Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Reyes tiene veintiséis años, una deuda imposible y el corazón demasiado grande para su propio bien. Cuando acepta hacerse pasar una sola noche por la prometida desaparecida del hombre más temido de la ciudad, cree que será sencillo: sonreír, mentir y cobrar. Nadie le dijo que Sebastián Mondragón no era solo un CEO frío: era el tipo de hombre que te mira como si pudiera leer tus secretos sin siquiera preguntar. El trato era simple. Tres meses de matrimonio en papel. Sin sentimientos. Sin intimidad. Sin consecuencias. Pero los contratos no pueden controlar todo. Y Valentina lo descubre cuando, doce semanas después de firmar, se sienta en el suelo del baño más caro en el que ha estado en su vida, mirando una prueba de embarazo con dos líneas que lo cambian absolutamente todo. Sebastián necesitaba una esposa para heredar el imperio de su abuelo. Lo que no necesitaba era una mujer que le recordara que tenía corazón. Ni un hijo que lo convirtiera en el hombre que siempre juró que no sería. Entre el odio y el deseo, entre el orgullo y la verdad, hay un bebé que crece. Y un amor que ninguno de los dos pidió, pero que ninguno podrá ignorar.
Leer másHabía cosas que Valentina Reyes sabía con certeza: que el café negro sin azúcar era el único capaz de salvarle las mañanas, que su madre la amaba más que a nada en el mundo, y que ella misma era demasiado inteligente para haber terminado en la situación en la que estaba.
Sentada en el suelo de mármol blanco del baño más caro en el que había estado en su vida, con la espalda apoyada contra la pared y los ojos clavados en el pequeño objeto plástico que sostenía entre los dedos, Valentina comprendió que su lista de certezas necesitaba una actualización urgente. Dos líneas. Dos líneas rosas, claras, inconfundibles. Dos líneas que lo cambiaban absolutamente todo. —Esto no puede estar pasando —susurró, aunque no había nadie para escucharla. Afuera, a pocos metros de esa puerta de madera lacada, el ático de Sebastián Mondragón estaba en silencio. Era las siete de la mañana de un miércoles en el que Valentina tenía dos entregas pendientes, una llamada con su diseñadora de planta y, aparentemente, una crisis existencial de proporciones bíblicas. Respiró hondo. Contó hasta diez. Miró de nuevo la prueba. Las dos líneas no habían desaparecido. Las dos líneas, al parecer, no entendían de deseos. ✦ ✦ ✦ Tres meses atrás, Valentina habría jurado —con la mano en el pecho y la mirada seria— que jamás haría algo tan estúpido como aceptar el trato que le propuso Sebastián Mondragón en aquella recepción de gala. Y sin embargo, lo había hecho. Y lo había hecho por la razón más antigua del mundo: el dinero. No el dinero por capricho, ni el dinero por ambición. El dinero por su madre. Gloria Reyes llevaba dieciséis meses luchando contra un cáncer de mama que no entendía de seguros médicos ni de salarios de diseñadora freelance. El tratamiento más efectivo, el que el oncólogo recomendaba con los ojos brillantes de esperanza, costaba lo que Valentina habría tardado tres años en ahorrar. Y el tiempo —ese enemigo que no negocia— se estaba acabando. Por eso, cuando la casualidad —o el destino maldito— la puso frente a Sebastián Mondragón aquella noche, haciéndose pasar por una mujer que no era, y él le ofreció un trato que sonaba a locura, Valentina hizo lo que nunca habría imaginado: escuchó. ✦ ✦ ✦ La noche en que todo comenzó, Valentina estaba trabajando. Era diseñadora gráfica para eventos corporativos de lujo, y ese viernes había sido contratada de último minuto para coordinar los materiales visuales de la recepción anual de Mondragón Enterprises: el evento social más importante del año empresarial, en el Hotel Grand Palacio, con doscientos invitados y una lista de exigencias que haría llorar a cualquier coordinador de eventos normal. Valentina no era normal. Era eficiente, precisa y tenía el superpoder de parecer que pertenecía a cualquier ambiente en el que se encontrara, aunque nunca hubiera pisado uno parecido en su vida. El vestido negro prestado de Daniela le quedaba perfecto. Los zapatos de tacón le dolían en el alma. Y el auricular invisible con el que se comunicaba con el equipo técnico le daba un aire de agente secreta que, en otras circunstancias, habría disfrutado enormemente. —Valentina, el señor Morán pregunta dónde están los pendones del auspiciador —dijo una voz en su oído. —Almacén lateral, puerta B, segunda estantería —respondió en voz