Inicio / Romance / LO QUE EL CONTRATO NO PUDO BORRAR / CAPÍTULO VII La propuesta que no era una propuesta
CAPÍTULO VII La propuesta que no era una propuesta

El restaurante que Sebastián eligió para la conversación del sábado no era de los que él frecuentaba normalmente: no tenía estrella Michelin ni maître con acento europeo ni lista de espera de tres semanas. Era un lugar pequeño en el barrio de Valentina, con mesas de madera, luz natural y el olor de pan recién horneado que llegaba desde la cocina con la puntualidad de algo que lleva años en el mismo lugar.

Valentina lo notó nada más entrar. Él había investigado dónde quedaba el restaurante más cercano a su apartamento que tuviera buenas reseñas. No la había llevado a su territorio. Había venido al suyo.

Era un gesto pequeño. Era también un gesto que Valentina archivó en silencio en el espacio mental donde guardaba las cosas que importaban más de lo que parecía.

—¿Vienes seguido? —preguntó él, mirando el menú escrito a mano en la pizarra de la pared.

—Los domingos. Tienen un desayuno que me recuerda al de casa de mi abuela.

—¿Tu abuela cocinaba?

—Mi abuela cocinaba, cantaba boleros y le decía sus verdades a todo el mundo con una tranquilidad que solo tienen las personas que ya no le temen a nada. —Valentina sonrió, breve—. Murió hace seis años. Todavía la extraño.

Sebastián asintió.

—Mi abuelo era parecido. Menos los boleros.

Pidieron. Sebastián ordenó lo mismo que ella, cosa que Valentina interpretó como una señal de que estaba prestando atención. Cuando el café llegó, él apoyó los codos sobre la mesa y la miró con esa directitud que era su modo natural de habitar el mundo.

—Quiero ser parte de la vida de este hijo. —Lo dijo sin preámbulo, sin construcción retórica—. No de manera parcial. No «cuando pueda» ni «en lo que te pueda ayudar». Completamente.

Valentina sostuvo su café.

—¿Qué significa completamente para ti?

—Significa presencia. Significa responsabilidad compartida desde ahora. Significa que este niño —o niña— crezca sabiendo que tiene a los dos. —Una pausa—. Y significa que tú y yo tenemos que encontrar una manera de relacionarnos que funcione, independientemente de lo que sea o no sea entre nosotros.

—¿Y qué propones?

Él bebió su café. Ella lo esperó.

—Que te mudes al apartamento del piso cinco del edificio donde vivo yo.

Valentina lo miró.

—¿Perdón?

—Es un apartamento independiente. El edificio tiene seguridad, está en una buena zona, tiene una habitación de más para cuando el bebé nazca. —Habló con la eficiencia de quien ha analizado opciones—. No es vivir conmigo. Es vivir cerca. Para que cuando se necesite, yo esté.

—Sebastián. —Valentina puso la taza sobre la mesa—. Eso es... mucho.

—Lo sé.

—Tengo un apartamento.

—Sé que tienes un apartamento. Este es mejor para lo que viene.

—¿Y el costo?

—El edificio es mío. El apartamento no tiene costo.

Valentina lo miró durante un momento largo.

—No puedo aceptar eso.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero deberle nada a nadie. —Lo dijo sin dureza, pero con la claridad de alguien que tiene una línea y sabe exactamente dónde está—. Ni siquiera a ti.

Sebastián la miró. Y entonces, para sorpresa de Valentina, asintió.

—Okay.

—¿Okay?

—Si quieres pagar renta, pagas renta. El valor de mercado del apartamento en esa zona es X. Tú me dices cuánto puedes, se ajusta a eso y el resto lo cubro yo como lo que es: mi aporte a la situación. —Pausa—. No es caridad. Es corresponsabilidad.

Valentina lo estudió.

—¿Siempre negocias así?

—¿Así cómo?

—Cediendo justo lo suficiente para que el otro no tenga razones para decir que no.

Algo cruzó el rostro de Sebastián que podría haber sido el comienzo de una sonrisa.

—Llevo quince años en los negocios —dijo—. Pero en este caso, es genuino.

Valentina miró por la ventana hacia la calle del barrio que conocía de memoria, con su panadería de siempre y el árbol que florecía cada primavera y la señora del tercero que regaba las macetas todas las mañanas.

Pensó en el bebé. En las escaleras del edificio donde vivía actualmente, que no tenían ascensor. En las noches que vendrían.

Pensó también en lo que significaba acercarse voluntariamente a la órbita de un hombre que ya le había demostrado que podía reorganizarle la vida sin proponérselo.

—Necesito tiempo —dijo.

—Tienes tiempo —respondió él—. Solo que no demasiado, si quieres hacerlo antes de que el embarazo avance.

—¿Una semana?

—Una semana.

El desayuno llegó. Comieron. Hablaron de cosas más sencillas: el trabajo de ella, un proyecto que Sebastián mencionó de pasada, la clínica donde seguiría el control prenatal.

Y cuando se despidieron en la puerta del restaurante, con el sol de mediodía cayendo sobre la acera y la ciudad moviéndose alrededor de ellos, Valentina tuvo la sensación de que algo había cambiado de forma definitiva, y que el cambio, aunque incierto, no era del tipo que daba miedo.

O al menos no solo miedo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP