Gloria Reyes tenía sesenta y dos años, una tos que iba mejorando semana a semana desde que comenzó el tratamiento, y el don particular de las madres que han vivido lo suficiente para leer a las personas antes de que abran la boca.
Valentina se lo contó un martes, en la casa de la tía Carmen donde Gloria se estaba recuperando, sentadas en la terraza con las plantas que Gloria cuidaba como si fueran hijos y el café que la tía Carmen preparaba demasiado dulce pero que nadie osaba criticar.
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