El salón del ritual había cambiado.
No se parecía al lugar solemne y contenido de unos instantes atrás. Ahora era un campo de guerra contenido entre paredes de piedra. Las velas proyectaban sombras alargadas, enfermas, que trepaban por los muros como criaturas vivas. Había grietas nuevas en el suelo, en las runas, en la misma realidad. El aire pesaba… como si el mundo estuviera obligado a presenciar algo que jamás debió suceder.
Adara seguía de pie en el centro del círculo. Pero ya no parecía vencida. El temblor no era fragilidad —era el eco de algo monumental que había atravesado su cuerpo.
Christian la miraba… y no sabía qué hacer.
Su traje negro, perfectamente cortado, estaba arrugado y polvoriento. Había perdido algo invisible, algo que siempre lo había acompañado: la certeza de que todo estaba bajo su control, las tierras Văduva Arcană, el poder que esas tierras le daría, la posición de reinado de su manada y él al frente de ella.
Y en ese vacío… el miedo se filtraba.
—Adara —dij