Horas después, la noticia corrió como bruma espesa entre los pasillos de la casa Drakos, metiéndose en cada rincón, en cada oído, en cada murmullo: Vladislav había aceptado casarse con Irina.
No por amor, sino por destino —como él mismo dijo— por lo humano.
Nadie entendía del todo qué significaba eso.
La gran sala estaba iluminada por lámparas antiguas, plateadas, cuyos cristales difuminaban la luz y la volvían fría, distante. Cortinas de terciopelo azul oscuro caían desde el techo, y bajo ellas, los miembros de la manada se agrupaban en pequeños círculos, hablando en voz baja.
Había tensión, orgullo herido, desconfianza, y, sobre todo, división.
Vladislav estaba de pie junto a una de las columnas, vestido con un traje negro clásico, camisa blanca impecable, el cuello ligeramente abierto, sin corbata. Su postura era recta, casi arrogante, pero su rostro… su rostro era otra cosa.
Parecía de piedra. Los ojos gris acero miraban sin ver del todo.
Irina entró con paso seguro. Vestía un ves