quiere que me vaya, deje de bloquear la salida, señor Varick.

‎Alexander entrecerró los ojos. Sus fosas nasales se dilataron. Acercó el rostro al cuello de Elena y aspiró profundamente. Ella sintió un escalofrío que no era de terror, sino algo eléctrico, una chispa que le recorrió la columna.

‎—Hueles a jabón barato y a miedo —murmuró él, su voz bajando a un barítono peligroso—. Pero debajo de eso… hay algo que me está volviendo loco.

‎—Es el cloro —replicó ella con sarcasmo defensivo—. Suele tener ese efecto en la gente rica.

‎Alexander soltó una carcajada seca, desprovista de humor. De repente, su cuerpo se sacudió. Una sombra cruzó su rostro y sus dedos se clavaron en la madera de la puerta, astillándola como si fuera papel. El dolor lo atravesó y cayó de rodillas, luchando contra algo interno que pujaba por salir.

‎Elena, en lugar de correr, se arrodilló a su lado. El instinto de supervivencia le decía que huyera, pero su naturaleza le impedía dejar a alguien sufriendo.

‎—Está herido —dijo ella, viendo una mancha roja que empapaba el costado de la camisa de Alexander.

‎—No me toques, humana —gruñó él, aunque su cuerpo cedía.

‎Elena ignoró la advertencia y presionó la herida con un paño limpio de su carrito. En ese instante, cuando su piel tocó la de él, ocurrió algo inexplicable. El brillo dorado de los ojos de Alexander se estabilizó. El temblor de sus músculos cesó. El aire en la habitación pareció cargarse de estática.

‎Él la miró, esta vez con total claridad. Sus manos, grandes y poderosas, rodearon las muñecas de Elena con una fuerza que prometía posesión, no daño.

‎—¿Quién eres? —preguntó él, su voz ahora era una caricia de terciopelo y peligro.

‎—Elena Santos. Una empleada a la que debería dejar de asustar si no quiere una demanda —respondió ella, tratando de recuperar su dignidad mientras sus corazones latían al unísono.

‎Alexander se puso de pie sin soltarla, obligándola a levantarse con él. La diferencia de altura era ridícula; ella se sentía pequeña, pero no indefensa. Él la estudió como si fuera un tesoro o una amenaza.

‎—Elena Santos —repitió él, saboreando el nombre—. A partir de mañana, dejas de limpiar suelos.

‎—¿Me está despidiendo por verlo así? —preguntó ella, con el corazón encogido. Necesitaba ese empleo.

‎—No. Te estoy ascendiendo —dijo él, con una sonrisa depredadora que no llegó a sus ojos—. Serás mi asistente personal. Estarás donde yo esté. Irás a donde yo vaya.

‎—¿Y si me niego? —desafió ella.

‎Alexander se inclinó, rozando su oreja con los labios.

‎—No te conviene. Porque acabas de ver algo que nadie más conoce. Y en mi mundo, Elena, los secretos se pagan con lealtad… o con sangre. Además, tu hermana necesita ese tratamiento experimental en Suiza, ¿no es así?

‎Elena se quedó gélida. ¿Cómo lo sabía? Él ni siquiera sabía su nombre hace dos minutos.

‎—¿Cómo sabes lo de mi hermana?

‎—Sé todo de los que entran en mi territorio —respondió él, recuperando su máscara de CEO imperturbable, aunque sus ojos aún guardaban un resto de fuego dorado—. Firma el contrato que te enviaré mañana. O regresa a la pobreza mientras ves cómo tu familia se desvanece. La elección es tuya.

‎Alexander se dio la vuelta y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda como si la conversación hubiera terminado. Elena apretó los puños, dio media vuelta y salió del despacho.

‎Mientras esperaba el ascensor, se miró las manos. Todavía temblaban. Pero no era solo por el encuentro con la bestia. Era por la sensación de calor que aún persistía donde él la había tocado.

‎Al llegar a la planta baja, Elena salió a la calle fría. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y sus dedos rozaron un objeto extraño. Lo sacó y lo miró bajo la luz de una farola.

‎Era un anillo de sello antiguo, de oro macizo, con el grabado de un lobo aullando a una luna de rubí. Ella no lo había robado. Él debió haberlo deslizado en su bolsillo en aquel momento de cercanía.

‎De repente, un coche negro de cristales tintados frenó frente a ella. La ventanilla bajó apenas unos centímetros, dejando ver unos ojos amarillos que la observaban desde la oscuridad. Una voz susurró desde el interior:

‎—Corre mientras puedas, pequeña cazadora. El Alfa ya ha marcado tu rastro.

‎El coche aceleró, perdiéndose en el tráfico, dejando a Elena con el anillo quemándole la palma de la mano y una pregunta que le helaba la sangre: ¿A qué se refería con "cazadora"?

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