La noticia se esparció como fuego entre la seda.
En el gran salón, donde aún colgaban flores blancas y candelabros encendidos, Vladislav dio un paso al frente. Su sombra se proyectó alargada, firme, sobre el mármol. No había temblor en su voz. No había duda.
—La ceremonia se anula —declaró, mirando directamente a Irina—. Aquí y ahora.
El murmullo creció, pero nadie osó interrumpirlo.
—Y tú —continuó, con frío acero en la mirada— serás llevada a las prisiones del norte. No habrá indulgencia. No