CAPÍTULO V El reencuentro

Valentina estaba en el estudio que había instalado en el segundo cuarto de su apartamento —el que oficialmente debía ser sala de estar pero que jamás había sido otra cosa que caos creativo y productivo— cuando escuchó el timbre.

Eran las seis de la tarde de un jueves.

Daniela estaba fuera hasta las ocho.

Valentina dejó el lápiz sobre la mesa, se pasó los dedos por el pelo con el gesto distraído de quien no ha pensado en su apariencia en las últimas cuatro horas, y fue a abrir la puerta con la expectativa vaga de que fuera el repartidor de la compra que había pedido esa mañana.

Abrió la puerta.

Sebastián Mondragón estaba al otro lado.

Llevaba traje gris oscuro, sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado como si hubiera venido directamente de la oficina y hubiera llegado hasta allí en un estado de energía que no le permitía completar el proceso de quitarse el uniforme de trabajo. Tenía las manos en los bolsillos. Los ojos en ella.

Valentina no dijo nada durante tres segundos.

—No te llamé de vuelta en cuarenta y ocho horas —dijo él.

—Noto eso —respondió ella.

—Estaba... procesando.

—¿Y?

—Y vine.

Como si eso lo explicara todo. Como si aparecer en su puerta a las seis de la tarde de un jueves fuera la consecuencia natural de tres semanas de no contestar el teléfono.

Valentina lo miró durante un momento largo. Después se hizo a un lado.

—Pasa —dijo.

✦ ✦ ✦

El apartamento de Valentina no se parecía en nada al penthouse de Sebastián, y Valentina había esperado, de alguna manera, que él lo notara de la forma en que lo notaba la gente que no estaba acostumbrada a la escasez: con una incomodidad que revelaba más de ellos que del espacio.

Sebastián no hizo eso.

Entró, miró el estudio al fondo del pasillo con la puerta entreabierta, las plantas en el alféizar de la ventana de la sala, la taza de café a medio terminar sobre la mesa baja, el boceto pegado en la pared con cinta adhesiva azul. Lo miró todo con esa atención que no juzgaba sino que registraba.

—¿Trabajas desde aquí?

—Sí.

—¿Tu madre?

—En casa de mi tía mientras hace el tratamiento. Está respondiendo bien.

Él asintió.

Valentina fue a la cocina, más por necesidad de hacer algo con las manos que por hospitalidad.

—¿Café?

—Sí. —Una pausa—. Gracias.

El «gracias» sonó distinto de todos los que le había escuchado antes. Más desprovisto de armadura.

Mientras preparaba el café, Valentina organizó sus pensamientos con la misma meticulosidad con la que doblaba ropa cuando necesitaba calmar la tormenta interna. Había ensayado este momento durante tres semanas. Tenía palabras preparadas. Tenía un orden.

El orden se desintegró en el momento en que él dijo, desde la sala:

—Rodrigo me dijo que habías llamado.

Valentina se giró. Él estaba en el umbral de la cocina.

—¿Rodrigo?

—Le dije que cambiara mi número personal después de... —Hizo una pausa breve—. Después de que terminó el contrato. Medida preventiva. —Otra pausa—. Él no lo cambió.

—¿Por qué lo harías tú? —preguntó Valentina, con una voz que era más suave de lo que pretendía—. El contrato terminó. Yo era la parte contratada.

—Lo sé. —Sus ojos no se movieron de los de ella—. Valentina, ¿qué es lo que tienes que decirme?

Ella lo miró.

La cafetera pitó detrás de ella.

Sirvió el café. Se giró. Le dio la taza. Y lo miró a los ojos con esa claridad directa que era, había aprendido, la única forma que ella tenía de hacer las cosas difíciles.

—Estoy embarazada.

El silencio que siguió fue el más denso que Valentina había experimentado en su vida. Y había experimentado silencios considerables.

Sebastián no parpadeó. No reaccionó. No hizo ninguna de las cosas que la gente hace cuando recibe una noticia que reorganiza el mapa de su existencia. Solo la miró.

Y luego, con la voz de alguien que está procesando una información de enorme complejidad con la misma metodología con la que procesaría un problema de negocios:

—¿Del tiempo del contrato?

—Hay doce semanas. Así que sí.

—¿Y es...?

—Tuyo —dijo Valentina, antes de que terminara, con una firmeza que no dejaba espacio para la duda—. Si eso es lo que ibas a preguntar.

Sebastián bajó los ojos al café que tenía en la mano. Lo sostuvo un momento. Lo dejó sobre la encimera de la cocina.

Valentina esperó. Era buena esperando. Había aprendido a esperar al lado de la cama de su madre en noches de fiebre alta, en oficinas de médicos con malas noticias, en habitaciones donde las decisiones importantes flotaban en el aire antes de aterrizar.

Sebastián levantó los ojos.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, y era la pregunta más honesta que le había escuchado desde la noche en la terraza.

Valentina respiró.

—Nada —dijo—. No quiero nada de ti. Vine porque lo correcto era que lo supieras. Lo que hagas con esa información es tu decisión.

—¿Y tú?

—Yo voy a tener a este bebé.

Otra pausa. Larga. Del tipo que contiene muchas conversaciones que aún no se han tenido.

—¿Sola?

—Si es necesario, sola. —No lo dijo con amargura. Lo dijo como un hecho—. No es la primera vez que hago las cosas sola.

Sebastián la miró de esa manera. La manera que había aprendido a temer porque no podía descifrarla completamente.

Y entonces dijo algo que Valentina no había incluido en ninguno de sus ensayos:

—No vas a hacerlo sola.

Valentina abrió la boca. La cerró.

—Sebastián, el contrato...

—El contrato terminó —dijo él—. Pero esto —señaló el espacio entre los dos con un gesto que era casi extraño viniendo de alguien que generalmente contenía sus movimientos— esto no es un contrato. Esto es otra cosa.

—¿Qué cosa? —preguntó Valentina, y en su voz había algo que no era solo curiosidad sino algo más parecido al vértigo.

Sebastián Mondragón, que tenía una respuesta para todo, que había construido su vida entera sobre la certeza de tener siempre una respuesta, la miró.

—Todavía no lo sé —admitió—. Pero voy a averiguarlo.

Valentina no supo qué decir.

Sebastián tomó su café de la encimera, bebió un sorbo y miró por la ventana hacia la calle donde el sol de las seis de la tarde hacía que todo pareciera más llevadero de lo que era.

Y Valentina, que era demasiado inteligente para creer que las cosas complicadas se vuelven sencillas solo porque alguien dice las palabras correctas, sintió sin embargo algo que no había sentido en semanas:

Que no estaba completamente sola en esto.

Lo cual era, de momento, suficiente.

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