La sala del juzgado estaba impregnada de una tensión palpable, casi tangible, como si todo en ese lugar estuviera a punto de romperse. Al salir de la sala, Adara vio que las luces del pasillo iluminaban el suelo gris, mientras las sombras se alargaban en las paredes. Adara caminaba con paso firme, el peso de la audiencia todavía los entía sobre sus hombros. Había destrozado los testimonios, había desmantelado la mentira, pero la batalla aún no había terminado.
—Adara —La llamó Ionela.
—Dame un