La mañana amaneció gris. No por presagio de una tormenta, ni por lluvia inminente. Solo era un cielo apagado, contenido. Como si el mundo hubiera decidido suspender el color por unas horas.
Adara descendió del auto junto a Christian, los tacones tocaban la grava húmeda frente a la entrada de la hacienda central Luna Roja. Vestía un traje negro de caída impecable, camisa marfil, abrigo largo hasta las rodillas. El cabello recogido en un moño pulcro que no dejaba nada al azar. Cada hilo estaba en su lugar, y cada gesto medido. Mostraba la elegancia y profesionalidad que siempre la había caracterizado.
Por dentro… era otra historia.
El viaje había sido silencioso. Demasiado. Solo el motor del auto, la carretera y, de vez en cuando, la voz de Christian rompía esa calma. Una de esas ocasiones fue cuando preguntó:
—¿Todo bien?
Y ella respondiendo:
—Sí.
Aunque no lo estaba.
Porque desde que cruzaron el límite invisible hacia Luna Roja, algo dentro de su cuerpo se había encendido. Primero fu