La noticia se esparció como fuego entre la seda.
En el gran salón, donde aún colgaban flores blancas y candelabros encendidos, Vladislav dio un paso al frente. Su sombra se proyectó alargada, firme, sobre el mármol. No había temblor en su voz. No había duda.
—La ceremonia se anula —declaró, mirando directamente a Irina—. Aquí y ahora.
El murmullo creció, pero nadie osó interrumpirlo.
—Y tú —continuó, con frío acero en la mirada— serás llevada a las prisiones del norte. No habrá indulgencia. No habrá excepción. Prepárenla para el sacrificio.
Irina contuvo el aliento. Por primera vez, el control abandonó su rostro.
Los hombres obedecieron.
La noche parecía contener la respiración cuando Vladislav alzó la mirada hacia Irina. Entre ellos no quedaban máscaras ni mentiras: solo dos almas heridas que habían llegado al borde del abismo. La luna se reflejaba en sus manos, y en ese destello temblaba el peso del destino. Él sabía lo que debía hacer. Ella también.
Irina sonrió apenas, una curvatu