baja, moviéndose con discreción entre los grupos de trajes de tres piezas y vestidos de noche. Fue entonces cuando lo vio. Sebastián Mondragón no era el tipo de hombre que necesitaba que te lo señalaran. Era el tipo de hombre que gravitaba en el centro de cualquier espacio que ocupara, no porque lo buscara, sino porque el aire mismo parecía reorganizarse a su alrededor. Alto. Hombros anchos bajo el esmoquin perfectamente cortado. Mandíbula que parecía esculpida por alguien con demasiado tiempo libre y talento sobrado. Y unos ojos oscuros —grises, comprendería después, del color exacto del acero antes de que lo fundan— que recorrían el salón con la misma expresión con la que un general revisa el campo de batalla. Valentina lo miró exactamente tres segundos, lo clasificó mentalmente como «peligroso» y siguió caminando. El problema fue que él la vio a ella. ✦ ✦ ✦ No había manera de que ella lo supiera en ese momento, pero Sebastián Mondragón llevaba exactamente cuarenta minutos buscando a Luciana Vargas, su prometida oficial, quien era la razón por la que doscientas personas habían sido invitadas a presenciar el anuncio de su compromiso esa noche. Luciana no estaba. Lo que sí estaba, en el bolsillo interior del esmoquin de Sebastián, era un mensaje de texto de tres palabras: «Lo siento. No puedo.» En cuarenta y ocho horas, si la fusión con el Grupo Altamira no se confirmaba con el respaldo de una alianza familiar, el acuerdo se caería. En cuatro meses, si no se casaba, perdería el 40% de su herencia. Y en este preciso momento, si alguien notaba que su prometida había desaparecido, el escándalo sería suficiente para desestabilizar la negociación. Sebastián Mondragón no entraba en pánico. Sebastián Mondragón buscaba soluciones. Y entonces vio a una mujer de negro cruzar el salón con la seguridad de quien pertenece a cualquier lugar, con el tipo de elegancia que no se compra sino que se nace teniendo, y con una expresión en el rostro que, en cualquier otra circunstancia, habría encontrado fascinante. Se movió hacia ella antes de pensarlo. —Usted —dijo, en voz lo suficientemente baja para que solo ella escuchara—. Necesito que me haga un favor. Valentina se detuvo y lo miró con la expresión de alguien que acaba de ser abordada por un extraño en el único momento del día en que menos tiempo tiene. —¿Perdón? —Sebastián Mondragón. —No lo dijo como presentación. Lo dijo como explicación, como si ese nombre fuera suficiente contexto para todo lo que seguiría. Y, para ser honestos, lo era. —Sé quién es —respondió Valentina, con calma—. Soy del equipo de producción del evento. —Ya lo sé. Pero en este momento no la necesito como parte del equipo de producción. La necesito como a alguien que puede sonreír durante cuarenta y cinco minutos y comportarse como si me conociera de toda la vida. Valentina lo miró durante tres segundos largos. —¿Me está pidiendo que finja ser...? —Mi acompañante, sí. Mi prometida, si alguien pregunta. —Una pausa. Sus ojos la evaluaban con una frialdad calculadora que debería haber sido una señal de alerta—. A cambio, pagaré cualquier cifra razonable que usted considere. Valentina pensó en su madre. En el oncólogo. En los dieciséis meses de facturas acumuladas. Pensó en la dignidad. En todas las razones por las que debía decir que no. Y entonces le dio un número. Un número que, por cómo lo dijo, con la quijada levantada y la mirada directa, estaba diseñado para que él lo rechazara. Para terminar la conversación antes de que comenzara. Sebastián Mondragón no parpadeó. —Trato hecho —dijo—. ¿Tiene inconveniente en que hagamos esto oficial por escrito? Y así fue como Valentina Reyes, diseñadora gráfica freelance de veintiséis años, con el auricular de trabajo todavía en el oído y los zapatos prestados apretándole los pies, firmó su primer contrato con el diablo. Aunque entonces no sabía que eso era exactamente lo que estaba haciendo. De vuelta en el baño de mármol blanco, tres meses después, Valentina miró la prueba de embarazo por última vez. Dos líneas. Sacó su teléfono. Buscó el número que había memorizado sin querer durante sesenta y dos días de convivencia fingida. Lo marcó. El tono sonó. Una vez. Dos veces. Buzón de voz. «El número marcado no se encuentra disponible en este momento...» Valentina bajó el teléfono. Respiró. El contrato había terminado hacía tres semanas. Sebastián Mondragón había conseguido lo que necesitaba: la herencia, la fusión, el respaldo familiar. Y ella había conseguido lo suyo: el