El restaurante que Sebastián eligió para la conversación del sábado no era de los que él frecuentaba normalmente: no tenía estrella Michelin ni maître con acento europeo ni lista de espera de tres semanas. Era un lugar pequeño en el barrio de Valentina, con mesas de madera, luz natural y el olor de pan recién horneado que llegaba desde la cocina con la puntualidad de algo que lleva años en el mismo lugar.
Valentina lo notó nada más entrar. Él había investigado dónde quedaba el restaurante más c