La mañana amaneció gris. No por presagio de una tormenta, ni por lluvia inminente. Solo era un cielo apagado, contenido. Como si el mundo hubiera decidido suspender el color por unas horas.
Adara descendió del auto junto a Christian, los tacones tocaban la grava húmeda frente a la entrada de la hacienda central Luna Roja. Vestía un traje negro de caída impecable, camisa marfil, abrigo largo hasta las rodillas. El cabello recogido en un moño pulcro que no dejaba nada al azar. Cada hilo estaba e