dinero para el tratamiento de su madre. Ninguno había previsto esto. Cerró los ojos. En su mente, con una claridad brutal, escuchó la única frase que Sebastián le había dicho la noche que firmaron el contrato definitivo, mirándola a los ojos con esa frialdad que no era indiferencia sino armadura: «Lo único que este papel no puede garantizar, señorita Reyes, es que el destino sea tan ordenado como yo.» Valentina abrió los ojos. Al parecer, el destino no había leído el contrato.El comunicado generó exactamente lo que Sebastián había predicho: dos días de noticias intensas, seguidos de un ciclo de especulación que comenzó a agotarse hacia el jueves cuando otra noticia empresarial acaparó la atención de las columnas de chisme corporativo.Lo que no predijo, o al menos no mencionó en voz alta, fue la llamada de su madre.Valentina lo supo por Rodrigo, que apareció en su puerta el miércoles con una botella de jugo de naranja y la expresión de alguien que viene en misión diplomática.—Mi madre quiere conocerte —dijo, entregando el jugo como si fuera ofrenda.Valentina tomó la botella.—¿Tu madre como en...?—Elena Mondragón. Sí. Esa.—¿Y Sebastián lo sabe?—Sebastián está enterado desde esta mañana y está en un estado de controlada furia silenciosa que, para quien lo conoce bien, equivale a pánico moderado.Valentina respiró.—¿Por qué pánico?—Porque mi madre es... —Rodrigo buscó la palabra— una fuerza de la naturaleza. Con principios muy claros sobre la familia
La noticia llegó un jueves por la mañana, como llegan todas las noticias inconvenientes: sin aviso, en el peor momento posible, con una velocidad que sugería que el mundo llevaba tiempo esperando el momento adecuado para lanzarla.Valentina estaba desayunando en el apartamento nuevo —llevaba cuatro días instalada, todavía con cajas sin abrir junto a la ventana del estudio— cuando Daniela la llamó con el tono que solo usaba en situaciones de emergencia clasificable.—No abras redes sociales —fue lo primero que dijo.Valentina puso la tostada sobre el plato.—¿Qué pasó?—Hay fotos. De ti y Mondragón saliendo de la clínica la semana pasada. —Una pausa—. Y alguien identificó el edificio donde ahora vives. Que resulta ser propiedad de Mondragón Enterprises.—¿Quién...?—Una de esas cuentas de chisme corporativo que siguen a los CEOs como si fueran famosos. Tiene doscientos mil seguidores. El post tiene quince mil likes y subiendo. —Daniela respiró—. Los titulares dicen: «¿Quién es la miste
Gloria Reyes tenía sesenta y dos años, una tos que iba mejorando semana a semana desde que comenzó el tratamiento, y el don particular de las madres que han vivido lo suficiente para leer a las personas antes de que abran la boca.Valentina se lo contó un martes, en la casa de la tía Carmen donde Gloria se estaba recuperando, sentadas en la terraza con las plantas que Gloria cuidaba como si fueran hijos y el café que la tía Carmen preparaba demasiado dulce pero que nadie osaba criticar.No lo planeó para ese día específico. Pero su madre la miró en el momento en que Valentina cruzó la puerta del jardín, y antes de que Valentina dijera ni hola, Gloria dejó la taza sobre la mesita y dijo, con voz tranquila:—¿Cuántos meses?Valentina se detuvo en seco.—¿Cómo...?—Eres idéntica a como estaba yo cuando te esperaba a ti. Llevas la postura diferente. —Gloria señaló la silla de enfrente—. Siéntate, mi amor.Valentina se sentó. Y entonces, con la misma velocidad con la que se deshacen las de
El restaurante que Sebastián eligió para la conversación del sábado no era de los que él frecuentaba normalmente: no tenía estrella Michelin ni maître con acento europeo ni lista de espera de tres semanas. Era un lugar pequeño en el barrio de Valentina, con mesas de madera, luz natural y el olor de pan recién horneado que llegaba desde la cocina con la puntualidad de algo que lleva años en el mismo lugar.Valentina lo notó nada más entrar. Él había investigado dónde quedaba el restaurante más cercano a su apartamento que tuviera buenas reseñas. No la había llevado a su territorio. Había venido al suyo.Era un gesto pequeño. Era también un gesto que Valentina archivó en silencio en el espacio mental donde guardaba las cosas que importaban más de lo que parecía.—¿Vienes seguido? —preguntó él, mirando el menú escrito a mano en la pizarra de la pared.—Los domingos. Tienen un desayuno que me recuerda al de casa de mi abuela.—¿Tu abuela cocinaba?—Mi abuela cocinaba, cantaba boleros y le
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