La noche sobre las tierras de la manada Drakos parecía contener la respiración.
El cielo era un manto profundo, azul oscuro, cruzado por nubes lentas que ocultaban y revelaban la luna como si temieran mirarla de frente. El bosque murmuraba. Los árboles, ancianos y testigos, inclinaban sus ramas cargadas de rocío mientras un viento frío cortaba el aire y llevaba consigo un presagio.
Algo se acercaba.
No… no era algo, sino alguien.
El portal no surgió como una explosión. Se abrió como una herida luminosa entre los troncos, derramando un resplandor dorado que iluminó los musgos, las raíces, los pétalos dormidos. La magia vibró como una campana grave.
Y entonces, Adara emergió.
Su figura recortada contra la luz parecía una visión sacada de un sueño. Su vestido oscuro, roto en el borde por el viaje, se abría como una sombra tras ella. Su cabello caía suelto sobre los hombros, desordenado, coronando un rostro que no era el de una víctima… sino el de una reina que había atravesado el fuego.