Mundo ficciónIniciar sesiónDaniela Fuentes tenía el superpoder —o la maldición, dependiendo del momento— de saber cuándo su mejor amiga estaba mintiendo.
Valentina llevaba exactamente cuatro horas desde el baño del hospital, dos tazas de té que no había terminado y una conversación sobre el proyecto de branding que era transparentemente un intento de hablar de cualquier cosa que no fuera la cosa real, cuando Daniela puso las manos sobre la mesa del comedor de su apartamento y la miró con esa expresión que Valentina conocía desde los diecinueve años. —Para. ¿Qué pasó? —Nada. Te dije que el cliente del norte quiere cambiar el isotipo y... —Valentina. Silencio. Valentina miró la taza de té. Miró la ventana. Miró sus propias manos. Después fue a su bolso, sacó la prueba de embarazo y la puso sobre la mesa. Daniela no dijo nada durante diez segundos completos. Para Daniela, que hablaba como si el silencio fuera un desperdicio de recursos, eso era geológicamente significativo. —¿De... él? —preguntó al fin, con una voz que era toda delicadeza, lo que indicaba cuánto la situación la había impactado. —No he estado con nadie más en meses, Dani. —Okay. —Respiró—. Okay. ¿Y él sabe? —No responde. El número que tengo va al buzón de voz. —¿El número personal o el corporativo? Valentina la miró. —Solo tenía el personal. —Valentina. —Daniela pronunció su nombre con la paciencia de alguien que está usando todas sus reservas—. El hombre es el CEO de uno de los conglomerados más grandes del país. Tiene una dirección corporativa pública, un departamento de relaciones con stakeholders y probablemente doce personas cuyo trabajo es gestionar sus comunicaciones. Si quieres hablar con él, puedes hablar con él. —No es tan sencillo. —¿Por qué no? Valentina tardó en responder. —Porque el contrato terminó. Porque se supone que yo ya no tengo nada que ver con su vida. Porque aparecerme ahora con esto es... —Buscó la palabra—. Es la situación más incómoda del universo, Dani. —¿Más incómoda que tener un bebé sola? El silencio que siguió fue el más honesto de la conversación. Valentina apoyó los codos sobre la mesa y la frente sobre las manos. —No sé qué hacer —admitió, y el hecho de decirlo en voz alta fue como soltar algo que había estado cargando desde las siete de la mañana. —Sí sabes —dijo Daniela, con suavidad—. Solo no quieres hacerlo porque tienes miedo. —Claro que tengo miedo. ¿Tú no tendrías miedo? —Yo tendría terror. —Daniela alcanzó su mano sobre la mesa—. Pero tú nunca has tomado una decisión desde el miedo. No cuando le dijiste a tu jefe anterior que no iba a pagarle menos del mínimo. No cuando te pusiste a cuidar a tu mamá sin que nadie te lo pidiera. No cuando firmaste ese maldito contrato. Valentina la miró. Tenía los ojos húmedos, cosa que odiaba, porque llorar le parecía una pérdida de tiempo en momentos en los que había cosas que pensar. —Ese contrato fue exactamente una decisión desde el miedo. —No. Ese contrato fue una decisión desde el amor. —Pausa—. Que es lo mismo que tienes que hacer ahora. ✦ ✦ ✦ Lo llamó al día siguiente. No al número personal que iba al buzón de voz, sino al corporativo, que encontró en diez segundos en el sitio web de Mondragón Enterprises con la facilidad de quien no debería haber tardado tanto en buscarlo. La atendió una asistente con voz profesional y eficiente. —Mondragón Enterprises, buenos días. ¿En qué le puedo ayudar? —Necesito hablar con el señor Mondragón. —Valentina habló con la claridad de quien ha decidido hacer una cosa y va a hacerla sin vacilaciones—. Valentina Reyes. Es personal. Una pausa. El tipo de pausa que significaba que la asistente estaba consultando un protocolo. —El señor Mondragón no está disponible en este momento. ¿Desea dejar un mensaje? —Dígale que Valentina Reyes llamó. Que tiene información que le corresponde a él saber. Y que si no me devuelve la llamada en cuarenta y ocho horas, tomaré eso como una respuesta. Otra pausa. —Perfecto. Le haré llegar el mensaje. Valentina colgó. Se quedó mirando el teléfono. Las cuarenta y ocho horas pasaron. No hubo llamada. ✦ ✦ ✦ En el piso catorce de la Torre Mondragón, Sebastián revisó el mensaje que la asistente había impreso y dejado en su escritorio junto con el resto de la correspondencia del día. Lo leyó dos veces. «Valentina Reyes. Información que le corresponde a él saber.» Había pasado tres semanas tratando de no pensar en Valentina Reyes. Había tenido éxito en esto en la misma medida en que se tiene éxito en no pensar en algo cuando uno activamente hace el esfuerzo de no pensarlo: es decir, ninguna. La noche en la terraza. La mañana después. Su maleta en el umbral. La pregunta que ella le hizo, con una voz que no era parte de ningún contrato, que era completamente real y completamente suya: «¿Tú estarás bien?» Nadie le preguntaba eso. No de esa manera. Su asistente golpeó la puerta. —Señor Mondragón, tiene la reunión con el equipo legal en diez minutos. —Sí —dijo, doblando el papel—. Cancélela. —¿Perdón? —La reunión. Cancélela y reprógramela para mañana. —Se puso de pie, tomó el saco—. Y consígame la dirección de Valentina Reyes. Diseñadora gráfica freelance. La tuvo en el sistema de proveedores hace tres meses. La asistente parpadeó, pero tenía dos años trabajando para Sebastián Mondragón y había aprendido que las preguntas innecesarias eran, efectivamente, innecesarias. —En seguida, señor. Sebastián salió del despacho con el papel doblado en el bolsillo y la certeza incómoda de que, fuera lo que fuera lo que Valentina necesitaba decirle, no era el tipo de cosa que se podía escuchar sentado.






